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Veinte años de Bosnia. El asedio de un psiquiatra

  • La periodista Ángela Rodicio comparte con nosotros su memoria del conflicto
  • Para Rodicio, Sarajevo fue el Vietnam personal y profesional de su generación

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Informe Semanal: 20 años de Bosnia

Un hombre, vestido de primavera en pleno invierno, se mira las palmas de las manos que ha llevado hasta la altura de sus ojos. Están manchadas de sangre y él está en estado de choque. Parece incapaz de apartar su mirada de aquel nuevo horizonte, tan limitado como atroz. A su alrededor, el caos. Un proyectil de mortero había hecho explosión al chocar contra la superficie de uno de los tenderetes del mercado al aire libre. Si hubiera llegado al suelo, habría limitado la onda expansiva y la carnicería habría sido menor.

Restos de las 68 víctimas mortales, y 200 heridos, se habían incrustado a la altura del tercer piso de uno de los edificios colindantes con el Markale, aquel 5 de febrero de 1994. Sarajevo, asediada desde abril de 1992, había perdido ya las esperanzas de una intervención exterior que pusiera fin a un statu quo tan absurdo como sus horizontes. Apuntalado por la presencia de unas tropas internacionales con una misión: UNPROFOR, proteger la paz…

Un niño de 12 años, Suio, se gana la vida conectando cables de teléfono, de electricidad, a quien le pague unos marcos. La capital bosnia se ha quedado sin autoridades civiles. Los que no se han ido, protegen en trincheras el centro de la ciudad de las tropas paramilitares serbias. Suio sabe que si aprovecha la noche para subirse a los postes de los cables de la luz o del teléfono, puede llevarle un dinero precioso a su madre.

El doctor Karadzic

Sarajevo recibió a Karadzic con el desdén que se destina a los paletos. Se lo haría pagar

A pocos metros, el cementerio del León, levantado por los austríacos para enterrar a sus tropas caídas en la I Guerra Mundial, va creciendo cada día, hasta acabar ocupando prácticamente toda la extensión del estadio levantado para los Juegos de Invierno de 1984. Y, al lado, el complejo hospitalario Kosevo. En el ala de psiquiatría trabajaba, con turno nocturno, el doctor Radovan Karadzic. Una de sus colegas nos cuenta que sufría de incontinencia, y se lo hacía en la cama. Natural de una aldea de Montenegro, Karadzic llegó a Sarajevo para ir a la universidad. Sarajevo era una ciudad cosmopolita e intelectual, que le recibió con el desdén habitual que se destina a los paletos. Se lo haría pagar.

Karadzic se fue a Pale. Pale es una estación de esquí a unos 20 kilómetros de Sarajevo; como Navacerrada puede ser a Madrid. Los periodistas solíamos ir allí a comprar gasolina. O a seguir los descabellados debates que las fuerzas separatistas serbias de Bosnia, lideradas por el mismo Karadzic, y en la parte militar, por el general Ratko Mladic, solían celebrar en una vieja factoría de piezas para la casa Mercedes. Todo muy inspirador.

El chétnik de Trebevic

En una de aquellas ocasiones, se me ocurrió que, a la vuelta, bajando a Sarajevo, nos parásemos en uno de los puestos de artillería desde donde los paramilitares disparaban contra los civiles de una de las metrópolis más antiguas de Europa. Mi plan era hacer una pregunta, una entradilla y, antes de darles tiempo a reaccionar, marcharnos rápidamente. Mi traductora, Adisa, era de religión musulmana, así que se había quedado en Sarajevo.

- "Situazia?" – le pregunté al soldado serbio chétnik, vestido con un abrigo de fieltro al estilo de la I Guerra Mundial. Situazia, situación, era lo más directo y claro que me vino a la cabeza.

La culpa de todo esto la tenéis los periodistas. No nos entendéis. Y yo a ti te voy a matar aquí mismo

La respuesta fue larga y prolija. Yo asentía repetidamente con la cabeza para animarle a continuar. No entendía nada de lo que decía. Al acabar, grabé la entradilla. Más o menos que la táctica de aquellas bestias era muy simple, hacer que los proyectiles siguieran la ley de la gravedad.

De regreso a Sarajevo, di la cinta a mi traductora, que nos esperaba en la Televisión de Bosnia-Herzegovina, donde tenía sus oficinas Eurovisión. Al cabo de un rato, un grupo de periodistas locales, entre alucinados y divertidos, regresaba acompañando a Adisa en mi búsqueda. El chétnik de Trebevic, la montaña que corona Sarajevo, me había espetado en su respuesta a la situazia: "La culpa de todo esto la tienen, la tenéis los periodistas. No nos entendéis. Y yo a ti te voy a matar aquí mismo". A todo lo cual le había acompañado, asintiendo “comprensivamente” con la cabeza.

Sarajevo fue el Vietnam de mi generación, tanto personal, como profesional. Un cierre trágico para un siglo trágico. Un amargo despertar para la civilización de un viejo continente, sumido en sus horas más negras.

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