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Un jarrón chino en la Casa Blanca... hasta que muere el presidente

  • El vicepresidente de Estados Unidos es el primero en la línea de sucesión
  • Pero es la tradición la que ha impuesto el relevo automático y la jura del cargo
  • También preside el Senado y dirime los empates en las votaciones de esa cámara
  • El papel del candidato es neutralizar las debilidades del aspirante a presidente
  • Biden compensa la inexperiencia de Obama; Palin aporta juventud y consevadurismo
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    El vicepresidente de Estados Unidos sólo tiene dos funciones explícitas. Suceder al presidente en caso destitución, muerte, dimisión o incapacitación. Y presidir el Senado, donde su voto de calidad dirime los empates.

    La Constitución no le asigna ningún otro poder ejecutivo, pero el presidente puede encargarle distintos cometidos para que actúe en su nombre. En la práctica, es un jarrón chino: goza del aprecio y respeto de todos pero nadie sabe muy bien dónde ponerlo.

    Incluso sus funciones eran jurídicamente cuestionables hasta que se aprobó la 25ª enmienda en 1967. Como señala William Manchester en su libro Muerte de un Presidente, el artículo 2 de la Constitución es ambiguo. No aclara si en caso de sucesión, el vicepresidente asume plenamente el cargo o lo ejerce en funciones hasta que el pueblo elija un nuevo presidente.

    Este último era el deseo original de los padres de la Carta Magna, según reflejan las anotaciones de James Madison de las deliberaciones secretas celebradas en 1787.  Pero las notas de Madison se hicieron públicas demasiado tarde. Antes, en 1841, William Henry Harrison murió a causa de un enfriamiento en la toma de posesión. Su vicepresidente, John Tyler, se apresuró a asumir el cargo, a pesar de la oposición de algunos hombres de Estado como John Quincy Adams.

    Tyler hizo algo más. Decidió jurar su fidelidad a la Constitución por segunda vez. Ya lo había hecho como vicepresidente. Pero este nuevo juramento se ha convertido en tradición. Una tradición que ha puesto en aprietos a la administración en circunstancias excepcionales. Por ejemplo, tras el asesinato de Kennedy, el equipo de Lindon B. Johnson perdió un tiempo precioso para averiguar el texto del juramento y quién había de tomárselo.

    Curiosamente, Lindon B. Johnson es el único vicepresidente que ha influido en el resultado electoral, según los expertos. Era de Texas, un feudo republicano. Su candidatura compensaba la imagen izquierdista de Kennedy y le ayudó a conseguir la presidencia en 1960.

    Equilibrios en el cartel electoral

    El papel del aspirante a vicepresidente en la campaña electoral es compensar las debilidades del candidato a presidir el país. En el caso de los demócratas, Biden suple la falta de experiencia internacional de Obama, conecta mejor con la clase media baja y tiene una lengua mucho más afilada. Hillary Clinton tenía más bazas, pero la rivalidad con Obama y su mujer, Michelle, ha hecho imposible el ticket, como se llama en América al tándem de candidatos.

    En el caso de los republicanos es más rico en equilibrios. Palin compensa la avanzada edad de McCain, 44 frente a 72 años. Es mujer, una faceta que han explotado para atraerse a los desencantados por la derrota de Clinton en las primarias. Y Palin encaja mucho mejor con los valores republicanos que McCain, que tiene fama de disidente dentro de su propio partido.

    Gane el que gane, cobrará 221.000 dólares al año, unos 157.000 euros. Y sus probabilidades de suceder al presidente son cercanas al 20%. Nueve vicepresidentes lo han hecho. Los últimos: Harry Truman, Lyndon B. Johnson y Gerald Ford, que sucedió a Nixon cuando éste dimitió por el escándalo Watergate. Por cierto, Ford es el único estadounidense que ha ejercido de presidente sin haber sido elegido jamás para ningún cargo nacional.

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