Francia elige entre el 'normal' Hollande y el hiperactivo Sarkozy pendiente del voto de Le Pen

  • Sarkozy reduce a la mitad la ventaja de Hollande con su giro a la derecha
  • La irrupción de la agenda de Le Pen devuelve a Francia a lo ocurrido en 2002
  • La izquierda quiere cerrar ese episodio negro y hacerse con todo el poder
  • La caída de Sarkozy puede llevarse por delante a su partido en las legislativas
Elecciones en Francia

Hollande Sarkozy

ALBERTO FERNÁNDEZALBERTO FERNÁNDEZ 

Toulouse, 3 de mayo. François Hollande se dirige a 40.000 personas en su gran mitin de cierre de campaña: "Si ganamos, y ganaremos el 6 de mayo, quiero que se borre el recuerdo cruel del 21 de abril de 2002, y abriremos la página que deberíamos haber abierto ese año".

Junto a él, escuchando detenidamente sus palabras el hombre por el que, en gran medida, está subido a ese escenario, un señor con el pelo blanco llamado Lionel Jospin cuya historia resume buena parte del último tramo de la campaña electoral francesa, que ha vivido su mayor giro a la derecha por obra y gracia de los 6,4 millones de votantes que obtuvo el Frente Nacional el pasado 22 de abril.

El 21 de abril de 2002 es para los franceses más que un hito histórico una sensación: la del vértigo por verse reflejados en el espejo de un hombre, Jean-Marie Le Pen, y unas ideas, las de la ultraderecha, que hasta ese día pensaban que era solo un elemento minoritario, casi exótico, de esa sociedad.

Jospin es el rostro viviente de ese trauma, ya que su inesperada derrota en la primera vuelta con una izquierda fragmentada como nunca, hizo que los franceses tuviesen que elegir en la segunda vuelta no entre dos opciones sino entre dos sistemas: la República, encarnada por Jacques Chirac, o el abismo, con Le Pen.

La historia a partir de entonces es de sobra conocida.

Rotos los cinco años de cohabitación con gobiernos de izquierda dirigidos por Jospin que aprobaron medidas como la jornada de 35 horas o la generalización de la atención sanitaria, los franceses confiaron en presidentes y ejecutivos de la derecha republicana y gaullista, encarnados por un partido, la Unión por la Mayoría Presidencial (UMP), e incluso por un liderazgo, el de Nicolás Sarkozy, que es en 2002 cuando vuelve a la primera línea política en un irresistible ascenso que le llevará con comodidad al Elíseo en 2007.

Sin embargo, una década después, los franceses han vuelto a la casilla de salida.

Sarkozy remonta por la derecha

La extrema derecha, más fuerte que nunca, no ha logrado colarse en la segunda vuelta pero, a cambio, ha conseguido que su agenda política contamine a los candidatos al Elíseo, con un Sarkozy que ha ido escorando cada día su discurso hasta alienar a los centristas de François Bayrou.

Poco después de que se cerrasen las urnas, el presidente saliente emprendió la tarea de seducción de los votantes de Le Pen. Tras caerse definitivamente del caballo de la 'apertura' -que le llevó a incluir a destacados socialistas en su primer gabinete en 2007- el presidente saliente apeló al "voto del sufrimiento" de todas las maneras posibles.

Primero, reiterando que había demasiados inmigrantes y que había que renegociar el tratado de Schengen. Luego, aprovechando acontecimientos puntuales como la detención de dos policías por usar su arma para apropiarse de argumentos electorales del Frente Nacional.

Al final, al comprobar que Le Pen no cedía a sus cantos de sirena, apelando al miedo a lo que Hollande pudiera hacer, con España como supuesto mal ejemplo de política socialista: "Si quieren la política de François Hollande, la sistemática legalización de inmigrantes, el derecho de voto a los inmigrantes, adelante y absténganse".

La aritmética y los sondeos parece que, en parte, le han dado la razón.

La suma de los votos de Sarkozy y Le Pen en la primera vuelta estaba por encima de la de Hollande y la extrema izquierda de Mélenchon, por lo que se antojaba inevitable tratar de arañar los decisivos votos de ese 17,9% de apoyos -un 80% de los mismos necesita para ganar, según los analistas-.

Además, desde las encuestas realizadas el domingo de la primera vuelta hasta las últimas publicadas el pasado viernes, se aprecia cómo el margen se ha ido estrechando hasta reducirse a más de la mitad: de estar más próxima a los diez puntos (55% frente a 45%) a rondar los cinco (52,5% y 47,5%).

La última encuesta, publicada por Paris Match, situaba la distancia en apenas cuatro puntos, rozando el umbral del empate técnico.

"Si el magen continúa estrechándose eso indicaría un cambio en la opinión que podría continuar y entonces el resultado sería muy ajustado", ha declarado Dominique Reynie, profesor de la Universidad Sciences-Po de París.

"Veréis una gran sorpresa", vaticinaba el presidente saliente ante sus seguidores en su mitin de cierre de campaña, apelando a una "mayoría silenciosa" de abstencionistas y votantes del Frente Nacional.

Tres golpes (casi) de gracia

Pero la última semana de campaña le ha dado a Sarkozy tres golpes que pueden haber sentenciado su futuro político.

El primero, duro no por menos esperado: la apelación directa de Le Pen a votar en blanco. El segundo, sorprendente en prime time: un combativo Hollande con tono presidencial en el debate en el que supuestamente iba a hacerle 'explotar'.

El tercero, casi a traición: el anuncio del centrista Bayrou, que hasta sonó como primer ministro de Sarkozy en la primera parte de la campaña, de que votaría a Hollande ante el insistente giro de Sarkozy a la derecha.

Tratando de abrazar dos votos casi opuestos -la extrema derecha y el democristiano- el candidato de la derecha ha dejado a Hollande casi todo el espectro político.

"Represento ya más que a la izquierda. Represento a todos los republicanos, a los humanistas, a los que se mueven por los valores y los principios", proclamaba el candidato socialista en su mitin final en el departamento industrial de Moselle, otro de los nuevos feudos del Frente Nacional.

Y es que el razonamiento cuantitativo de Sarkozy ha podido caer en un error cualitativo: hasta qué punto están dispuestos el resto de electores a ser homologados a los del Frente Nacional.

El problema no es solo de Sarkozy: de forma sorprendente, Hollande no ha dudado en recordar que buena parte de los electores del Frente Nacional fueron antiguos votantes socialistas e incluso ha reconocido que hay que limitar la inmigración económica.

"Mientras que Sarkozy continúa utilizando con los electores del Frente Nacional la estrategia del miedo, François Hollande utilizan los mismos argumentos de fe: los electores del Frente Nacional son ovejas descarriadas que hay que poner en el buen camino", denuncia en Le Monde Francis Metivier, profesor de Filosofía.

"No se puede despreciar a un partido y de repente llegar a amar a sus partidarios", añade Metivier en su artículo, titulado de forma significativa "2012 es peor que 2002".

Arma de doble filo

Su opinión puede convertirse en dolorosa realidad a partir del lunes para la UMP si los resultados de los sondeos se confirman.

Embarcada en la deriva de cautivar al Frente Nacional -incluso alguno de sus dirigentes, como el ministro de Defensa, Gerard Longuet, hablan abiertamente en establecer alianzas-  la formación se juega su supervivencia: de caer Sarkozy y dejar la vida política, tal y como ha anunciado, Marine Le Pen espera convertirse en la fuerza hegemónica de la derecha francesa en un giro político que acabaría de forma definitiva con el paradigma político nacido en 2002.

"El Frente Nacional está en una posición única para aumentar la presión sobre la derecha y Marine Le Pen no ha ocultado que su deseo es ver que el edificio de la UMP se venga abajo y caiga", consideraba en declaraciones a Reuters Alexandre Deze, profesor de ciencias políticas y experto en el Frente Nacional.

"Si Sarkozy pierde, las elecciones parlamentarias serán una masacre en cadena para la UMP", consiseraba Jean-Yves Camus, politólogo especializado en el Frente Nacional, también en palabras a Reuters.

En un hecho de alto valor simbólico, los tres dirigentes con más peso en el partido tras Sarkozy; su secretario general, Jean-Fraçois Copé, el ministro de Exteriores, Alain Juppé, y el primer ministro, François Fillon, mantenían una reunión a finales de esta semana cuyo contenido no ha trascendido.

Los socialistas miran a Europa

La tradición dicta que tras elegir un presidente, los franceses, que acuden a votar unas semanas después en las legislativas con mucha menor afluencia, tienden a confirmar al mismo partido que han colocado en el Elíseo.

Eso colocaría a los socialistas franceses con un poder casi total en Francia: tras arrasar en los comicios regionales, que les ha dado el dominio de casi todos los departamentos, y hacerse con el dominio del Senado el año pasado por primera vez en medio siglo, tener a la vez en sus manos el Elíseo y Matignon (la residencia del primer ministro) les daría manos libres para imponer su agenda política...si no fuese por Alemania y los mercados.

Por eso no es casual que en los últimos días el equipo de Hollande haya calmado sus mensajes hacia Merkel e incluso podría asumir sus funciones antes del 15 de mayo para mantener un encuentro con Merkel el próximo fin de semana para ilustrar el nuevo consenso europeo en torno a un nuevo 'mantra', el del crecimiento.

"Creo que hay una psobilidad de un nuevo compromiso europeo, que ocurrirá vía un nuevo entendimiento fracoalemán", asegura Pierre Moscovici, asesor para política exterior de Hollande.

Mientras, el candidato socialista daba sin querer casi por descontada su victoria y recordaba en su última entrevista antes de los comicios el oscuro panorama que acecha: "Los problemas del país no van a desaparecer con la eventual slaida de Nicolás Sarkozy. No se va a llevar con él ni la deuda pública, ni el paro, ni las urgencias sociales. Sé muy bien lo que se me pide".

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