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El ¡pobre de mí! despide los Sanfermines hasta el próximo 7 de julio

  • El pobre de mí es el colofón a 206 horas de fiesta sin descanso
  • Los empujones y el agobio vuelven a la Plaza del Ayuntamiento
  • Es hora de quitarse el pañuelo rojo y echar el "penúltimo" cántico
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Cuando uno pasea por Pamplona el día 14 de julio antes de la medianoche se encuentra con un ambiente distitno al de los días previos de San Fermín. Los cuerpos están cansados, y el ánimo también. Al caminar hacia el centro de la ciudad se pueden ver puestos de venta de velas en todas las calles. Ha llegado el momento de decir adios a las fiestas.

Es el "antitxupinazo", el mismo lugar: la Plaza Consistorial, la fresca e incluso a veces fría medianoche en lugar del caluroso mediodía y velas en vez de champán.

Las miradas fijas en el balcón del Ayuntamiento desde el que el alcalde pronuncia la frase que pone el punto y final a los Sanfermines: ¡Ya falta menos!. Pero, todo el mundo sabe que es mentira. Falta muchísimo todavía y hasta para iniciar la escalera habrá que esperar a enero.

En un rito ya tradicional, miles de personas entonan con tristeza "Pobre de mí..." y, con fingido júbilo bailan porque ¡Ya falta menos..... Uno de enero, dos de febrero!..".

Desde el balcón, el alcalde repite como en anteriores ocasiones: "pamplonesas, pamploneses, se han terminado las fiestas de San Fermín", y tras despojarse del pañuelo rojo, añade "ya falta menos, ya falta menos para que en esta misma plaza os convoque el próximo 6 de julio a las 12 del mediodía" porque "ya falta menos para que todos gritemos ¡Viva San Fermín!, ¡Gora San Fermín!".

Seguidamente, los congregados en la plaza recibirán con los pañuelos en alto la traca anunciadora del final cantando "Pobre de mí, pobre de mí, que se han "acabau" las fiestas de San Fermín". Una y otra vez se pasa de la tristeza al baile " uno de enero, dos de febrero..." .

El encierro de la "Villavesa"

Las charangas seguirán acompañando a la gente hasta bien entrada la madrugada. Los formales, acudirán a la iglesia de San Lorenzo, donde está la imagen de San Fermín, para dejar allí, atado a la verja el pañuelico, pero los incansables que todavía no han tenido suficiente juerga se resisten y después de cerrar los bares uno tras otro, correrán el encierro del 15 de julio, conocido como "encierro de la Villavesa". En Pamplona llaman "villavesas" a los autobuses urbanos.

Y como el día 15 es difícil encontrar toros en una ciudad con resaca, a las ocho de la mañana, los mozos supervivientes que acuden a la cuesta de Santo Domingo, esperan a su "toro" particular: el autobús que sube del barrio de la Rochapea y realiza un recorrido similar al del encierro.

El último acto no programado de los Sanfermines consiste en correr delante del vehículo impidiendo su normal circulación hasta llegar a la parada de la Plaza del Castillo. Es en ese momento cuando, para muchos, acaba realmente la fiesta.

Luego viene un pobre de mí más íntimo y casero pero inapelable. Aunque ya sin pañuelo, nadie toma conciencia de lo irreversible de este hecho hasta que al día siguiente, al levantarse, ya no se enfunda la ropa blanca que durante tantas horas te ha hecho incansable y casi invencible. Uno no sabe ni qué ponerse. Ahora sí que sí. El año que viene, más.

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