
Los corros de Wall Street durante el jueves negro, poco después del crack bursátil.GOBIERNO FEDERAL DE EE.UU.
"Esta vez es diferente". Son las cuatro palabras más peligrosas en finanzas, según la cita que se atribuye a Sir John Templeton. Cada generación olvida los excesos y la codicia que infectaron a las anteriores. Esta falta de memoria las condena a sufrir una y otra vez la misma euforia financiera, que desemboca inevitablemente en otra versión de la crisis.
Entre el máximo bursátil de septiembre de 1929 y finales de ese año, el índice Dow Jones cayó casi el 35%. Dos años después, el desplome alcanzaba ya el 89%. En 1933, el PIB de Estados Unidos se había contraído un 30,5% y el paro castigaba nada más y nada menos que al 37,6% de la población activa.
En los locos años 20, la riqueza norteamericana creció el 50% pero el Dow Jones cuadruplicó su nivel. El economista J.K. Galbraith achacó el crack a esta euforia. Sin embargo, la exuberancia no era completamente irracional. Había argumentos para pensar que la economía había entrado en una nueva era de progreso indefinido. Era inimaginable que la Gran Depresión estuviera a la vuelta de la esquina.
Había nuevas tecnologías como la electricidad, que aumentó la productividad en un 40%. Además, la integración de las empresas permitía aprovechar las ventajas de la economía de escala. El automóvil, la radio, los frigoríficos y las lavadoras se habían convertido en un bienes de consumo masivo. La publicidad y el crédito permitían aumentar la demanda.
En ese ambiente, no es extraño que se especulara en bolsa. No es tanto que las acciones estuvieran muy altas, aunque McGrattan y Prescott niegan que estuvieran sobrevaloradas según los criterios actuales, sino que los inversores se endeudaban para comprar los títulos. Tan seguros estaban de los beneficios inminentes.
La Reserva Federal, preocupada por la euforia, endureció la política monetaria a partir de 1928 para frenar la compra de acciones. El encarecimiento del crédito, la caída de los precios inmobiliarios y el desplome de los bonos detonaron la crisis. Todo el mundo quería vender al mismo tiempo. Los bancos reclamaban el pago inmediato de los préstamos. Y como señala el economista M. Friedman, la Fed hizo todo lo contrario de lo que necesitaba el mercado: inyectar liquidez.
La actuación equivocada de la Fed ha marcado a los bancos centrales durante los 80 años siguientes. En una crisis financiera, el crack del 29 ha enseñado que es preciso mantener a toda costa la confianza de los inversores y la liquidez del sistema. No en balde, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, es uno de los mayores expertos mundiales en el crack.
La segunda enseñanza es la necesidad de que el Estado eche el resto en una crisis. Como defendía el genio económico, J.M. Keynes, cuando las empresas y consumidores carecen de recursos para levantar la economía, sólo resta el sector público para impulsar la demanda. El problema en los años 30 es que ese Estado era demasiado pequeño para tirar del carro. Hizo falta el New Deal de Roosevelt para fortalecer su músculo.
La tercera lección es huir del proteccionismo como de la peste. En los años 30, todos los países aplicaron la política de beneficiar a sus ciudadanos a costa del vecino. La consecuencia fue que se hundió el comercio mundial, y con él, una de las fuentes de la recuperación.
Sin embargo, algunas de las enseñanzas del crack han sido contraproducentes. El intento de la Fed de pinchar la burbuja vacunó a los banqueros centrales para no caer en esa tentación. El ex presidente de la Fed, Alan Greenspan, se abstuvo de atajar la burbuja tecnológica y la inmobiliaria en su momento. Y por último, la intervención de los bancos centrales y el Estado tiene un efecto pernicioso: eleva el riesgo moral. Los inversores se vuelven más temerarios cada vez porque saben que si vienen mal dadas, les sacarán las castañas del fuego.
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