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'Fin de fiesta', original "cuento gótico" de clases sociales en una finca andaluza

  • La productora y directora Elena Manrique debuta con un largometraje premiado en la Seminci
Imagen de 'Fin de fiesta', de Elena Manrique.
Imagen de 'Fin de fiesta', de Elena Manrique. RTVE
ESTEBAN RAMÓN

Elena Manrique ordena la mesa antes de la entrevista porque dice que tiene tics de productora. “Me pasaba en el rodaje, que iba dando órdenes que no me correspondían”, reconoce entre risas. En su carrera como productora hay títulos como El laberinto del fauno, El orfanato o Celda 211, pero en paralelo ha dirigido números cortometrajes y, al fin, cristaliza un guion de largometraje en Fin de Fiesta, su ‘debut’ con el que ganó el Premio Pilar Miró a la mejor dirección española en el Festival de Valladolid.

A Manrique se le quedó grabada la historia de unos amigos a los que entró en su casa un inmigrante que acababa de cruzar el estrecho en una patera. Con esa premisa, escribió un guion sobre Carmina (una exuberante Sonia Barba), una mujer divorciada de la alta sociedad, que acoge a un joven inmigrante senegalés que apenas habla español (Edith Martínez Val).

Lo que parece un primer acto de caridad es en realidad un ejercicio de posesión para alguien acostumbrado a tener todo por derecho. “Me gusta decir que es como un cuento gótico, como la bruja de Hansel y Gretel, que te encierra con los caramelos”, explica la cineasta. “La película trata de las relaciones de poder y de los privilegios de clase”.

El microcosmos de la finca se completa con Lupe (Beatriz Arjona), criada de Carmina, que en un primer momento percibe al inmigrante como peligro. “Lupe es una persona de real, de la tierra, cree que vienen a quitarles el trabajo, pero luego conoce a la persona y entonces no puede dejar de ser solidaria. Ya no es un número, es una cara. Y se establece una amistad de verdad”.

Elena Manrique debuta con su película 'Fin de Fiesta'

Más allá del argumento, Fin de fiesta es un acercamiento original por la particularidad de sus personajes. Manrique ya había escrito Ciudad Delirio, y en Fin de Fiesta demuestra talento para el humor y lo retorcido, en una película que pivota sobre la deslenguada y manipuladora dueña de la casa, cuyo desdén hacia los demás no está lejos del que tenían las señoritas y señoritos de Los Santos Inocente. “Estamos igual. Hay muchas ‘carminas’ que tratan fatal al conductor o a la muchacha”.

Pese al mensaje de la película, Fin de Fiesta no es un cine puramente social, sino que aspira al retrato humano costumbrista casi berlanguiano bajo el que late la denuncia por la mera exposición de las desigualdades. “He querido hablar del ese discurso que ha calado entre las clases populares de que el otro es el enemigo. No, el enemigo es en odio, el que no paga impuestos, el que estafa, el corrupto o el que pega a su mujer”.

Para Manrique no es casual que la película muestre un encierro. “Cuando llegó la pandemia me acababa de separar. Estaba sin pareja, sin dinero y encerrada sola en una casa. Me puse a escribir porque tenía que sacar algo bueno”.

De su larga experiencia audiovisual ha aprendido a optimizar los recursos para enfocarlos en un estilo sensorial, que atrapa la atmósfera y sonidos de la finca para envolver a sus personajes. “De Guillermo del Toro aprendí que el sonido solo se nota cuando está mal. Soy muy meticulosa. A veces no es cuestión de dinero. Con los mismos recursos, según donde pongas la atención, se logran resultados”.