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'Happy End', Haneke dispara sin piedad contra la sociedad europea

  • Se estrena la nueva película del cineasta austríaco, con Isabelle Huppert y Jean-Louis Trintignant
  • Un fresco de una familia de la alta burguesía amoral y al borde de la sociopatía

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'Happy end', de Michael Haneke.
'Happy end', de Michael Haneke. noticias

Si un artista es grande según su capacidad para retratar su tiempo, sea consciente o inconscientemente, entonces Michael Haneke es un gigante. El cineasta austríaco vuelve a las carteleras con Happy Enduna descarnada autopsia de la sociedad europea. Sin duda, el estreno con más veneno del verano.

Haneke recluta a su musa, Isabelle Huppert, y repite con Jean-Louis Trintignant (Amor), como integrantes de una familia de la alta burguesía emocionalmente capada. Basten los títulos iniciales como demostración: una grabación de móvil en la que una adolescente espía los rituales domésticos de su madre con el mismo afecto con el que luego graba a un hámster al que envenena.

Huppert interpreta a Anne, la fría presidenta de una lucrativa promotora inmobiliaria heredada de su padre, Jean-Louis Trintignant, que sufre una incipiente demencia. La tercera generación (Franz Rogowski), sobreprotegido y azotado por su madre, muestra una incapacidad total para asumir con dureza el negocio familiar y se refugia en el alcoholismo.

En parelelo, el hermano de Anne (Mathieu Kassovitz), que vive en un matrimonio de pura aparencia, acoge a la hija de su primer matrimonio, la adolescente del comienzo, cuya madre ha sido hospitalizada tras una sobredosis como la del hámster.

El nada inocente escenario es Calais, la ciudad portuaria que en 2016 se convirtió en una vergonzosa jaula de inmigrantes que intentaban cruzar desde Francia al Reino Unido. Y la familia de Happy End simboliza la actitud de todo un continente al respecto: indiferencia con un toque de mala conciencia.

La película sufrió una tibia recepción en el Festival de Cannes de 2017, tal vez porque de Haneke se espera directamente la Palma de Oro (que obtuvo en 2009 por La cinta blanca y en 2013 por Amor). En un guiño irónico, Trintignant retoma su personaje de Amor aunque revertido ya en un cinismo senil.

Happy End es la quintaesencia del cine de Haneke, aunque esto no sea necesariamente positivo: la película es una acumulación de personajes y temas que a veces solo se rozan. Pero resume bien la carrera del austríaco: está la reflexión sobre la violencia, las dañinas relaciones de padres e hijos, el desafecto general de una sociedad al borde de la amoralidad, la perversa lógica capitalista o la mentira del matrimonio. Y, como ingrediente extra, cierto tono de humor negro.

También compendía su maestría: el perturbador uso del fuera de campo, la dirección de actores y el respeto de tratar como un igual al espectador. El sarcasmo del título y de la estética fotográfica lavada solo recalca que el juego para Haneke siempre es el mismo: el rechazo radical a cualquier dulcificación, despojar cada escena de todo melodrama, limpiar cada secuencia y cada frase hasta destilar una verdad incómoda. Confrontarla o ignorarla es ya responsabilidad de cada espectador.

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