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La Vieja-Nueva Libia cae víctima de su paradoja

  • El régimen había comenzado una apertura económica que no se plasmaba en lo político
  • Se respiraba más ansia de libertad pero los libios contaban con el soporte económico estatal
  • El discurso reformista del hijo de Gadafi constrastaba con los comisarios políticos
  • El este ya se percibía como un foco de la oposición
  • Gadafi es muy capaz de morir como un mártir porque no tiene nada que perder

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En portada - La metamorfosis libia

Cuando volví en 2008 encontré Trípoli irreconocible. Había un nuevo paseo marítimo – donde acudían, jóvenes, mayores, niños y familias enteras-, algunos modernos restaurantes, nuevos hoteles, supermercados…

De todo eso no había prácticamente nada en los 90. Había también internet y teléfonos móviles y más mujeres y jóvenes por las calles que antes. 

En definitiva, la cara externa había cambiado, aunque, en su interior, el régimen, seguía inamovible en lo político. Se estaba llevando a cabo una especie de transición hacia la economía de mercado, pero nada de reformas políticas ni derechos humanos. 

La Libia de 2008 estaba más abierta a la economía, al turismo, y con más oportunidades de trabajo, pero al lado del desarrollo y muchas obras – la construcción era un sector en expansión- convivían deficientes infraestructuras y un sistema sanitario y educativo que dejaba todavía mucho que desear.

El papel del petróleo

Después del levantamiento de las sanciones, muchas compañías extranjeras empezaron a implantarse en Libia, aunque muchos empresarios reconocían que la burocracia y la corrupción era algo con lo que tenían que enfrentarse. 

En cuanto al enriquecimiento, el régimen proclamaba que invertía en el desarrollo y las reformas del país una parte de los beneficios del petróleo pero no hay que olvidar que Gadafi cimentó su política en el oro negro y la economía libia está dominada por el petróleo desde hace más de medio siglo, que supone el 95% de sus ingresos en divisas. 

Es de suponer que el régimen y sus próximos sin duda se han enriquecido por los contratos petroleros, pero no hacían ostentación de sus posesiones, aunque, por supuesto, tampoco nos iban a dejar tener acceso a ellas. 

Eso sí, el lugar donde tuvimos la entrevista con Seif Al Islam –se nos dijo que era su “casa de descanso o de campo”- no tenía nada que ver con el resto de Libia, el jardín era inmenso, aunque probablemente no pudimos comprobar todo su esplendor porque la entrevista fue por la noche.

Encuentro con el sucesor

Seif me pareció lo que se calificaría de “niño bien”, parco en palabras, con un cierto aire de estar por encima de todo, pero, a la vez, algo inseguro. Para nada tenía el carisma de su padre, pero tenía bien aprendida la lección. 

No se salió de su discurso reformista y, por supuesto, era como aire fresco en medio de la cerrazón del régimen, sobre todo si lo comparo con el “comisario político” que me habían asignado (y que, por cierto, no estuvo en la entrevista, porque, además, era la condición que había puesto el entorno de Seif). 

 

“El sucesor” había levantado cierta esperanza en las reformas y ese era el camino que se seguía hasta hace un tiempo cuando se empezaron a estancar, puede ser que probablemente por divergencias dentro del propio régimen o con sus hermanos. 

Esa era una de las hipótesis que se barajaban tras la desaparición del régimen: una guerra entre hermanos o entre las tribus o entre las diferentes facciones dentro del propio régimen. 

De hecho, muchos pensamos cuando habló Seif por primera vez durante este conflicto, que iba a salir con su cara amable, y se iba a ofrecer para una transición y a anunciar reformas. No tenía muy mala prensa en Bengasi y podría haber sido una salida a la crisis. 

Sorprendió, sin embargo, la dureza de su discurso y a los libios de más edad les recordó a su padre de joven cuando empezó a instalar el régimen implacable con los que no estaban de acuerdo con él. 

Esa era la paradoja de lo que llamé la nueva-vieja Libia: una se abría y caminaba hacia el futuro y la otra permanecía inamovible, con su vasta red de informadores, la corrupción o la burocracia.

Viaje frustrado a Bengasi

Luego, no se nos autorizó ir a Bengasi y nunca se nos dijo por qué. 

Aunque el líder no reconocía a la oposición y consideraba enemigos a los opositores y les acusaba de ser agentes de otros países y de traición, es cierto que Bengasi era -y, como hemos visto, es- feudo de la oposición, también de la islamista radical, a la que el régimen había reprimido con fuerza. 

No hay que olvidar que en esa ciudad se produjeron violentos disturbios en el 2006 por las caricaturas de Mahoma y antes también había habido manifestaciones de protesta de la oposición en varias ocasiones.

Con todo, no parecía que fuese un mayor malestar del que siempre había habido en el este del país: la Cirenaica era tradicionalmente la zona díscola y también está más abandonada en infraestructuras y otros servicios que la Tripolitania.

Más libertad en Trípoli

Mientras, en Trípoli la gente hablaba ya de política y del régimen en los cafés, en el trabajo o en la calle, antes era imposible pero el miedo y la intimidación dominaban todavía el ambiente y nadie se atrevía a hacer críticas en público.

En la capital Libia no se veía entonces un malestar que pudiese llevar a una revuelta o manifestaciones fuertes de protesta. Podía haber elementos que apuntaban al caldo de cultivo pero creo que estaban más presentes en Bengasi que en Trípoli. 

Había muchas cosas que le faltaban a los jóvenes: libertad, una enseñanza de calidad (porque enseñanza había) y menos dependiente del régimen. 

A la vez, era necesario también educar a la nueva generación en la mentalidad del esfuerzo y alejarla del vicio del trabajo fácil o seguro y cómodo. La mitad de los trabajadores eran funcionarios y había paro entre los libios, pero había trabajos que ellos se negaban a hacer.

Apariencias y realidades

El gobierno se preocupaba de todo y a los jóvenes y al final les parecía más fácil trabajar para el gobierno, incluso con un salario bajo, más que ir a realizar un duro trabajo en el desierto y en el sector privado, por el que se pagan salarios más altos. 

Tampoco hay que olvidar que el país tenía más de 7.000 euros de renta per capita, una de las más altas de Africa, un crecimiento del 9%, aunque el salario medio mensual era de unos 200 euros. 

Muchos productos estaban subvencionados y había ayudas para la luz, el agua, la vivienda y el coche y la gasolina sólo costaba unos 16 céntimos de euro el litro. Los móviles abundaban. 

Se podía hablar de descontento de la juventud por la falta de libertades y por la represión, por hartazgo del régimen, pero no se puede decir que los libios viviesen en condiciones de pobreza. Los que lo pasaban mal y eran tratados muy mal eran los inmigrantes. 

Por estos motivos, creo que la situación no está tan clara como se nos hizo creer al principio. Ha habido y hay, como en todos los conflictos de este tipo, una guerra de propaganda por los dos lados.

Situación enquistada

El régimen parece ahora tener más fuerza de lo que se pensó en un principio y el dictador y sus huestes siguen sin estar dispuestos a dar su brazo a torcer. Muy al contrario, han iniciado el contraataque para intentar reconquistar lugares perdidos. 

Dicho esto, Gadafi es muy capaz de luchar hasta el último hombre. Al fin y al cabo, no tiene nada que perder, la comunidad internacional ya le ha condenado – aunque de eso ya sabe mucho después de sus años de ostracismo y de sanciones y embargos-. Morir como un mártir entraría dentro de esa extravagancia y esperpento en que ha convertido su vida y su política. 

La situación podría enquistarse o al final el país puede terminar dividido en dos, porque no parece que los rebeldes tengan fuerza suficiente para acabar con el régimen al que parece que le quedan más cartuchos de los que todos pensaban. 

Una intervención internacional podría hacer que la situación se decantase del lado de los rebeldes, pero eso podría empeorar la situación todavía más y llevar a que Gadafi consiguiese de nuevo apoyos. 

Los libios no quieren injerencias de fuera y mucho menos de Occidente, y especialmente de Estados Unidos.