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Vladimir Cruz y el viaje de un actor cubano entre dos mundos en el Festival Internacional de Cine Buñuel-Calanda

  • Una voz propia en el Festival Internacional de Cine Buñuel-Calanda
  • Vladimir Cruz en No es un día cualquiera
Actor y presentador cubano en estudio de radio con auriculares y micrófono de RNE, sonriendo a cámara.
Vladimir Cruz para RNE
PAULA TADEO BENÍTEZ MIGUEL

Vladimir Cruz no necesita presentación entre los amantes del cine latinoamericano. Desde que protagonizó Fresa y chocolate en 1993, su rostro quedó unido a una película que cambió la historia del cine cubano y abrió nuevos caminos para la representación social y política en la gran pantalla. Nacido en Santa Clara y formado en La Habana, Cruz ha construido una carrera que va mucho más allá de los papeles interpretados, también escribe, dirige y busca contar historias que tienen sentido para él y para su gente.

Madrid se convirtió en su punto de partida a mediados de los noventa, y desde entonces ha mantenido un vínculo vital con la ciudad. A pesar de que nunca ha dejado de mirar a Cuba, su vida profesional y personal se ha tejido entre ambas orillas. Esa doble pertenencia le ha permitido observar con perspectiva los cambios culturales y sociales, tanto en su país de origen como en su país de residencia: "Mi llegada a Madrid fue un flechazo, fue la primera vez que pensé, aquí podría vivir", explica.

Compromiso con Calanda y con su cine

Su presencia en el Festival Internacional de Cine Buñuel-Calanda es un regreso a un lugar que considera cercano: "Siempre me hace muy feliz estar aquí". En Calanda ha presentado varios proyectos personales que marcaron su evolución como creador, desde su primer cortometraje como director, una arriesgada adaptación de Pushkin rodada en La Habana, hasta su primer largometraje codirigido junto a Jorge Perugorría, Afinidades. En ambos casos, el festival turolense fue el espacio elegido para compartir sus pasos iniciales detrás de las cámaras: "La verdad es que en casi todos los primeros cortos, al principio es muy difícil encontrar a alguien que apueste por ti”, dice el actor.

Este año, vuelve al festival para participar en el homenaje al programador Antonio Llorens, con quien rodó Residencia El milagro, un cortometraje dirigido por Javier Espada. A pesar de las dificultades para sacar adelante sus propios proyectos, Cruz continúa escribiendo guiones y soñando con volver a dirigir. Mientras tanto, su carrera como actor sigue activa ya que recientemente ha estrenado la película Comandante Fritz en el Festival de Múnich y espera el lanzamiento en España de La fiesta, del cubano Gerardo Chijona: "Antonio Llorens es otra de esas personas imprescindibles del cine español, fue de las primeras personas que encontré en este país y que me ayudaron mucho a sentirme como en casa", comenta.

Cartel de la película

Cartel de la película "Comandante Fritz"

Una trayectoria marcada por la responsabilidad artística

La carrera de Vladimir Cruz está profundamente ligada a la responsabilidad social del arte. Fresa y chocolate no solo fue su debut cinematográfico, también fue una declaración de principios. Abordar la homosexualidad y la intolerancia en la Cuba de los noventa exigía valentía, y la película se convirtió en símbolo de libertad y apertura. Aquel papel le abrió las puertas del cine internacional y le permitió representar un tipo de personaje alejado de los estereotipos que hasta entonces se asociaban a lo cubano: "Fresa y chocolate fue una experiencia vital profunda, aprendimos desde el primer momento que el cine era algo colectivo", recuerda el actor.

Dos hombres discuten en una habitación; uno señala un objeto rectangular marrón que el otro sostiene.  Se observan girasoles y una imagen religiosa en el fondo.

Fotograma de "Fresa y chocolate"

Desde entonces, Cruz ha transitado cine, televisión y teatro, siempre con la convicción de que el arte no debe ser solo entretenimiento y considera que la cultura es la base de la identidad de un pueblo y defiende su papel como herramienta para reflexionar sobre el presente. "Empecé a explorar ese tipo de parcelas por curiosidad y por querer contar las historias que me ofrecían", dice.

Una mirada que sigue buscando historias necesarias

Vladimir Cruz es más que el rostro de una película icónica. Su compromiso con la cultura, su mirada afilada sobre la sociedad y su deseo de seguir contando historias propias lo convierten en una figura imprescindible para entender el cine iberoamericano actual. En Calanda, su presencia refuerza el espíritu del festival, en un espacio para mirar el mundo con libertad y rigor. Entre Cuba y España, entre la actuación y la escritura, Cruz sigue buscando esa historia que merezca ser contada: "Intento tener muchos proyectos para que algunos se hagan realidad", explica el actor.