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Todo apunta a que hemos pasado el verano más fresquito de los que vienen, aunque de lo que no hay duda es que hemos experimentado 30 días adicionales de calor extremo. Entre junio y agosto, hemos sufrido 62 días de temperaturas extremas. El último informe elaborado por científicos de Climate Central asegura que en el ranquin europeo, España se sitúa en séptima posición mientras que Madrid ocupa el tercer lugar de la lista de 10 ciudades europeas con mayor número de jornadas adicionales de temperaturas extremas causadas por el cambio climático.

Y mientras la ONU advierte que el mundo podría superar el límite de 1,5 grados de calentamiento global, éste podría restar hasta 25 años de vida útil a las infraestructuras del planeta. La investigación, llevada a cabo por científicos españoles de la Universidad Politécnica de Valencia y chinos, sostiene que el calentamiento ya ha provocado la demolición prematura de cerca del 9 por ciento de los puentes atirantados. Estas estructuras de hormigón y acero están preparadas para aguantar al menos un siglo y, sin embargo, están fallando décadas antes de lo previsto a causa de las olas de calor.

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Las ciudades fueron pensadas para un clima que ya no existe. Durante décadas,

la arquitectura buscó protegernos del frío, aprovechar la luz o facilitar la

ventilación natural. Pero el aumento de las temperaturas y la frecuencia de las

olas de calor obligan ahora a replantear muchas de esas decisiones. No se trata

únicamente de construir edificios más eficientes. También habrá que repensar

las calles, las plazas y la manera en que nos movemos por ellas. Ese fue uno de

los grandes debates del Congreso Mundial de la Unión Internacional de

Arquitectos, celebrado a principios de verano en Barcelona. Pau Bajet, uno de

los seis comisarios del Congreso, hace balance de sus principales conclusiones.

El Mediterráneo occidental y el mar Cantábrico atraviesan uno de los episodios de calentamiento más intensos desde que se tienen registros. La temperatura superficial del agua se sitúa más de 4 ºC por encima de lo habitual en el Mediterráneo occidental y alrededor de 3 ºC por encima de la media en el Cantábrico, según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), que advierte de que estas temperaturas elevadas favorecen noches muy cálidas en las zonas costeras y aumentan la sensación de bochorno debido a la elevada humedad. Pero el impacto va mucho más allá del confort térmico.

A falta de confirmación oficial, la boya de Dragonera, en Baleares, registró este miércoles 33,02 ºC, lo que supondría el récord absoluto de temperatura superficial del agua medido por la red de boyas españolas de Puertos del Estado. Esa misma boya ya había marcado 31,87 ºC en agosto de 2024, lo que entonces supuso un récord que ahora ha sido superado en más de un grado.

FOTOGRAFÍA: CATI CLADERA / EFE

El investigador del Instituto Español de Oceanografía (CSIC) y miembro del grupo de Cambio Climático del Mediterráneo, Manuel Vargas, advierte de que el calentamiento del mar Mediterráneo avanza a un ritmo muy superior al de otros océanos y alerta de que sus efectos ya son visibles tanto en el ecosistema como en los fenómenos meteorológicos extremos. "En todos los mares del planeta está ocurriendo un calentamiento muy importante. Por causa de este calentamiento global al que estamos asistiendo, la Tierra está reteniendo cada vez más energía, pero el 90% de esa energía va a los océanos. Pero luego, en particular, el mar Mediterráneo se está calentando más rápido que otros océanos. De hecho, podríamos decir que esa velocidad a la que aumenta la temperatura en el Mediterráneo, en algunas regiones, puede llegar a ser tres y cuatro veces superior a la que se está observando en otras partes del planeta", asegura en una entrevista concedida al Canal 24 Horas.

A falta de confirmación oficial, la boya de Dragonera, en Baleares, registró este miércoles 33,02 ºC, lo que supondría el récord absoluto de temperatura superficial del agua medido por la red de boyas españolas de Puertos del Estado. El investigador recuerda que, cuando su equipo comenzó a monitorizar las aguas españolas del Mediterráneo a principios de los años noventa, registros como los actuales parecían impensables. "Si alguien me hubiera dicho entonces que se habían medido no ya 33 grados, sino 30, yo directamente hubiera dicho que la medida no estaba bien hecha. Sin embargo, cada vez es más frecuente. Esto es un récord, pero es que cada verano batimos nuevos récords". Además, subraya que "las olas de calor marinas se producen también en invierno, y de hecho, pasamos ya muchos meses inmersos en olas de calor marinas".

FOTOGRAFÍA:  NATXO FRANCÉS / EFE