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¿Por qué la presencia humana puede dañar las Cuevas de Altamira?

  • La simple respiración de los visitantes aumenta la temperatura y humedad
  • Las bacterias, hongos y algas se descontrolan con la presencia humana

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Vista de la sala de los polícromos en la neocueva del Museo de Altamira
Vista de la sala de los polícromos en la neocueva del Museo de Altamira EFE EFE/Esteban Cobo

Tras doce años cerradas, con gran expectación, este jueves las cuevas de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria), consideradas la Capilla Sixtina del arte rupestre, abrieron sus puertas al público como parte de un estudio científico para evaluar su impacto. Ya han estado cerradas al público en dos ocasiones por el efecto de la presencia humana y ahora los científicos buscan la manera perfecta de organizar visitas la cuevas sin que afecte a las pinturas. ¿Qué tiene el hombre que puede estropear unas pinturas aunque no las toque?

Las pinturas rupestres son extremadamente delicadas y vulnerables a la presencia humana. La simple respiración de los visitantes aumenta la temperatura y la humedad del ambiente. Esto facilita el desplazamiento y condensación del agua del aire, que contiene bacterias, sobre las pinturas. Este fenómeno, natural, pero exacerbado por las visitas, combinado con la exposición continuada a la luz (para iluminar el paseo de los visitantes) favorece la reproducción de estas comunidades bacterianas y de algas sobre las pinturas y las estropean, como sucedió en la Sala de los Polícromos en los años setenta, cuando la cueva recibió cientos de miles de visitas. Por otro lado, cualquier accidente que conlleve la introducción de materia orgánica extraña por parte de los visitantes podría dar lugar a un brote de hongos que llegara a cubrir las pinturas.

La presencia humana también aumenta la concentración de CO2, y produce cambios en el régimen de circulación del aire en el interior de la galería. Por eso, “hay sondas a lo largos de la cueva que toman datos de la temperatura del aire y de la roca, la humedad relativa del aire, la contaminación microbiológica, las aguas de infiltración, el radón y el CO2”, explica a RTVE.es Marián del Egido, coordinadora del Proyecto Científico de Altamira. “Cuando no hay visitas tomamos los datos cada 15 minutos y cuando hay visita constantemente. Ya tenemos los datos de la visita del jueves y están dentro de lo esperado”, explica tranquila.

Para minimizar los riesgos, el número de visitantes se ha limitado a cinco a la semana. La visita dura un tiempo limitado que oscila los 37 minutos y solo 8 minutos en la zona de los techos policromos, que es una de las más delicadas. Los visitantes deben vestir un mono desechable, gorro, mascarilla y calzado especial, no se permite el contacto con la roca ni hacer fotos con flash. La iluminación es portátil para evitar una exposición continuada a la luz de las pinturas.

La reapertura de las cuevas forma parte de un estudio experimental para determinar cuál es el volumen adecuado de personas que puede pasear cerca de este tesoro de la paleontología. Las cuevas han cerrado al público en dos ocasiones y solo han tenido acceso algunos científicos que hacen estudios y también los que trabajan en conservar las pinturas y en frenar cualquier deterioro. La primera entre 1977 y 1982 y la segunda en 2002 porque los microorganismos seguían proliferando sin control. En el período intermedio, las visitas se restringieron a 11.000 visitantes al año en un principio y más tarde a 8.500.  

Hace un año y medio, se empezaron a colocar los sensores a lo largo del recorrido. A partir de diciembre de 2013 comenzaron las visitas restringidas a científicos y al personal del proyecto, para empezar a recoger datos. “Ahora hemos decidido hacer partícipes a los ciudadanos, en vez de restringirlo solo a los científicos”, explica. “Las semanas en las que entra la gente, los investigadores no entramos, así que no se aumenta la carga de la cueva”, apostilla. En total se espera que visiten la cueva 192 personas hasta agosto, cuando termina este primer turno de visitas experimentales. 

“El grupo se reúne cada dos meses y valoramos los siguientes pasos a seguir o si hay que rectificar algo. En la siguiente reunión tras el inicio de las visitas valoraremos los datos recogidos y decidiremos si siguen abiertas al público de esta manera, si hay que disminuir el volumen de visitantes o la frecuencia o si hay que cerrarlas”, explica. Pase lo que pase, es posible disfrutar de estas magníficas pinturas sin entrar a la cueva: el Museo de Altamira tiene una exquisita réplica, llamada Neocueva. 

La conservación y mimo de las originales es imprescindible. Encontrar pinturas rupestres es excepcional, casi una casualidad. Se tienen dar unas condiciones muy especiales para que lleguen a nuestros días y en buen estado. Por eso, las pinturas que conocemos en todo el mundo son solo un porcentaje ínfimo de todo lo que debió lucir hace decenas de miles de años en las rocas y las cuevas del planeta.

 

Un descubrimiento casual

 

Las cuevas son de piedra caliza. Es una galería no muy grande, más bien pequeña, de 270 metros de longitud con ramificaciones y salas. Las descubrió en 1879 Marcelino Sanz de Sautuola mientras daba un paseo con su hija. Explorando la cueva por divertimento la niña señaló a la roca y le dijo: “¡Mira papá, toros pintados!”. Eran decenas de bisontes y ciervos, signos, caballos y manos humanas salpicando las paredes y techo de la cueva en colores ocres y negros.

Las pinturas las hicieron humanos, probablemente los cazadores especializados en la caza del ciervo que habitaron la cueva en el Paleolítico, hace unos 15.000. Aunque recientísimas investigaciones con nuevos métodos más precisos sitúan la creación de algunas de estas pinturas hace unos 40.000 años.  Son obras meditadas y delicadas, muchas realizadas sobre techos de escasos 2 metros de altura. Los hombres prehistóricos pintaban agachados con una tenue luz que realzaba el relieve de la roca. Así aprovechaban las hendiduras y salientes de las paredes para dar volumen y profundidad a las pinturas.

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