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Jonás Trueba: "La vitalidad de la adolescencia se pierde, las inseguridades se mantienen toda la vida"

  • El director estrena Quién lo impide, monumental e íntimo retrato de la adolescencia premiado en San Sebastián
  • Una película que mezcla ficción y documental y acompaña a un grupo de jóvenes durante cinco años

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Jonás Trueba, en el último Festival de San Sebastián. EFE/Javier Etxezarreta

Cinco años filmando a un grupo de adolescentes y más de tres horas y media de duración (con dos carteles de descansos de cinco minutos incluidos). Las dimensiones de Quién lo impide suenan monumentales pero el resultado es una de las películas más ligeras y disfrutables de la cartelera. Jonás Trueba (Madrid, 1981) ha logrado un extraño consenso con una película libérrima que mezcla ficción, documental y cierto retrato de la adolescencia más atemporal que generacional, personal y ajeno al mismo tiempo.

El director parte de sus dos protagonistas de La reconquista (2015), Pablo Hoyos Candela Recio, para seguir la evolución de un grupo de jóvenes a los que entrevista, filma sin parar y utiliza para componer dos hermosas ficciones sobre primeros amores. El Festival de San Sebastián premió con la Concha de Plata a la interpretación de reparto a sus protagonistasCandela Recio, Pablo Hoyos, Silvio Aguilar, Pablo Gavira, Claudia Navarro, Marta Casado, Rony-Michelle Pinzaru, Javier Sánchez. Reconocimiento que Trueba suma este año al hito de su nominación a los premios César del cine francés por su anterior película, La virgen de agosto.

PREGUNTA.: ¿Cómo han asimilado tus protagonistas el éxito en San Sebastián?

RESPUESTA.: Muy, muy felices. Justo ayer hablaba con Candela, con Gavira, con varios de ellos y todos, cada uno a su manera. Estaba preocupados por si después del festival, con esa pompa que se genera, les diera un bajón brutal, de depresión posparto y también de vuelta a la realidad. Y les decía: todo esto no es del todo real. Pensaba en alguien como Silvio, que tenía que estar el lunes a las 7 de la mañana trabajando a cuatro euros la hora de la guardia de un centro comercial. La vuelta a sus realidades me preocupaba. Y, sin embargo, todos me han dicho que les que les ha dado un chute de energía muy positiva, que están reconectando con su vida cotidiana con ganas. Era como exponerles demasiado y generarles una falsa sensación de euforia. Creo que les hacía en un momento de mucha madurez. Saben coger lo bueno y diferenciar la tontería.

P.: ¿Cómo fue el proceso de selección?

R.: Fue un proceso de selección natural. En un momento nos dimos cuenta de que estábamos haciendo un proyecto, ni siquiera lo llamábamos película, en el que podíamos hacer cualquier cosa. Ya habíamos hecho un proceso de casting en institutos con La reconquista bastante grande y dijimos ¿por qué no seguimos con institutos? Mandamos cartas a un montón de centros escolares y, a los que nos abrían las puertas, íbamos con una cámara y empezamos a filmar conversaciones con cualquier joven que quisiera conversar. Nos costaba a veces que entendieran que no era un casting, que no era un proceso selectivo. De alguna manera, ellos nos elegían a nosotros. A partir de ahí, todo se abre y se desborda mucho la película que tiene una capa muy amplia, muy coral, y luego una capa de un grupo más chiquitito. Y luego Candela y Pablo tienen un peso más protagónico. Me gusta que tenga una parte colectiva y al mismo tiempo sigue a personajes concretos durante bastante tiempo para acceder a un nivel de intimidad muy fuerte.

P: En una de esas entrevistas de instituto, se te oye de decir que todavía eres un adolescente

R.: Sí, es una frase que me salió natural porque siempre me he sentido muy conectado con el adolescente que fui, con esa energía, y he ido manteniendo lo largo de estos años mucha afinidad con muchos jóvenes por mi trabajo en las clases y talleres que he hecho. Pero también me gustaría decir que nunca me he hecho pasar por joven, algo que me parece un poco patético. Sí que me he aprovechado de que todavía tengo una energía, una edad, incluso una apariencia que me ha ayudado en eso: a que ellos me vieran como un amigo mayor.

El ojo crítico - 'Quien lo impide', de Jonás Trueba - Escuchar ahora

P: De hecho, casi pareces lo contrario, alguien alejado de modas juveniles.

R. Sí, sí, de hecho siempre me han llamado ‘viejoven’ como broma. La clave para hablar con ellos es que no les trataba tampoco como adolescentes. Era como decir: yo también me siento adolescente, pero es que también pienso que tú eres un adulto.

P: ¿En qué sentido dices que sientes conectado con tu adolescencia? ¿Cuál es la esencia de la adolescencia?

R.: La esencia básicamente es la vitalidad. Que es algo que es difícil no ir perdiendo a medida nos hacemos mayores. Y hacer cine es vitalidad porque una película no deja de ser un derroche de energía y de vivencia. Buscas cómo atrapar vitalidad y registrarla, así que fue como acudir a esta fuente de la juventud, que es donde sientes que hay más.

P.: Etimológicamente, adolescencia está relacionada con dolor. Y el personaje de Pablo, quizá el más torturado, muestra esa adolescencia de encierro en uno mismo.

R.: Ese dolor también está en la película, esas inseguridades, esas soledades que son muy fuertes, esos rechazos. Pero esa tensión creo que se mantiene a lo largo de la vida en general: ese punto de incomprensión, de sentir como rechazo hacia tu grupo social o hacia tu entorno más inmediato. Yo la tengo entre querer estar solo y querer estar acompañado, por ejemplo. Y esa tensión también está en la peli: hay muchos momentos que retratan compañerismo o amistad y otros muchos momentos de incomprensión y soledad. Pero se mantiene a lo largo de la vida, creo. Yo al menos la sigo teniendo.

P.: A los adolescentes actuales los relacionamos con la hiperpresencia de la imagen, cuya superabundacia de alguna manera la ha vuelto banal. La película muestra también que en las imágenes importan, tienen un peso. Es curioso ese contraste.

R.: Me gusta mucho que digas eso porque sí, las imágenes cada vez pesan menos o son más leves. Y es verdad que esta generación de jóvenes ha tenido más contacto con las imágenes que ninguna otra y a veces eso es una dificultad porque hay que convencerles de ser capaces de juntos generar esas imágenes que tengan más peso. Les ponía el ejemplo de que casi siempre que sacamos una cámara en la calle nos ponemos a hacer tonterías y que intentásemos lo contrario, tratar la cámara con respeto. Y creo que entendieron la diferencia.

Jonás Trueba ha presentado 'Quién lo impide', un proyecto del que firma la "puesta en situación", ya que es cine inmersivo que muestra la naturalidad de la adolescencia, sin guion ni pautas.

P.: ¿Y cómo ha sido la experiencia de rodar tú mismo con la cámara?

R.: Es que siempre me he sentido muy operador de cámara. Desde que era chiquitito. Mi padre tenía una cámara pequeña que no funcionaba y yo la usaba todo el tiempo para mirar. Una cámara muy pequeñita que no podía ni meterle carrete ni nada y yo la usaba simplemente para mirar. Me dio tan fuerte que mis padres me dijeron que la iban a quitar.

P.: Qué curioso, porque El olvido que seremos comienza con una secuencia con el plano subjetivo del hijo pequeño encuadrando todo el tiempo la vida familiar.

R.: Sí, sí, yo era muy así. Esta cosa de estar mirando esta cosa de estar mirando todo el rato. En mis películas anteriores, el operador es Santi Racaj, pero yo siento que pongo la cámara. Aquí sentía que necesitaba llevarla porque no podía anticipar la puesta en escena. La mayoría de las veces cuando le daba a grabar no sabía cómo iba a rodar. Y se nota que estoy reaccionando en el momento. Para mí eso era muy importante, no anticipar con la cámara. Tenía claro que quería que la película fuera en ese sentido muy porosa, muy mekasiana. Sentir que hubiera un latido y sacrificando muchas cosas que me interesan como los encuadres con cierta exactitud.

P.: Da la impresión de que esa libertad y esa ausencia de ataduras viene de reflexionar mucho. ¿Cuesta mucho trabajo alcanzar esa libertad?

R.: Es bonito eso. Sin embargo, no siento que he hecho ese trabajo. Es verdad que he escrito de cine, lo he pensado y lo he hablado mucho, pero de una manera muy orgánica. Nunca he sido en realidad muy teórico aunque me ha gustado mucho leer a teóricos. Me gusta mucho leer a gente que era capaz de hablarme de cine o de películas de una manera contagiosa, sensorial. De hecho, te diría que mis películas son bastante impulsivas, aunque mucha gente no lo ve así porque los personajes son algo reflexivos. Y de todas mis películas Quién lo impide es sin duda la menos intelectualizada. Es coger la cámara, al trote, y lanzarte con todo. ¿Quién lo impide? Obviamente cuando estás filmando, reaccionando, vas con tu memoria de cosas que has sentido y pensado sobre el cine.

P.: En el centro de la película hay dos ficciones más estándar. ¿Qué nivel de preparación había ahí?

R: Pues también era muy de dejarse llevar. Candela me hablaba todo el rato de su pueblo y dije: vamos para allá, vamos a divertirnos allí, a hacer una ficción. Tiene algo muy de juego como cuando hacía un corto con mis amigos, inventándolo sobre la marcha. Es una de las experiencias más emocionantes de mi vida de cineasta ha sido rodar esa parte. No sé explicar por qué. Había un deseo fuerte de filmar.

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P.: En una película que se mueve entre la ficción y documental, la voz en off de otros adolescentes introducen historias que no han vivido. Es como viajar al origen de la ficción, que puede ser nada más que eso: alguien que cuenta una anécdota que no ha vivido.

R.: Me gusta pensar que la película hace pensar al espectador y le hace estar haciéndose preguntas sobre lo que está viendo. Me parece fundamental. Que no sea algo que pase volando y no te enteres de nada. Siempre intentas que sea una experiencia en la que uno tenga que poner de su parte, hacerse preguntas y que queden en el aire. Intentamos ser honestos: con esas voces en off intentamos dar a entender que hay un trabajo de elaboración, de artificio. Intentamos ser honestos, es decir, cuando usamos esas voces en off, en parte es porque estamos dando a entender que hay un trabajo y también hay de elaboración de ficción, incluso de artificio. Queríamos poner en escena esas conversaciones en las que nos contamos anécdotas de otro, y que sientes que las vives: ese relato ya es cine.

P.: Un tímido haciendo documentales no parece lo más adecuado sobre el papel.

R.: Creo que esa timidez me juega a favor porque ven que no eres un descarado, que no vas a aprovecharte de cualquier cosa. Cuando te acercas te acercas con mucha timidez, casi con vergüenza, les produce ternura. Hasta les doy un poco de pena. Todos estos chavales me han visto en situaciones al borde del ridículo: de cansancio, de no saber qué estoy haciendo. Momentos muy desprovistos, muy desnudos que has vivido con poca gente

P.: La canción de Rafael Berrio da título a la película y él aparece en el concierto de los adolescentes. ¿Cómo lo vivió él?

R.: Es bonito porque es como un plano robado en el que de pronto se da cuenta de que le estamos grabando. Me sorprendió que bajara de Donostia a Madrid ese día, fue una cosa que salió de él. Menos mal que vino y pudo verlo. Ver a chicos tan jóvenes gritando una canción que había escrito veinte años atrás y que, de alguna manera, esos jóvenes significaban su canción. Es como un acto de justicia poética. Siempre ha sido alguien con pocos seguidores, aunque eso a él le gustaba, pero de pronto ver que algunos de estos jóvenes van a saber quién era. Me gusta pensar que fue un día feliz para él.

P.: ¿En qué sentido han influido sus canciones en tu cine?

R.: En casi todas las películas siempre hay una canción que me sirve como partitura, cuya letra me sirve como guion. Pasaba con Los exiliados románticos con "Oda al amor efímero", pasaba en La virgen de agosto con "Todavía", de Soleá Morente. He buscado en las canciones la base, la tierra, para hacer las películas. En La reconquista era muy evidente. Son ya dos películas en las que él me ha dado la partitura. "Quién lo impide" ya estaba en La reconquista, pero también estaba "Somos siempre principiantes", que es una canción que me sirve para explicarme, que me ha servido como filosofía de lo que hemos de ser. No sabría decirlo mejor. Siempre he tenido esa sensación de estar haciendo la primera película, de no perder ese lado principiante nunca. "Quién lo impide" es una canción que habla de la identidad, de no tener miedo a probar, a descubrirte, a equivocarte. Y lo cuenta de una manera asombrosa.

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