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El majestuoso retrete de Fernando VII en El Prado

  • El museo reconstruye y abre al público la sala 39 que albergaba la habitación de higiene del monarca
  • El "Gabinete de Descanso" era un espacio privado donde colgaba una galería de retratos de familia

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Mueble de aseo o retrete de Fernando VII. 1830, Madrid, Museo Nacional del Prado
Mueble de aseo o retrete de Fernando VII. 1830, Madrid, Museo Nacional del Prado

Fernando VII, cuentan que gracias al impulso de su segunda esposa, Bárbara de Braganza, creó el Real Museo de Pinturas Esculturas en 1819: el embrión del Museo del Prado.

Como fundador, el rey se reservó un espacio íntimo entre las obras de arte: el Gabinete de Descanso de sus Majestades. Una especie de “cuarto de estar”, situado en la actual sala 39 del museo en el edificio Villanueva, donde no faltaba un detalle: desde una larga colección de retratos familiares a una pequeña habitación anexa para la higiene personal.

Aquí se encuentra la joya de la corona: el retrete del monarca con privilegiadas vistas al Jardín Botánico. Un excusado “a la inglesa”-con un cuerpo central y dos laterales- realizado con maderas nobles por el reputado ebanista de la Corte, Ángel Maeso, en 1830. Un "mueble de aseo" forrado en terciopelo amarillo y ubicado en un cuartito decorado con coquetos frescos al temple.

El majestuoso retrete, que es uno de los pocos muebles que se conservan en El Prado del siglo XIX, ha recuperado su lugar original en el Gabinete del rey junto a dos orinales de hombre y mujer.

Orinal femenino o bourdalou Real Fábrica de la Moncloa Porcelana. 1820-30.

Se expone al público junto a su “estuche portátil de aseo” con cepillo de dientes, palangana de plata dorada y perfumero incluido. Lujos que formaban parte de un oasis reservado a la privacidad absoluta de la familia real.

“El Gabinete de Descanso era un lugar confortable y dedicado a la conversación entre familiares, antaño tenía banquetas y alfombras que no se han conservado. Era una sala que usaba la familia real cuando venían al museo. Estaba aislada del resto y las carrozas podían acceder directamente desde la Puerta del Botánico sin tener que pasar por la del público y así no se cruzaban con nadie”, explica Pedro J. Martínez Plaza, técnico del Área de Conservación de pintura del siglo XIX del Museo.

Un espacio privado sin acceso al público

La pinacoteca ha “reconstruido” este espacio tal y como estaba en tiempos de Fernando VII, en un nuevo autohomenaje en el frenesí de celebración del bicentenario.

Una “experiencia inmersiva” a los ojos del visitante del siglo XXI donde aparece una larga galería de retratos apiñados a varias alturas, según el estilo de la época. No dejan ni un milímetro libre en las paredes, en un repaso por la dinastía de los Borbones y sus antepasados en casi medio centenar de lienzos. "Fotos de familia", en definitiva, que no pueden faltar en cualquier salón y donde proliferan las pinturas de los pequeños infantes.

“Quisieron reunir todos los retratos de la saga, desde los de Felipe V, que fue el primer Borbón que trajo la dinastía a España hasta los padres de Fernando VII, que aparecen incluso por duplicado inmortalizados por Tiépolo”, señala Martínez Plaza.

Imagen de la sala 39. Foto © Museo Nacional del Prado

Estas obras, huella viva de la evolución del retrato real, no estaban catalogadas y aparecían vedadas a los ojos del público. Son algunos de los secretos de un espacio “invisible” y poco frecuentado que el pintor Federico de Madrazo, en su etapa de director de El Prado, abrió a los visitantes en 1865.

“Hasta el momento no había ocurrido. Ni siquiera los extranjeros que venían al museo a ver las pinturas de Goya podían hacerlo, ni las mencionaban en sus libros porque no podían acceder”, indica el experto.