Buena Vista Social Club: cuando el azar rescató del olvido a una generación de músicos
- Hace 30 años, en los estudios de Areito, en La Habana, se gestó por casualidad un fenómeno musical inesperado
- Músicos octogenarios grabaron un disco que llegó a vender más de ocho millones de copias
Hace 30 años, en los estudios de Areito, en La Habana, se cocinaba un éxito internacional que surgió de un fracaso. En marzo de 1996 el sello británico World Circuit lo había preparado todo para recibir a un grupo de músicos malienses que tenían previsto grabar junto al intérprete cubano Eliades Ochoa un álbum que mezclaría los sonidos de dos continentes. Sin embargo, los de Mali no aparecieron, así que hubo que improvisar y de ese imprevisto nació Buena Vista Social Club.
"Los africanos, por algunas razones que nunca estuvieron claras, no llegaron. Parece ser que por el camino, cuando llegan a París, les ofrecen un contrato mejor y deciden quedarse en París. Pero nada de eso está totalmente verificado", explica a RNE la musicóloga e investigadora Rosa Marquetti, que fue la encargada de escribir las notas del disco 25 aniversario de Buena Vista. Otras versiones sobre el paradero de los de Mali apuntan a un problema con los visados de los músicos de Mali.
Rubén González, Ibrahim Ferrer y Puntillita durante la grabación de Buena Vista Social Club Buena Vista Social Club (Inag
La idea inicial —la que no pudo ser— había sido del productor británico Nick Gold, que convenció al estadounidense Ray Cooder para que le ayudara. Pero también estuvo implicado el músico cubano Juan de Marcos, que para entonces planeaba un disco homenaje a su padre, músico fallecido años antes, en el que participarían artistas que habían sido sus amigos. Fueron ellos y algunos más los que, ante el cambio de planes, grabaron durante siete días un proyecto que, sin esperarlo, les daría el éxito que nunca habían tenido.
"Esos músicos viejitos, amigos del padre de Juan de Marcos González, fueron los que grabaron esas maravillosas sesiones", explica Marquetti, que piensa que aquello estaba "dispuesto" a suceder de aquella manera. La mayoría había dedicado gran parte de su vida a la música cubana y habían compuesto grandes joyas, pero no habían recibido ni beneficio, ni reconocimiento. "No soy religiosa, pero sí creo en ciertas regularidades de la historia, de la vida, y eso era necesario que ocurriera", añade.
Buena Vista Social Club a las puertas del Carnegie Hall de Nueva York Buena Vista Social Club
Un éxito tardío e inesperado
Entre otros más jóvenes, como Eliades Ochoa, Omara Portuondo o Barbarito Torres, al laúd, estaba una generación de músicos que logró la fama en los últimos coletazos de sus vidas. Cuando grabaron, Compay Segundo tenía 89 años, el pianista Rubén González 77, Pio Leyva 79 y un Ibrahím Ferrer que rondaba los 70 pedía que no se le acabara el tiempo. "Lo único que no quiero es morirme por ahora para que yo pueda disfrutar un poquitico", dijo en declaraciones recogidas en el documental de Buena Vista Social club, que vio la luz en 1999.
"El disco no hubiese tenido el impacto que tuvo sin el apoyo del documental de Wim Wenders ", explica a este medio el director de Latitudes Urbanas en Radio 3 y Tapiz Sonoro en Radio Clásica, Bruno Freire. "Cuba era la principal puerta de entrada de esclavos de África, lo que hizo que fuera musicalmente uno de los lugares más influyentes a nivel mundial", explica el periodista, y Buena Vista supuso "el faro" que puso sobre la mesa "la grandísima riqueza musical" de la isla. Sus protagonistas, "sin esperarlo, vieron cómo llegó por fin ese reconocimiento internacional".
Ese documental siguió a este grupo de músicos en dos de sus conciertos más importantes, el del Carnegie Hall de Nueva York y el teatro Carré de Amsterdam. "Viajaban con un equipo médico porque eran mayores y realmente eran muchas emociones, mucho trabajo —aunque para ellos era trabajo y disfrute— pero tenían que ir de un lugar a otro, viajar de una ciudad a otra, de un país a otro...", explica Marquetti.
Buena Vista Social Club en el Carnegie Hall de Nueva York Ebet Roberts Ebet Roberts/Redferns
El álbum grabado hace 30 años —que salió a la venta en 1997— vendió más de ocho millones de copias y recibió un Grammy a mejor álbum latino tropical tradicional; y el documental de Wenders estuvo nominado en los Premios Oscar. Ambos proyectos llevan el nombre de uno de los clubes sociales —situado en el barrio de Buenavista de La Habana—, que sirvieron de lugar de encuentro y ayuda mutua para la población negra alrededor de la década de los 40 y que fueron cerrados durante el régimen castrista.
"Eran clubes sobre todo destinados a los afrocubanos, porque la clase alta blanca iba más a salones de baile donde se bailaba la contradanza y bailes más de corte europeo. Pero es en ellos donde se fraguaba la auténtica música cubana de raíz", apunta Bruno Freire. El Gobierno castrista "entendió que ya no hacían falta, que para eso estaba el Ministerio de Cultura, que se encargaba de la formación cultural de la población, porque, decían, ya no había discriminación", añade Marquetti.
Compay Segundo y Ray Cooder en un concierto en Amsterdam (1988) Paul Bergen/Redferns
Buena Vista Social Club rescató a algunos de sus intérpretes de la pobreza. "Este disco fue un milagro que sacó del retiro a un montón de músicos y le devolvió la dignidad que siempre tuvieron a genios como Rubén González o Ibrahim Ferrer", explica a RNE el periodista musical cubano Rafa G. Escalona. "Rubén González, uno de los culpables del sonido que revolucionó el son a partir de los 50, no tenía piano en ese momento de su vida e Ibrahim Ferrer, con esa voz tan frágil y hermosa, se ganaba la vida como Zapatero", añade.
El proyecto, asegura el periodista, "tuvo la fortuna de abrir una puerta que por muchísimos años estuvo cerrada". "Por cuestiones de aislamiento, por cuestiones políticas, la música cubana llevaba años chocando contra un muro de contención en la industria global. Estos grandes maestros en la recta final de su vida rompieron ese techo y demostraron que los sonidos del son y del bolero no eran folclore, eran una música muy viva y capaz de conmover a las personas", explica.
La parte humana y el estereotipo de la postal
Marquetti vivió el éxito de Buena Vista mientras trabajaba en las oficinas de la SGAE en la Habana. "Iban muchísimo a nuestra oficina. Compay siempre con su traje, sus buenos trajes. Todo lo que no hicieron en la juventud lo pudieron hacer en la vejez. Esta es la parte humana del proyecto", asegura. "Hicieron conciertos, discos, giras. Se ganó muchísimo dinero y todos esos viejitos vieron el resultado. Era precioso verlos vestidos como príncipes, con el calor que hacía en Cuba, ellos con sus trajes y sus sombreros. Era precioso", añade.
Rubén González e Ibrahim Ferrer durante North Sea Jazz Festival en La Haya (2000) Frans Schellekens/Redferns
Sin embargo, el contexto social y político jugó su papel y Buena Vista, un proyecto impulsado por extranjeros que nació en los últimos años de la Guerra Fría y tras el declive del bloque socialista, también contribuyó a exportar una imagen de Cuba anclada en el pasado. "Nos ha hecho cargar incluso hasta hoy con el peso del estereotipo de una postal, como que la música cubana se quedó congelada en esa época", explica Escalona.
"El mundo vivía la vorágine de la globalización y el desarrollo de un incipiente Internet y de repente les llega esta imagen de una especie de paraíso detenido en el tiempo", sostiene el periodista, que hace referencia a las audiencias europeas y anglosajonas. "De ahí las reacciones de músicos que vivían en Cuba, que no fueron favorables. Algunos muy famosos como Juan Formell expresaron su disgusto. Entendían la parte humana, pero alegaban que en Cuba se estaba haciendo música mucho más avanzada", explica Marquetti.
Pese a eso, Buena Vista Social Club "provocó que los grandes circuitos internacionales volvieran a mirar hacia la música cubana y volviera a ser de interés", argumenta Escalona, que espera que pronto un fenómeno similar vuelva a llevar el foco a la industria musical cubana.
Rubén González y Omara Portuondo Getty
"Fuimos con todo el cariño, amor y respeto, como hacemos siempre las cosas. Pero nadie fue pensando en que se fueran a vender millones de copias de discos; nadie pensó en Grammy, en nominación a Oscar. Nadie pensó que esa película iba a dar la vuelta al mundo muchas veces". Así lo explicaba en una entrevista en el Canal 24 Horas Eliades Ochoa, que en 2010 formó parte del proyecto original, el de los músicos de Mali, que salió adelante 14 años después de ese primer y fallido intento.
Mientras tanto, la historia de esos viejos virtuosos cubanos ha llegado a Broadway en forma de musical y, aunque la mayoría aquellos músicos haya muerto hace años, la música de Buena Vista sigue dando vueltas al mundo tres décadas después.