'Hamnet': el fetichismo cultural del duelo moderno de William Shakespeare y Anne Hathaway
- Se estrena la película de Chloe Zhao, basada en la novela de Maggie O’Farrell, y protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal
¿Qué sabemos de la relación de William Shakespeare y su mujer Anne Hathaway con su hijo Hamnet, fallecido a los 11 años? ¿Qué conocemos de ese duelo? La respuesta corta es nada. Pero si admitimos como respuesta larga lo imaginado, la cosa cambia y, sobre la vida del genio de la literatura se puede proyectar lo que queramos. Es, de hecho, lo que el propio Shakespeare hacía al escribir Julio César, Enrique V o Hamlet: despreocuparse abiertamente de la Historia para divagar sobre sus intereses.
De la vida del bardo se sabe tan poco que cualquier especulación sobre ella puede ser razonada sin temor a que sea refutada. Recientemente, Alejando Amenábar jugaba de manera análoga con Miguel de Cervantes en El cautivo, imaginando las implicaciones de su cautiverio en Argel. En una entrevista en RTVE Noticias, explicaba que, a partir de lo sabido de su biografía, podía imaginar “lo que era posible, lo que era probable, y lo que era absolutamente imposible”,
A la segunda categoría, lo probable, pertenecía su película y también pertenece Hamnet, basada en la novela de Maggie O’Farrell de fabulosa acogida por lectores de todo el mundo, que Chloé Zhao, ganadora del Oscar por Nomadland, ha convertido en película con un guion firmado por la propia escritora. Como en la película de Amenábar se trata de trasladar a un genio de la literatura universal, convertido en personaje, conflictos que engarzan bien con el presente como la feminización de los cuidados o la reivindicación de la invisibilidad histórica de las mujeres.
Probablemente la forma correcta de ver Hamnet es asumir el artificio y conectar con su drama. La de una madre (la mujer de Shakespeare, Anne Hathaway, renombrada como Agnes) y un padre que afrontan un duelo. Él, con sentimientos de culpabilidad por su ausencia (casi siempre con sus obras en Londres, lejos de la casa familiar de Stratford-upon-Avon), bordeando el suicidio por su mala conciencia; ella, apabullada por su papel total de cuidadora.
Es Agnes, interpretada con una verdad sobrecogedora por Jessie Buckley (ganadora del Globo de Oro y favorita para el Oscar), el centro de la película, aunque Zhao concede más espacio a William (Paul Mescal) que en la novela. Así, Hamnet es en su primera mitad un drama intimista, de intramuros familiares del siglo XVI en el que Zhao -que tras The rider y Nomadland apuntaba a convertirse en la gran paisajista estadounidense moderna para despeñarse luego en el cine de superhéroes con Eternals- recupera un poco de su mirada autoral: la soledad, búsqueda de identidad social, y apego a la naturaleza de Agnes conecta bien con su universo.
En la segunda mitad se condesa la idea del arte (teatral en este caso) como catarsis salvífica para el matrimonio. Progresivamente, la creación de Hamlet toma el relevo: el guion de O’Farrell atribuye a distintas escenas de la obra confesiones emocionales de Shakespeare sobre el duelo. Por ejemplo: cuando el príncipe danés se fustiga (Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos a ejecución) y pide a Ofelia que le abandone y se vaya a un convento, ¿está expiando la culpa de Shakespeare como marido? O, directamente: ¿no expresa el celebérrimo 'ser o no ser ' sus propias dudas suicidas tras la muerte de su querido hijo?
Son otras dudas, las de la propia película vacilando entre desmitificar los personajes reales por un lado y, por otro, rebozarse abiertamente en el fetichismo cultural, las que desestabilizan el pacto con el espectador. Porque Hamnet tendría poco interés si se elimina de la ecuación al matrimonio Shakespeare, como el guion recuerda puntualmente con detalles como los hijos cantando en el jardín inicio de Macbeth como juego familiar .
¿Realmente pudo la muerte de su hijo inspirar Hamlet?
Pero también se puede reflexionar de otro modo Hamnet, sobre todo para evitar el gran peligro de los biopics, que constituyen imaginarios colectivos confusos para quién atribuya veracidad a lo mostrado, entre ellos los propios creadores como Paul Mescal, que declaró en Toronto que la película era para él "casi como un documental en sobre de cómo podemos entender el origen de Hamlet".
Porque la película juega fuerte la tesis desde su rótulo de inicio: el hijo de Shakespeare se llamó Hamnet, nombre que podía ser intercambiable en la época con el de Hamlet. Dado que Shakespeare escribió la obra cuatro años después del fallecimiento de su vástago, ¿hasta qué punto estaba filtrando su propio duelo cada vez que escribía el nombre de su hijo?
Es imposible cualquier certeza, pero la apuesta de Farrell y Zhao tampoco parte de la nada y conecta con lo que algunos biógrafos ya habían imaginado. A saber: que William habría tenido que enterarse de la enfermedad de su hijo cuando trabajaba en Londres, debió regresar a Stratford y pudo haber asistido al entierro, y que quizá pensase a menudo en el trauma.
Jessie Buckley y Paul Mescal, en 'Hamnet'.
Era habitual en la época que un escritor compusiese un poema por la muerte de un hijo. Pero no existen en la obra de Shakespeare. Lo que es seguro es que la mortalidad infantil era enorme, cifrada a veces el fallecimiento antes de los 10 años de uno de cada tres niños. Había una familiaridad con la muerte inimaginable en nuestros días, lo que sugiere duelos menos intensos.
Además, Hamnet fuerza de algún modo la sucesión temporal de la muerte del hijo con la escritura de Hamlet. En la pantalla parecen consecutivas, pero la primera sucedió en 1596 y la segunda entre 1600 y 1601. Lo que es seguro es que el bardo, tras el deceso, se volcó en el trabajo, aunque en la dirección opuesta al drama, firmando comedias como Las alegres casadas de Windsor, Mucho ruido o pocas nueces o Como gustéis.
Para el escritor Stephen Greenblat, autor El espejo de un hombre (biografía de Shakespeare publicada en 2016), es importante también que Inglaterra había transitado durante el siglo XVI desde el catolicismo al más austero protestantismo: de los cirios, padrenuesrtos, y misas pagadas para salvar almas, se había pasado a la ilegalidad de rezar por los difuntos, que eran despedidos con un escueto: entregamos su cuerpo a la tierra.
La película no lo trata, pero el padre de Shakespeare pudo ser católico y haber educado al escritor en una creencia que, durante ese primer siglo de protestantismos oficial en Inglaterra, era perseguida y condenada. Los católicos creían que la mayoría de las almas pasaban un tiempo indeterminado en el purgatorio, idea que rechazada como superchería por los protestantes. La sociedad estaba cambiando su relación con el más allá. Y razona Greenblat: tal vez Shakespeare se rebeló contra la insuficiencia del nuevo duelo protestante y necesitaba salvar a su hijo.
En cualquier caso, todo son condicionales con Shakespeare y con Hathaway, cuyos misterios permanecen ocultos, más allá de las obras, pero no a salvo de ser revisitados una y otra vez. En eso William fue clarividente cuando se preguntó -a través de Hamlet viendo a los sepultureros jugar con una calavera- si costó acaso tan poco la formación de estos huesos a la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus garitos con ellos.