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Juan Mayorga, el dramaturgo salta a la primera fila del cine en el Festival de San Sebastián

  • En la casa, la Concha de Oro, está basada en su obra El chico de la última fila
  • Es el autor español más representado en el mundo
  • Recogió el Premio del Jurado a Mejor Guion junto a François Ozon

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Juan Mayorga junto a François Ozon durante la gala de clausura del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Juan Mayorga junto a François Ozon durante la gala de clausura del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. AFP RR/jm

ACTO I. Moratalaz (Madrid)

Instituto Rey Pastor. Juan Mayorga, dramaturgo y profesor de matemáticas en el nocturno corrige un examen en blanco con un solo párrafo: Juan, no puedo contestar porque no he estudiado, pero estoy jugando muy bien al baloncesto. Este lunes he salido en el Marca y voy a ser un gran campeón, y tú yo vamos a salir a celebrarlo. "Pensé: qué genial que un tío utilice un ejercicio del cole para contarte tu vida. Tengo que desarrollar esto", recuerda Mayorga.

ACTO II. París, 2009

Théâtre de la Tempête. François Ozon entra en la sala para ver el montaje de Jorge Laveli sobre El chico de la última fila, escrita por Juan Mayorga, el autor español más representado en el mundo (Himmelweg, Cartas de amor a Stalin, La tortuga de Darwin). En la escena, un adolescente perturba la vida de su profesor con unas redacciones por entregas en las que relata su intromisión en la familia de clase media de otro compañero.

ACTO III. San Sebastián, 2012

Festival de cine. Juan Mayorga avanza extrañado por el salón Venecia del Hotel María Cristina. "Esto es una locura", dice mientras camina. Es un asceta en la feria de las vanidades. Invitado por François Ozon, acaba de derrochar humildad y modestia extremas en la rueda de prensa. Quedan seis días para que En la clase gane la Concha de Oro del festival de cine de San Sebastián. Y para que el director francés le invite nuevamente para recoger el Premio al Mejor Guion.


PREGUNTA: El chico de la última fila es la primera obra tuya que se lleva al cine ¿Has pensado en escribir para cine ya sea por encargo o por propia iniciativa? ¿Has recibido ofertas para otras obras?

RESPUESTA: No sé si tengo la mirada educada para eso. Amo el cine, pero he comprometido mi escritura con el teatro. Me apetece el arte para la imaginación del espectador, para la reunión, para el encuentro. Cada vez que se me ocurre una historia inmediatamente la enfoco hacia el teatro. Escribí un proyecto que no llegó lejos con Andrés Lima y Juan Cavestany y he recibido alguna oferta. Pero mis limitadas energías quiero concentrarlas en el teatro. Hubo intentos que no han cuajado para adaptar Himmelweg en distintos países. Y también Hamelin.

P: Y el cine cada vez participa menos de ese rito de reunión y el teatro, sí

R: Claro, a mí me hace feliz el teatro por dos razones. Primero, porque soy feliz escribiendo, pero además porque el teatro causa reunión. Cuando uno escribe una obra de teatro ya está escribiendo de algún modo un hecho social. Si yo decido escribir en novela El chico de la última fila ya estoy proponiéndome escribir otra cosa. Si estoy escribiendo teatro ya estoy convocando a unos actores para que pongan en pie eso y para que ellos convoquen en una reunión a una fracción de la sociedad y eso para mí es muy importante.

P: François Ozon ha declarado que encontró en tu obra sus obsesiones ¿Te reconoces tú en la filmografía de Ozon?

R: Yo conocía su cine y lo apreciaba. Para mí fue un honor que él se interesase por mi teatro. A mí me gustan mucho películas como Swimming Pool o Bajo la arena y cuando las veo siento que hay una afinidad. Yo creo que Ozon tiene además una firma, es un auténtico autor. Sin duda tenemos vínculos. Estoy pensando en la escena de Swimming Pool en la que la mujer que ha perdido al marido va a visitar en la residencia a la madre.Yo hubiera dado un brazo por escribir esa escena.

P: ¿Le diste vía libre total o tuvisteis conversaciones orientativas para la adaptación?

R: Hemos charlado, pero desde el principio sentía que lo más importante era que él se apropiase de esa historia y que la hiciese suya. Yo ya había contado la historia. Donde las acciones de los personajes se le impusiesen a Ozon, sería la única manera de influir. Y donde él descartase algo sería porque no lo había visto. Al ver esta mañana la película por supuesto que he reconocido mi obra, mis personajes y el espíritu. Y al mismo tiempo he encontrado creación y elementos originales muy interesantes.

P: Para los que hemos visto la obra, y sabemos de lo fiel de la adaptación, nos sorprende tu modestia para desligarte de cualquier tipo de autoría sobre la película.

R: Así como, en lo que se refiere al teatro, creo que el espectáculo es del director, también en lo que se refiere al cine el espectáculo finalmente es del director. Incluso en el gesto de elegir una obra, y no otra, ya hay un gesto artístico. Desde luego, me siento muy cerca de esa película pero siento que Ozon ha sido generoso al darme la voz en la rueda de prensa y al no esconderme y yo se lo agradezco.

Yo soy muy ambicioso en mi escritura en cuanto que intento escribir obras que atraviesen a la gente y que sean algo importante en sus vidas. Y al mismo tiempo soy sinceramente modesto porque vengo de hacer una versión de La vida es sueño. Y cuando uno se mete hacer un obra así se da cuenta de lo que uno ha escrito... es un enano. Y entonces el orgullo, la vanidad de los focos... Creo que es eso ficción.

P: El espectáculo es del director y de los actores, un aspecto muy cuidado en la adaptación de Ozon.

R: Los seis actores son excelentes. Fabrice Luchini, al que no conocía hasta ayer, es un coloso. Y además tiene algo de su personaje, Germain: es un fanático, alguien atravesado por la palabra. En la obra se decía que la pregunta más importante es ¿Tolstoi o Dostoievski? Y yo veo que Fabrice es capaz de hacernos ver a alguien completamente obsesionado por la ficción. Kristin Scott Thomas hace un trabajo fantástico como esa galerista frágil, aburrida con su propia vida matrimonial. Los chicos son impecables. El joven es un hallazgo pero también me gusta la familia de clase media. Y dicho esto, he tenido la suerte de que en el teatro algunos de estos personajes han encontrado actores muy interesantes. El que estrenó la obra en el papel del profesor fue Ramón Barea.

P: En la obra y la película hay un debate sobre dos conceptos de arte. Una visión clásica de arte respetado hasta ser “más grande que la vida”, y una segunda visión posmoderna más lúdica, de arte por el que se transita. Tal vez porque Germain es el personaje principal se intuye que estás posicionado en el primer grupo.

R: Yo me adhiero a Germain cuando dice que él necesita ver rostros. Para mí, si el arte no es capaz de hacernos compartir el misterio de cada ser humano, no vale nada, solo es narcisismo. No comparto el gesto cínico y relativista según el cual un manual de cocina tendría el mismo valor que Los hermanos Karamazov. No paso por ahí. Y en este sentido hay quien me puede considerar un conservador e incluso un reaccionario. Pero, por otro lado, en mi propio trabajo desarrollo, o algunos críticos lo han querido ver así, estrategias posmodernas. Es un trabajo descentrado, donde de algún modo el propio texto propone o abre su crítica. Esta reflexión sobre el hecho de contar historias o el hecho de escribir se da también en Himmelweg en la que hay lo que los franceses llaman una mise en abyme. Es algo así como que la obra mira hacia dentro a sí misma y se produce una multiplicación de espejos.

Paul Valery venía a decir que todas las artes iban a estar subordinadas a la literatura. El arte contemporáneo parece requerir un texto asociado que explique el valor. Y en alguna medida, toda la obra está atravesada de literatura en el sentido que todo es comentado, todo es pasto de las palabras y de las letras.

P: La obra un juego extremo entre autor y lector o espectador. Como autor, ¿piensas en el público al que te diriges?

R. Tengo la suerte de que ahora mis obras se representan en distintos lugares. Quizá cuando empezaba a escribir a los ventitantos años lo hacía para alguien del barrio. Y ahora mismo siento que estoy dialogando con alguien que se parece a mí o tiene que ver conmigo, si bien intento un teatro que sea exigente y que sea popular; que sea para muchos y que sea para gente de distintos niveles culturales. Pero probablemente no lo consigo. Lo que es verdad es que nunca olvido el ímpetu que aparece formulado en Bertolt Bretch al hablar de hacer de cada espectador un crítico. Es decir, no hacer que el espectador asuma la obra como un tótem sagrado sino de que algún modo la obra le lleve a reflexionar sobre el modo en que ha sido construida, sobre las condiciones en las que se ha hecho, sobre sus intenciones y sobre la posición del propio espectador.

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