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Los menores tienen móvil desde los 11 años y uno de cada tres está enganchado a internet y a las redes sociales, a las que se conectan todos o casi todos los días, según una investigación de Unicef, que alerta de que el 22,5% de los jóvenes podría estar sufriendo ciberacoso. Son datos del informe Impacto de la tecnología en la adolescencia, realizado por Unicef con las respuestas de 50.000 estudiantes de ESO de centros públicos y privados de las 17 comunidades autónomas, que alerta de que el 42% de los menores ha recibido mensajes de contenido erótico o sexual.

Sobre los hábitos de uso, el 90,8% se conecta a internet todos o casi todos los días, seis de cada diez adolescentes duermen con el móvil, y uno de cada cinco lo usa a partir de medianoche todos o casi todos los días.

Unicef presenta hoy el informe ‘Impacto de la tecnología en la adolescencia’ donde analizan los riesgos de las redes sociales y las consecuencias que tienen en este sector de la sociedad. Nacho Guadix, responsable de Educación de UNICEF, ha destacado en conversación con RNE que es muy importante que ellos sean conscientes de los riesgos que pueden suponer estas prácticas: “Ellos no tienen los suficientes conocimientos y eso puede suponer unos daños de difícil reparación”. Apartar las tecnologías no es una opción, dice Guadix, y menos tras la pandemia, cuando todo se ha digitalizado, así es que lo mejor es la implicación: “Esto ha llegado para quedarse. En las familias en las que los padres están involucrados, los datos de riesgo son menores”. Por eso, asegura, lo importante es construir unos hábitos digitales seguros, fijar un tiempo de uso de las TIC, respetar los momentos de descanso y dar ejemplo.

Más de 130 millones de niñas de todo el mundo no van a la escuela. Muchas de las menores que sí están escolarizadas no reciben una educación de calidad que les ayude a desarrollar habilidades y competencias que les permitirán incorporarse al mundo laboral. La crisis generada por la pandemia ha dejado fuera de las aulas a millones de niñas más.

Muchas de las menores que llegan a España en busca de asilo huyen de situaciones como los matrimonios infantiles, abusos y otros tipos de violencia. "Hay que ayudarlas con medios específicos", explican en CEAR. Unicef advierte que la pandemia ha agravado estos problemas en muchos lugares del mundo.

Agresiones sexuales, embarazos y matrimonios tempranos, ablación, discriminación a la hora de estudiar o trabajo infantil. Es la realidad para millones de niñas en el mundo. Muchas de ellas intentan escapar de estas situaciones y llegan como migrantes y refugiadas a España y otros países, a menudo con la ayuda de sus madres.

La pandemia ha afectado de una manera u otra a la salud mental de todos, pero en especial a los más jóvenes. UNICEF pide que se proteja especialmente a este colectivo tras los datos de su último informe: alrededor de uno de cada siete adolescentes de todo el mundo tiene un problema de salud mental diagnosticado. Según recogen, más de uno de cada siete adolescentes de 10 a 19 años en todo el mundo tiene un problema de salud mental diagnosticado. Cada 11 minutos un joven se suicida. La pandemia agrava aún más la situación.

Solo un 2 % de los presupuestos de salud del conjunto de los gobiernos en el mundo se destina a la salud mental. En España piden más recursos. Solo teniendo en mente la salud mental, recuerda UNICEF, se conseguirán sociedades verdaderamente desarrolladas.

Foto: GETTY IMAGES / ISTOCKPHOTO.

La pandemia ha impactado en el bienestar emocional de niños y adolescentes de todo el mundo. Según el informe 'Estado mundial de la infancia', de UNICEF, más de uno de cada siete niños y adolescentes tiene un problema de salud mental diagnosticado. Piden políticas nacionales que aborden esta realidad. En la presentación de los datos, Noemí Martínez habla con Cristina Junqueras, responsable de incidencia política y estudios en UNICEF, María Ángeles Espinosa, profesora de psicología en la Universidad Autónoma de Madrid, Lara Padilla, joven del grupo asesor de UNICEF, y Raúl Bermejo, maestro y neuropsicólogo. 

La India es un país que sigue completamente colapsado por la pandemia de coronavirus. La ola a la que se enfrenta desde hace semanas aun no ha alcanzado su pico y no hay recursos para lo más básico. “No hay nada que te acceso al cuidado médico. No hay ni para los ministros de India” nos ha contado en RNE Joana Martorell, portavoz de Unicef en Nueva Delhi. “Necesitamos suministros de salud. No hay garantías para nadie, ni siquiera para mí que trabajo bajo el paraguas a la ONU”, ha añadido. Martorell habla de saturación absoluta y valora que el Gobierno indio haya pedido ayuda a la comunidad internacional para hacer frente al colapso, donde miles de personas buscan asistencia médica con una media de 40 grados de temperatura en la calle. Martorell pide que ni España ni ningún otro país del mundo olviden lo duro de esta situación que, dice, necesita la ayuda de todos. Mientras tanto, la comunidad científica sigue intentando estudiar las características y, sobre todo, la gravedad de la llamada variante india. Iñaki Comas, investigador del CSIC en el Instituto de Biomedicina de Valencia intenta huir del alarmismo y aclara que, de momento, existen muy pocos datos. “Sabemos que esta variante lleva una serie de mutaciones que puede poner en problemas al sistema inmune, pero no tiene que ser muy diferentes a otras variantes de otros meses. Es probable que las vacunas o nuestro sistema inmune puedan controlarlo”, ha explicado en RNE. Comas dice que, de momento, el número de casos es reducido: “hay ruido porque se ha detectado un crecimiento muy rápido en poco tiempo, pero no sabemos ni cuál es su frecuencia, ni cómo se distribuye. No tenemos evidencia para decir que es un gran peligro”. Comas explica que puede que esta variante termine no prosperando, como ocurrió hace unos meses con una cepa que apareció en California: “se calificó como la variante del diablo y a día de hoy está desaparecida”.

El viaje de la vacuna

Vanuatu: el último kilómetro

En la remota isla de Erromango, perteneciente a Vanuatu, un país situado al sur del océano Pacífico, la pequeña Joy Nowai, de tan solo un mes de edad, se ha convertido en la primera niña del mundo que recibe una vacuna transportada en dron.

La distribución de las vacunas, desde que salen del laboratorio hasta que son administradas, constituye un inmenso rompecabezas cuya pieza final puede ser también la más complicada. Es lo que se conoce como “el último kilómetro”. En lugares donde las infraestructuras son inexistentes, este último peldaño solo consigue salvarse haciendo uso de todos los recursos disponibles, lo que abarca desde las últimas tecnologías, como drones; hasta los medios más tradicionales, como burros, canoas o bicicletas.

La cobertura de vacunación en Bolivia ha registrado un preocupante descenso que se ha acentuado durante los últimos meses. La situación sociopolítica que atravesó el país en el último trimestre de 2019, sumada a la pandemia de COVID-19, han provocado que miles de niños, jóvenes y adultos no completen o ni siquiera inicien el calendario de vacunación indicado.

En la ciudad de El Alto, la segunda mayor del país, siete de cada diez menores no han recibido las vacunas recomendadas para su edad. Además, el 90% de las niñas de entre 10 y 15 años no han completado el esquema de la vacuna VPH y están expuestas al virus del papiloma humano, que es la principal causa de cáncer de cuello uterino.

Los temores infundados han sido uno de los principales motivos de esta caída, por lo que las autoridades sanitarias bolivianas, en colaboración con UNICEF, han decidido poner en marcha un proyecto para apoyar a las vacunas. Una estrategia de comunicación, información y movilización social cuyo principal objetivo es recuperar las coberturas perdidas.

“Hay un obstáculo importante que tiene que ver con el miedo a los efectos secundarios a la vacunación, o con la desinformación que circula en las redes sociales, y esos mensajes también han llegado hasta las familias y las comunidades”, asegura Eduardo Rivero, especialista en promoción de la vacunación de UNICEF, quien explica que “si los padres no sienten la confianza hacia el personal de salud o hacia el producto vacunal, es muy difícil que ellos acudan a los servicios, y también que el país logre las metas de vacunación establecidas para cada año”.