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Relaciones tóxicas: los mitos del amor que nos hacen daño por María Esclapez

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María Esclapez analiza qué es una relación tóxica
María Esclapez, psicóloga, da las claves para saber qué es una relación tóxica y aprender a tener relaciones de pareja sanas.

¿Alguna vez te has parado a analizar con qué mitos, estereotipos y creencias cargas con respecto a las relaciones de pareja? ¿Crees en la media naranja? ¿Consideras que el amor todo lo puede? ¿Sigues buscando a una persona que te haga feliz y te cambie la vida? ¿Sabías que si esperas a que alguien aparezca para aportarte la felicidad que tú no has sabido construir por ti mismo/a, el día en que esa persona se vaya se llevará esa felicidad con ella? No sé, piénsalo.

Me gustaría contarte con qué creencias y mitos crecí yo y cómo estos me llevaron a tener relaciones tóxicas. Por contra, también me encantaría que supieras qué es una relación sana. Lo que vas a leer a continuación es aplicable a cualquier tipo de relación y persona, pero es especialmente aplicable a las mujeres, puesto que somos nosotras las principales víctimas de esta visión romántica del amor tan patriarcal. Aún así, no importa qué orientación sexual tengas o con qué género te identifiques. Lo que vas a leer a continuación, te puede resultar muy útil.

¿Qué es el amor? ¿Entrega, dedicación y sacrificio?

Como te decía, yo misma, años atrás, entendí que el amor era entrega, dedicación y sacrificio. Pensé que, si me comportaba como las protagonistas de mis películas favoritas, alcanzaría el amor verdadero; la felicidad; el vivieron felices y comieron perdices. Pensaba que quizás, enamorarme perdidamente de alguien que pareciera oscuro, poderoso, frío y dominante, como Christian Grey (50 sombras de Grey), Edward Cullen (Crepúsculo) o Hache (3 metros sobre el cielo), no era tan mala idea.

Qué equivocada estaba cuando creía que:

  • Ver atractivo el reflejo de la masculinidad tóxica, no era tan malo y la conducta de un hombre amenazante y controlador lo podía justificar bajo la excusa de la protección y el cuidado.
  • Podía salvar con el poder del amor a aquellos hombres con un pasado complicado y un mundo interior muy complejo. Pensaba: “Nadie ha logrado cambiarle ni ha llegado al fondo de su corazón porque nunca nadie le ha entendido de verdad. Pero yo lo haré porque yo soy especial y conseguiré que cambie porque lo nuestro es mágico, de otro mundo” (SPOILER: Eso nunca ocurría).
  • Estar en una relación en la que un día me sintiera increíblemente bien y al siguiente fatal, era lo que debía soportar. Que no pasaba nada si mis relaciones parecían montañas rusas porque, las reconciliaciones eran super románticas y pasionales (“¡Cómo en las películas!” Pensaba muy emocionada).
  • Era normal que las relaciones fueran turbulentas y que el amor doliera.
  • Podía vivir con un nudo en el estómago por miedo a que la otra persona pudiera dejarme en cualquier momento.
  • Reconciliarse sin mediar palabra era lo esperable porque mi pareja y yo éramos almas gemelas predestinadas capaces de leernos la mente.
  • Cortar y volver indefinidamente no era un problema.

Adicción a una relación tóxica

Estaba equivocada porque el amor nada tiene que ver con todo eso. Ni es amor ni es una relación sana. Sin darme cuenta, había aprendido a desear una relación tóxica. Había aprendido a depender emocionalmente de alguien. No tenía ni idea de que aquel deseo de “que me dieran caña” o que me dieran “una de cal y otra de arena” formaba parte del fenómeno del refuerzo intermitente. “¡Cuándo estamos bien, estamos muy bien!”, le decía a mis amigos y conocidos. Y ahí estaba la trampa.

En la relación existían cosas muy buenas, pero también muy malas, como abusos emocionales, celos canalizados desde la ira y el control, mentiras y manipulaciones. Las buenas aparecían de vez en cuando, sin embargo, aunque nunca sabía exactamente cuándo se iban a dar, la mera posibilidad de que se pudieran dar, me mantenía con fuerzas en los malos momentos. Es solo una racha”, pensaba, “todo cambiará y volverá a ser como al principio”. Pero nunca volvía a ser como al principio.

¿Me quiere o no me quiere?

Las cosas buenas se terminaron convirtiendo en migajas, y yo, como si fuera una hormiga, las aceptaba. Así funciona el refuerzo intermitente, te machaca el cerebro y te convierte en un adicto del subidón emocional típico de las relaciones tóxicas. “Me encanta que te vistas como quieras. Que te pongas escote y minifalda, pero solo para mí.” ¿Pero entonces le gusta que me vista como yo quiera o no le gusta?

Esta disonancia cognitiva me acompañó durante muchos años. ¿Nunca te ha pasado que alguien te dice que te quiere pero luego te hace luz de gas, o ghosting, o te hace sentir culpable? Cuando pasa esto tu cerebro no sabe qué conclusión sacar: “¿Me quiere o no me quiere?”.

Imagina la ansiedad. Cuando abrí los ojos y me di cuenta de lo que cargaba a mis espaldas, me asusté. “¿Qué he estado haciendo todo este tiempo? ¿Cómo he podido ser tan tonta?” Pensaba. Pero, no, no es que fuera tonta, es que durante esa etapa de mi vida, no tenía la información que tengo ahora. Hice lo que podía con lo que tenía. Y lo hice lo mejor que supe. Como yo, millones de personas.

Relaciones de parejas sanas

A día de hoy, acompaño a muchas personas a abrir los ojos, tal y como yo lo hice en su día. Y, si algo he aprendido durante todos estos años de vivencias personales, experiencias y estudios profesionales es, que en una relación sana:

  • Hay tranquilidad sobre el vínculo.
  • No temes que la otra persona te vaya a dejar en cualquier momento.
  • No hay incertidumbre respecto al apoyo de la otra persona. Siempre estáis ahí para el otro.
  • No hay un desequilibrio de roles. Hay igualdad.
  • Hay sensación de ser un equipo ante los problemas. Nunca se percibe al otro como enemigo.
  • Aunque haya conflictos, se intentan manejar de la mejor manera posible para que no se conviertan en momentos irresolubles sino en oportunidades en las que opinar, limitar y negociar para seguir evolucionando como pareja.
  • Se piden disculpas siempre que el otro se sienta molesto, independientemente de si se considera que la otra persona tiene razón o no, porque se practica la empatía y se entiende que dos personas pueden percibir las cosas de manera diferente pero eso no es justificación para invalidar la visión del otro.
  • Se comparte tiempo juntos, pero también se disfruta del tiempo en solitario.
  • Hay responsabilidad afectiva.
  • Hay reciprocidad.
  • Se practica el refuerzo positivo.
  • Se practican planes y se planean citas. Hay preocupación mutua por no perder la chispa.
  • La sexualidad en pareja es una herramienta más para alimentar la afectividad en la relación y no se usa como moneda de cambio.
  • No se siente que la relación es una atadura.
  • Se celebran los logros del otro, no importa cuales sean.
  • Se permite y motiva el desarrollo personal mutuo.
  • Se entiende que los celos son una emoción y que se pueden sentir, pero que sentirlos no justifica su manejo desde el control hacia la otra persona. Si se sienten, se tratan y se hablan desde la calma, tantas veces como sea necesario.
  • Se entiende que la relación puede cambiar y evolucionar.
  • Hay acompañamiento en los bajones emocionales del otro.
  • Sentís que la relación es lugar seguro, pase lo que pase.

Deconstruir todo lo que hemos aprendido durante años sobre el amor y las relaciones, es complicado, pero sin duda, merece la pena.

*Puedes disfrutar del tercer capítulo de La cámara de Gesell en RTVE Play, el canal de La cámara de Gesell en RTVE PlayYouTube de Playz podcast en Spotify.