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Frank Gehry, la arquitectura como escultura

  • Es el máximo representante de la corriente deconstructivista
  • Obtuvo el Premio Pritzker en 1989

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Por
Museo Guggenheim de Bilbao. Álvaro Sánchez

“La arquitectura debe hablar por su tiempo y su lugar y, a la vez, anhelar la eternidad”. La cita de Frank Gehry ilustra a uno de los arquitectos más reconocidos y reconocibles. Ese anhelo de trascender se refleja en lo grande, en una arquitectura con voluntad de obra de arte, que busca ser una escultura. Y se complementa con lo supuestamente pequeño: su obsesión por los materiales baratos y el diseño de mobiliario.

Estudiante de urbanismo y planificación en Harvard, y formado profesionalmente en París, el camino de Gehry no ha sido fácil. A mediados de los años 70, bien entrado en la cuarentena, pasaba por dificultades financieras. El arquitecto define ese momento como el punto de inflexión. Su mujer panameña, Berta Aguilera, había comprado una casa residencial en Santa Mónica (Califonia). Gehry comenzó a deconstruir el interior de manera febril. Cuando pasó a revestir el exterior de mallas metálicas, contrachapados de madera y, nunca mejor dicho, la marca de la casa: chapa metálica ondulada, fue como colocar una obra gigante de su admirado Marcel Duchamp en mitad de un barrio de burgués. Horrorizó al vecindario, pero su talento comenzó a ser valorado.

Máximo representante del deconstructivismo, ganador del Pritzker en 1989, la corriente más funcional y cartesiana de la arquitectura reprocha a Gehry que sus edificios desperdician recursos estructurales en beneficio de formas sin utilidad. Pero para Gehry se trata simplemente de anteponer la imaginación. "La mayoría de nuestras ciudades construidas después de la guerra son sosas. Son modernista, tienen frío, y ahora los arquitectos quieren volver a eso", dijo una vez.

El Zeitgeist según Gehry

La manera de atrapar el espíritu de la época para Gehry es esa tensión entre la una obra acabada y (aparentemente) inacabada. “Vivimos en una cultura de comida rápida, de publicidad y de derroche; corriendo para alcanzar aviones y taxis: una vida frenética. Por ello, pienso que crear posibilidades es más expresivo de nuestra cultura que algo totalmente acabado”.

Gehry, nacido en Toronto y nacionalizado estadounidense, es el quinto arquitecto en recibir el Premio Príncipe de Asturias de la Artes tras Oscar Niemeyer (1989), Francisco Javier Sáenz de Oiza (1993), Santiago Calatrava (1999), Norman Foster (2009), y Rafael Moneo (2013).

Su obra está ligada a España. Bilbao, ciudad que ha definido, le abrió las puertas de Europa, donde hasta la construcción del Guggenheim era poco relevante. Dato que el jurado ha recordado en su fallo, destacando la que además de la excelencia del museo,” ha tenido una inmensa repercusión económica, social y urbanística en todo su entorno”. Una relación que tuvo su continuación en la reforma de Bodegas de Herederos de Marqués de Riscal en Elciego (Álava).

Sus ideas, sin embargo, se levantan a lo largo de todo el mundo: desde el Museo Aeroespacial de California, el Audiorio Walt Disney de Los Ángeles o la Casa danzante de Praga.

Celebró sus 85 años el pasado marzo en Bilbao. Humilde, rechaza la categoría de arquitecto estrella. Para Gehry, solo existen dos sencillas categorías de arquitectos: “quienes diseñan edificios que no son buenos técnica ni financieramente y los que están en el caso contrario".

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