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"Las heridas se sanan, pero los recuerdos no"

       
  • Diez años después muchas de las víctimas del 11M sufren ansiedad crónica
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  • Los psicólogos les ayudan a tender un puente entre una vida rota y una nueva
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  • Elisabeth no tenía papeles y huyó herida de la estación de Santa Eugenia
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  • Vera tenía solo 9 años cuando perdió a su padre en los atentados de Madrid 

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Víctimas del 11M: "Las heridas se sanan, los recuerdos no"

"Volví a nacer ese día, cada 11 de marzo es un aliento, un suspiro más de vida". Jesús Barrigüete viajaba en el cercanías que estalló frente a la calle Téllez. Este madrileño de 40 años se considera un "afortunado" por haber sobrevivido al "infierno" en el que se convirtieron los trenes en los atentados del 11M. "Todavía no me explico cómo pude salir con vida de allí porque salí volando por los aires", cuenta muy lentamente, con los ojos brillantes, mientras las imágenes se agolpan de nuevo en su cabeza.

Jesús no oye prácticamente nada del oído derecho, pero las secuelas "más difíciles" de superar son las psicológicas. "Recordar día a día es lo que más me cuesta, recordar día a día lo que pasó como si hubiera sido ayer mismo", relata esta víctima cuando se cumplen diez años del peor atentado de la historia de España, con 191 muertos y más de 1.800 heridos.

Elisabeth Aguilar Beltrán incide en lo mismo, en que "las heridas se sanan pero los recuerdos no". Esta colombiana de 48 años estaba en la estación de Santa Eugenia cuando estallaron las bombas, pero huyó del lugar. Como muchas víctimas del 11M, no tenía papeles entonces y el miedo a que la expulsaran del país pudo más que las heridas de su pierna derecha, que la obligan a andar aún hoy con una muleta. Le costó demostrar que estuvo allí y el Ministerio del Interior no la reconoció como afectada hasta 2009.

"Superar todas estas secuelas es muy difícil, convivir con ellas, con los dolores, pero yo creo que lo que no te mata te hace fuerte, lo vas superando y vas apreciando un poco más la vida", explica Elisabeth, que ahora lucha por recuperarse del grave accidente de tráfico que sufrió en Navidad y por conseguir que le reconozcan la incapacidad permanente para poder cobrar una pensión. Desde 2007 no ha podido volver a trabajar.

Cuando unos "malos" se llevaron a papá

Vera vio la columna de humo que las explosiones dejaron en la estación de Santa Eugenia desde la ventana de su casa. La despertaron los gritos de su madre que intentaba contactar por teléfono con su padre sin éxito. Esteban de Benito había cogido el tren como cada mañana para ir a trabajar, pero nunca llegó. Murió en Atocha.

"Papá se ha ido al cielo", le explicó con tan solo 9 años su tía Ana. “¿Ha sido porque yo me he portado mal?”, preguntó con miedo de que hubiera sido por el examen de matemáticas que había suspendido días antes. “No, se lo han llevado unos malos”, le respondió su tía. “Pregunté quiénes eran esos malos, pero no obtuve respuesta, ni de ella ni de nadie”, recuerda Vera, para quien la búsqueda de información sobre Al Qaeda y las razones por las que había atentado en España se convirtió en una obsesión.

Esta joven de 19 años que ahora estudia periodismo explica que a pesar de todo para ella el 11M es “fortaleza y empuje” porque decidió que no se iba a quedar "toda la vida en el pozo con los ojos cerrados". Dice que no le ha dado tiempo a ponerse "triste" para no dar "satisfacción" a los terroristas: “Yo tenía que estar fuerte por mi hermana y mi madre. Sentía que su dolor menguaba si me veían a mí fuerte".

Estrés postraumático y ansiedad

Antonio Gómez González sufre síndrome de estrés postraumático y ansiedad crónica, como muchas de las víctimas. Él iba en un tren paralelo al que explotó en la estación de Atocha: "Mis heridas físicamente fueron leves, las psicológicas... Como todos los que vimos esto, no se te olvida nunca, es imposible".

Cuando está cerca de Atocha tose por la ansiedad y tiene náuseas, pero aún así ha conseguido volver. "Leyendo a Viktor Frankl leí que nos pueden arrebatar todo, pero nunca te pueden arrebatar la postura que tomar ante cierta cuestión que te hayan hecho", explica este hombre de 48 años.

Antonio pasa por la estación "con dolor, con nostalgia, con amor a la gente que se fue y no está", pero afirma que "la batalla no está ganada, está solo conseguida porque ganada sería que lo hiciera sin miedo y miedo siempre hay, la vigilancia siempre está, constantemente".

Lo mismo le pasa a Jesús Barrigüete: "Tienes miedo, estás en alerta, estás mirando constantemente para todos los lados. No va a pasar porque no creo que vuelva a pasar, pero estás muy en alerta".

La vigilancia, la sensación de que podría volver a ocurrir, el revivir constantemente ese día… todos ellos son síntomas de estrés postraumático, explica Cristina Halffter, psicóloga de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M. Diez años después del mayor atentado terrorista de españa, 200 víctimas necesitan aún tratamiento psicológico semanalmente, según informa Efe.

El sentimiento de culpa

José Ranz, de 46 años, se encuentra relativamente bien durante el resto del año, pero cuando llega marzo “parece como si fuera a ocurrir otra vez”. Él iba en el primer vagón del tren de El Pozo y tras las explosiones huyó de la estación, algo que le ha perseguido durante todos estos años: "Me sentía culpable, me fui corriendo y les deje tirados. Me porté mal". Ha tenido que aprender con ayuda de psicólogos que su reacción fue normal, instinto de supervivencia. “Tienen culpa por haber huido, por no haber ayudado o por haber sobrevivido”, explica Halffter.

"Eso es lo que llevo dentro, quería haber ayudado más", comenta Jesús recordando que no pudo hacerlo porque él mismo estaba sangrando por un traumatismo craneoencefálico.

Este sentimiento es el que ha llevado a muchos supervivientes a asociarse para ayudar a otras víctimas. "Lo que no pude hacer ese día lo hago hoy", explica a RTVE.es Araceli Cambronero, que vivió los atentados en Atocha. "Es increíble, el estallido, el humo, el olor. Yo llamé a mi marido entre bomba y bomba y le dije que me despidiera de los niños porque no iba a salir viva de allí (...) Pensé que Madrid iba a explotar, corrí durante horas hasta que me pudieron encontrar. Se siente una culpabilidad enorme de estar viva", relata esta mujer de 45 años.

Un puente entre la vida pasada y la nueva

Todas las víctimas, tanto los heridos como los que perdieron a un familiar en los trenes, tienen que superar el duelo. Los psicólogos, explica Halffter, supervisan que pasen por todas las fases y no se queden estancadas en ninguna. A un primer momento de shock, le sigue una etapa de rabia de preguntarse el porqué, después viene la tristeza y por último la “readaptación a la vida”.

Diez años después, Jesús explica que lo que más le cuesta entender es "el porqué, por qué pasó y por qué lo hicieron". Parte del trabajo de los psicólogos es ayudar a las víctimas a digerir estas preguntas. "Por qué llevaba una vida normal y se ha roto", explica Pilar Carrillo, profesional de la Asociación 11M Afectados por el Terrorismo.

Hay que hacer entender a la víctima que el "camino" de la vida que estaba recorriendo se ha roto para poder pasar a uno nuevo. La tarea de los psicólogos es "poner un puente entre la vida pasada y la nueva, donde no hay que olvidar pero sí adaptarse para que al menos puedas funcionar". Y aún así siempre quedará "un resquicio, un miedo primitivo", añade Carrillo. En este sentido, Halffter señala que el objetivo no es borrar el recuerdo, sino recordarlo sin que se desencadene sintomatología.

Araceli lo ha conseguido: "Cuando suena el pitido del cierre de las puertas me acuerdo, pero no lo revivo. Sabes que lo estás superando cuando el recuerdo no te impide seguir con tu vida". Afirma que el 11M le ha hecho valorar más la vida y darse cuenta de que "es muy bonita" a pesar de todo.

Su "camino" no solo se rompió el 11 de marzo. Después de los atentados, se separó de su marido, ha sufrido un cáncer de mama e invirtió la indemnización de 25.000 euros por el atentado en las preferentes de Bankia. Ahora mismo está en paro, pero tiene “unas ganas de vivir enormes”, precisamente porque está viva y podría no estarlo. Sus hijos, que ahora tienen 15 y 13 años, le han dado la fuerza para seguir adelante.

“No lo puedes olvidar, no puedes ni quiero, pero lo he superado (...) A veces te encuentras agotado, te caes, pero te levantas con más fuerza” por las 192 personas que “no pudieron disfrutar de la vida”.

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