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Más de un año en ERTE: entre la resignación y las secuelas psicológicas

  • En Baleares casi 30.000 trabajadores siguen con su empleo paralizado por la caída de la actividad
  • Ronald, Paco y Antonio nos cuentan un día a día marcado por la falta de expectativas y las consecuencias para su salud

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Tres testimonios directos de los efectos de la crisis en la industria turística

Ronald Van den Hunk, jefe de recepción del Meliá Victoria, pensaba que ya lo había visto casi todo, tras años atendiendo huéspedes en uno de los hoteles de Palma que nunca cerraba tras el verano. Por eso, no se podía imaginar cuando lo tuvieron que desalojar tras decretarse el estado de alarma, el 14 de marzo del año pasado. Lo peor, para él y el resto de empleados, vino después. “Pospusimos la reapertura un mes y otro, hasta que el año pasado ya no abrimos” nos cuenta.

Las noches sin fin de Pako Bautista, el dj de la discoteca Tito’s, otro clásico de Palma, se acabaron de repente al inicio de su temporada. Es fijo discontinuo, y tras el ERTE en el que entró en abril, se fue al paro al acabar septiembre. “Y hasta el día de hoy”, se lamenta.

La odisea de cobrar y llegar a fin de mes

En Baleares, el monocultivo turístico ha dejado claro que un gigante puede tener los pies de barro. “El primer mes era muy difícil cobrar debido a la cantidad de gente que presentaba los expedientes”, recuerda Ronald. Pero a partir del segundo mes, nos cuenta que ya empezó a recibir los ingresos del SEPE. Su empresa, la potente hotelera Meliá, pudo organizar todos los trámites. También Pako Bautista pudo cobrar pronto la prestación, “pero tengo compañeros de profesión, camareros y tal, que no han cobrado”. Antonio Muñoz, conductor de autobús en Unión Express de Ibiza, también pudo resolver todos los trámites, pero él y sus compañeros reciben con el ERTE 1.080 euros al mes. “Me da para pagar una hipoteca y un cochecito que me compré hace dos años, justo antes de la pandemia. Pagas y sobrevives”. Y añade: “económicamente lo estamos pasando muy mal”.

La incertidumbre pasa factura

Antonio recuerda las colas de autobuses recogiendo turistas en el aeropuerto para distribuirlos por Ibiza. Era la locura de cada temporada. Pero pasó de no dar abasto, a la impresión que le causó ver el aeropuerto vacío. “Era como una guerra”, recuerda con rostro afectado. “A nivel personal, lo estoy pasado fatal. He perdido la ilusión”, sentencia.

“Primero te entra la negación, luego la ira y finalmente llega la aceptación. Si es que no está en mis manos”, se resigna Pako Bautista al recordar los estados de ánimo por los que ha pasado en este año de ERTE.

Y no son solo las consecuencias emocionales. Mientras muchos ganaban peso encerrados en casa durante el confinamiento, “yo perdí 10 kilos en los primeros tres meses y el médico me dijo que lo que me pasaba era por estrés”, cuenta Ronald.

¿Y cuándo saldremos del ERTE?

Los autobuses aparcados a las puertas de Unión Express, en Ibiza son la imagen de un motor parado, el de la industria turística en Baleares. “Me preocupa mucho lo que va a pasar este verano”, nos confiesa Antonio con el semblante apesadumbrado. “Parece que va a haber algo de movimiento pero no sé si será suficiente. Hay mucha gente que depende de esto”.

Otros sectores, como el del ocio nocturno “están malditos”, afirma Pako, el pinchadiscos de Tito’s. El temor a los contagios mantiene cerrado a cal y canto el mundo de la noche, por decisión del gobierno autonómico. “Nos sentimos dejados. Y en el camino se va a quedar mucha gente porque se les ha abandonado. No ha habido ayudas directas”, lamenta Bautista.

El único rayo de esperanza aparece en el rostro de Ronald Van den Hunk. Meliá les ha comunicado la reapertura del hotel para el 1 de julio, a la espera de la tímida recuperación turística que se espera para el verano. Será, eso sí, al ritmo que marque el proceso de vacunación, y con la necesidad de volver a todos los protocolos sanitarios que algunos hoteleros ya establecieron el verano pasado. “Sabemos, como sociedad, que tenemos las herramientas para luchar contra la pandemia”, dice. “Estamos ilusionados”.

Aún así, la incertidumbre sigue entre quienes dependen de que la próxima temporada permita hacer una mínima caja en Baleares. “Vivimos de esto, del turismo. Y sin turismo, aquí no se puede vivir”, sentencia Antonio, junto a su autobús parado.

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