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Lukasz Kamienski: "La Guerra de Vietnam fue un paraíso de las drogas"

  • RTVE.es entrevista al profesor polaco, autor de Las drogas en la guerra
  • El amplio estudio repasa el vínculo entre drogas y conflictos a través del tiempo

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Tropas sudvietnamitas pasan por un pantano persiguiendo a guerrilleros del Vietcong en el área cercana a An Ninh (1965). EFE

Alcohol, opio, cocaína, heroína, hachís, metanfetamina o alcohol. Son algunas de las drogas aparejadas a conflictos bélicos a través de los siglos. Consumidas masivamente con el objetivo de aumentar la resistencia de los soldados- e insuflarles valor- para encarar situaciones extremas o evadirles del horror de la guerra, y a menudo dispensadas con bendición oficial.

Son algunas de las conclusiones que expone el profesor polaco Łukasz Kamieński en Las drogas en la guerra, publicado por Crítica. Un exhaustivo estudio que repasa al detalle, de forma cronológica y con múltiples ejemplos, la relación indisoluble entre sustancias psicoactivas y guerra, desde el principio de los tiempos.

“Griegos y romanos iban al combate borrachos”

Kamieński explica como ya griegos y romanos recurrían al vino para embriagarse antes del choque y “algunos soldados iban al frente completamente ebrios”, o cómo las legiones de Roma emborrachaban al enemigo en un ardid para mermar su capacidad de reacción.

Buceando en la Historia, se refleja cómo era común que cada soldado recibiera “varias raciones extras” de alcohol antes de combatir a modo de “coraje líquido”, y también se utilizaba como salario para pagar sus servicios.

El ron era el alcohol al que recurrió el Ejército británico en el siglo XVIII para levantar un imperio, el vino para los franceses, la cerveza para los alemanes o el vodka para los rusos, fueron las sustancias más consumidas entre la soldadesca.

“El alcohol era la fuente química de coraje porque mejoraba el rendimiento y también era una buena fuente de calorías, es decir, de energía, cuando hace frío te ayuda a tener más energía, y no nos olvidemos de la función relajante que también tiene después del combate y de la función terrible de matar”, responde el profesor de la Universidad polaca de Jaguelónica en una entrevista para RTVE.es.

El Ejército napoleónico, doblegado por el hachís

El amplio y documentado estudio también alude a cómo en muchas ocasiones, los militares tomaban contacto con otras drogas en los países a los que eran destinados. Sustancias que luego ”exportaban” cuando retornaban a sus hogares estableciéndose flujos de consumo.

El escritor Lukasz Kamienski. Editorial Crítica.

Es el caso del hachís y el ejército napoleónico en sus campañas en Egipto, tal y como ejemplifica el autor, que cuenta como los franceses descubrieron esta droga que se usaba cotidianamente en el país “para fumar o cocinar”. Las tropas napoleónicas comenzaron a consumirla masivamente con el resultado directo de un comportamiento indolente y bajo rendimiento.

Napoleón prohibió totalmente el consumo de hachís no solo entre los soldados sino también entre la población egipcia. Pero la expansión era ya imparable, asegura Łukasz Kamieński, que apostilla que este caso es una muestra de política de prohibición fallida y de injerencia colonial en las costumbres locales.

“A nivel popular, en 1801, cuando los soldados estaban volviendo a Francia llevaban consigo algo de hachís, en muchos casos era una cantidad enorme y cuando llegaron no dejaron de consumir, al revés, popularizaron la droga sobre todo entre círculos bohemios y las élites artísticas de París que extendieron el consumo al resto de la sociedad”.

El profesor polaco también analiza la utilización generalizada de la morfina y el opio con fines médicos durante la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865).

En un tiempo en el que todavía no se había descubierto la penicilina, se recurría a ambas sustancias como “tratamiento universal mágico” por su poder analgésico para paliar el dolor de las amputaciones causadas por las nuevas armas de fuego. “Por este uso medicinal se usaban tan libremente”, aclara el docente.

Łukasz Kamieński también explica que muchas mujeres consumían morfina para evadirse de las restricciones sociales, el aburrimiento o la frustración existencial.

La IIGM, consumo “masivo y popular”

El Tercer Reich combatió brutalmente la toxicomanía, pero aplicó un doble rasero: la prohibición se aplicó a la población en virtud de la preservación de la raza aria, en el otro extremo, numerosos jerarcas nazis como Goebbels o Göering eran “morfinómanos empedernidos”.

El propio Hitler estaba enganchado a un cóctel de fármacos y sustancias psicoactivas, que le inyectaba su médico personal y que usaba para enardecerse en sus multitudinarios discursos.

En la imagen Goebbels y Hitler. Foto: EFE

Según indaga el autor citando abundantes fuentes, la farmacología desempeñó un papel esencial, y a menudo silenciado, en el esfuerzo de guerra alemán, sobre todo en sus fases iniciales.

La extraordinaria velocidad y maniobrabilidad de las tropas y tanques nazis en la guerra relámpago (Blitzkrieg) se achacan, en parte, a la metanfetamina, comercializada bajo el nombre de Pervitin y que era suministrada “en cantidades ingentes” por los mandos a los soldados en 1940.

Estas “pastillas energéticas” convertían a los nazis en máquinas de matar. Eran distribuidas a través de tabletas de chocolate aunque con frecuencia los militares de la Wehrmacht, sobre todo pilotos y tanquistas, recibían inyecciones intravenosas, y en algunos casos están documentados episodios de alucinaciones colectivas.

Sin embargo, el ejército alemán no fue el único que recurrió a las drogas durante la IIGM, valorada como el primer conflicto en el que la distribución se vuelve “masiva y popular”.

Imagen de archivo de un soldado en campaña. Foto: EFE/WELTBILD

“En general, se puede decir que la IIGM fue alimentada por el speed, asegura Łukasz Kamieński. Los norteamericanos comenzaron a producir de forma habitual benzedrina desde 1942, una sustancia de uso cotidiano como descongestionante nasal, también los soviéticos, los británicos o los temibles kamikazes japoneses ingirieron estupefacientes en sus misiones suicidas, según detalla el escritor, que dedica un capítulo entero a la Gran Guerra, y nos habla sobre el uso socialmente aceptado de las drogas en contraste con los hábitos actuales.

A través de jugosas anécdotas, Kamieński se adentra en un territorio inexplorado y rodeado de incógnitas que sorprende al lector y llama a la reflexión. “En ese momento ni la anfetamina, ni la metanfetamina eran drogas controladas, por lo tanto no eran ilegales y eran bastante populares en el uso diario. Estaban muy dentro de la sociedad y no me refiero solo al uso médico”.

También alude al caso menos conocido de los finlandeses. Fueron los mayores consumidores legales de heroína en la Guerra de Invierno contra los rusos en 1939. Un ejemplo de "David contra Goliat" o conflicto asimétrico, en el que los veloces esquiadores fineses pusieron en serios apuros a los soviéticos con una especie de guerra de guerrillas a temperaturas bajo cero.

Desmontando mitos sobre la Guerra de Vietnam

Más allá de que las drogas fueran consumidas como energizante o relajante o si eran suministradas por los oficiales o autorecetadas, Kamienski aborda la histeria social tras el retorno de los veteranos de guerra.

Apunta también a la psicosis que se generó en la sociedad británica en la IGM, que demonizó el consumo en una atmósfera de espionaje y delación. Asimismo, derrumba mitos fuertemente arraigados como el de las consecuencias en el frente por la adicción de los jóvenes soldados norteamericanos durante la Guerra de Vietnam.

“Los locales, tanto los norvietnamitas como los chinos hicieron todo lo posible para que estuvieran disponibles drogas para los americanos, pero tengo que decir que fue un gran mito que el consumo de drogas socavase el rendimiento de los soldados americanos en la guerra”.

El autor califica este conflicto como “la primera guerra farmacológica real” por el acceso a múltiples drogas diferentes con las que los soldados se “automedicaban” como alcohol, marihuana, heroína, LSD, opio o barbitúricos, “en general consumían todo lo que cayera en sus manos y Vietnam era un paraíso de las drogas”.

En muchos de los casos, la dureza de las condiciones en la selva encaminaban a los norteamericanos a drogarse para escapar de un entorno “aterrador, hostil y ajeno”, en el que sufrían el acoso del Viet Cong y enfermedades tropicales como disentería y malaria.

Ingerían drogas “prescritas” por las autoridades como la metanfetamina o también “depresores y drogas psicoactivas para prevenir crisis mentales y ataques de ansiedad”, explica el docente, en un libro que también repasa la experimentación con sustancias sobre voluntarios por parte de los Gobiernos durante la Guerra Fría o se desplaza al presente abordando la actuación de los niños soldado bajo los efectos de las drogas en África.

“Históricamente hablando sobre la distribución masiva de las drogas, las autoridades no estaban seguros 100% de que eran adictivas y de que creaban un hábito. Además, en el caso de que lo supieran lo que importa en la guerra es que los soldados avancen y sean funcionales”, ahonda el autor en las conclusiones.

Kamieński recurre a la metáfora y cita varios filmes como En tierra hostil de Kathryn Bigelow, para señalar que la adrenalina de combate puede llegar a convertirse en la sustancia más adictiva.

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