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Largarse de Madrid: carta a mi yo de 23 años

  • Ana Iris Simón, autora de 'Feria', escribe a su yo de hace unos años sobre cómo será su futuro lejos de la capital y del ambiente malasañero 
  • Con 30 años y sin casa, sin trabajo y con el móvil como única propiedad declarable, ¿nos espera lo mismo a la siguiente generación?

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Malasaña, foto de Sergio Rodríguez-Portugués del Olmo @srpo Sergio Rodríguez-Portugués del Olmo | unsplash

Querida Ana Iris recién llegada a Madrid:

Soy la Ana Iris del futuro y este uno de esos aberrantes y efectistas pero efectivos ejercicios literarios de escribirle al yo del pasado. Te envío esta misiva desde Ávila, año 2020. Y te escribo, en primer lugar, porque me pagan para hacerlo. Eso es algo que estás haciendo bien, lo de no currar gratis, así que persevera. En segundo lugar, te escribo para contarte que, dentro de menos de lo que piensas, te irás de Madrid. No te irás: te largarás. Y no te preocupes, que será por voluntad propia y no será a un convento. Atiende.

A las 20.38 del miércoles dos de septiembre de 2020 el sol caerá en la Glorieta de Bilbao y los que cojan Carranza en coche no verán un carajo. Velarde y Daoiz, a quienes alguien habrá tenido a bien quitarles por fin las litronas de Chipys que unos graciosos les habrán colocado en las manos meses atrás, observarán una tarde más la Plaza del Dos de Mayo, esa en la que tanto te gusta ahora estar pero que acabarás aborreciendo y se dirán el uno al otro: "pa lo que hemos quedao".

Más arriba, en Olavide, una estudiante de ADE a la que aún le aguantará el moreno Comillas esperará a su cita Tinder y lo hará nerviosa porque no sabrá si saludarle con la mano o con el codo -para esto de la mano y el codo te enviaré otra carta explicativa-. Más abajo, en el Templo de Debod, un adolescente emo le pintará las uñas a otro adolescente emo y lo harán sin sentirse ya especiales porque para entonces usará esmalte de uñas hasta Bad Bunny. Ya te enterarás de quién es Bad Bunny, y tratarán de convencerte de que es un revolucionario de su tiempo y a ti te llevarán los demonios porque alguien intente venderte como una revolución cantarle a que estar soltera está de moda desde YouTube y rodeado de coches carísimos. Pero a lo importante: más abajo aún, en la sala doce del Museo del Prado, la más vieja de "Las Hilanderas" mirará cómplice a la mujer que pasará la mopa sin que ella se de cuenta.

A las 20.38 del miércoles dos de septiembre de 2020, mientras el sol caiga en la Glorieta de Bilbao, la mujer de la mopa pensará en que a ver por qué tiene ella que ponerse la mascarilla en la sala doce si a esas horas está vacía y luego le toca coger la C3 de vuelta a Pinto y ahí ni distancia de seguridad ni niño muerto y tú te marcharás, tras cinco años, de Madrid.

Siendo precisos no te marcharás, te largarás, porque lo harás a caraperro y sin despedirte, de mala manera, como quien deja al novio por WhatsApp. Y lo harás pensando, lo harás sabiendo que no era ni la única ni la última. Tu calle, que ya será tu calle en pasado, que ya será solo una más de entre esas calles de Malasaña que los domingos por la mañana huelen a orín y a cerveza parecerá durante el verano de 2020 un plató al final de un rodaje. Cada día habrá uno o varios camiones de mudanza, cajas para arriba cajas y cajas para abajo, llenitas todas de libros de Blackie y de Taschen, de discos de la Cuervo Store y de camisetas del Cos. En las calles aledañas, que tienen todas nombres de santos, aparecerán más carteles de "Se Alquila" que tiendas de helados artesanos, y eso que Malasaña será para entonces -ya verás- el barrio con más tiendas de helados artesanos por habitante de nuestro país.

Por la M30, con El Pardo teñido de atardecer y un montón de cajas en el maletero repararás en el trajín que debe tener el cementerio del barrio y en que quizá fue lo de Franco lo que desató ese desastre de año que será 2020. Esto también lo comprenderás llegado el momento, lo de Franco. El caso es que repararás en eso y en que te estás yendo del lugar en el que todo ocurre.

"Una urbe solo apta para ricos y turistas"

"¿Por qué la gente se va de las ciudades?". Se lo preguntará, con dos cojones y un palo, un artículo publicado en el portal inmobiliario Idealista a mediados de julio de ese año cuyo titular rezará Adiós, Madrid. Una de las declarantes dirá en la pieza que la ciudad se ha convertido en una urbe solo apta "para ricos y turistas", y esa declarante tendrá razón. Te irás de Madrid, como tantos otros, porque por 20 euros más de los 425 que pagabas por tu cuarto en tu piso sin calefacción tendrás una casa con dos baños, dos terrazas y dos habitaciones.

Un virus aceleracionista que nos ha hecho ser conscientes de los debates de chichinabo en los que andábamos inmersos en Twitter

Otra de las declarantes de la pieza hablará del confinamiento -tiempo al tiempo y sabrás a lo que me refiero- como catalizador, de que cuando su padre enfermó e ingresó en su pueblo de Soria empezó a plantearse qué hacía en Madrid, tan lejos de su familia y su casa, y esa declarante también dará una clave: el coronavirus que asolará el mundo ese año, el año en que te vayas de Madrid, parecerá diseñado por Nick Land, será un virus aceleracionista. La crisis sanitaria a la que dará lugar generará que algunos procesos que ya estaban en marcha o se intuían se apresuren: el teletrabajo, la necesidad de conciliar, el éxodo a la inversa, la consciencia de lo poco que importan los debates de chichinabo en los que andamos inmersos en Twitter cuando la realidad se impone, porque al final resultará que la familia, más que deconstruirla o reinventarla, lo que había era que tenerla cerca. Y resultará también que no habrá -no habremos- seis millones y medio de personas que quieran -que queramos- vivir en Madrid.

En esto pensarás mientras avistas a lo lejos la Sierra de Guadarrama, esa que recorrió el maestro Giner de los Ríos, consciente como era de que la patria se hace con los pies. En esto y en que, como casi siempre, la lectura materialista de la realidad no es capaz de abarcarlo todo, aunque ahora, cuando leas esto, con 23 añitos, pienses que sí. Cuando nos vayamos diremos que nos largamos de Madrid porque se ha convertido, inmobiliarias, fondos buitre, grandes tenedores de vivienda y pisos turísticos mediante, en un parque de atracciones y en una ciudad inhabitable y todo esto será verdad. Pero no será toda la verdad.

Saldremos por patas porque nos dejarán, porque algunos perderemos nuestros trabajos -ojito, te quedan tres ERE por delante, te recomendaría irte haciendo ya funcionaria, aunque sé que no lo harás- o estaremos de ERTE o no tendremos que ir de lunes a viernes a la oficina. Pero también porque igual nos daremos cuenta de que las cosas que importan son muy pocas y entre ellas no figura ni ir a charlas en librerías de Lavapiés para ver y ser visto ni echarse unas cañas a las ocho apetezca o no, ni ir a ver lo de las flores del Palacio de Cristal porque luce mucho en Stories ni fichar cada viernes en el Tempo. Aunque ahora pienses, y supongo que es normal pero ojalá espabilaras, que es lo que le da sentido a tu vida.

"En Madrid la gente está amargada... siento un vacío"

"Disfrutar de las pequeñas cosas, de la comunidad. En Madrid hay mucha prisa, la gente está amargada, no es feliz. Y mira que yo estoy bien en Madrid, tengo trabajo, amigos… pero siento un vacío". Lo dirá otra de las declarantes del artículo de marras, el de Idealista, y esa declarante también tendrá razón. De ese vacío hablarás muchas tardes con Cynthia, en el bar de abajo de su casa, que estará en Atocha para entonces, medirá menos de cuarenta metros y costará 600 euros. De ese vacío y de que al final os daréis cuenta de que las paletas habéis sido vosotras, vosotras que mirasteis con condescendencia a todo el que se quedaba en el pueblo para ahora querer volver y tener que darles la razón.

"La libertad no era tragarse toda la programación del Matadero"

Entre el Irse a Madrid de Jabois y Un hipster en la España vacía de Gascón, que te encantará, pasarán diez años, una crisis financiera de la que no arrancaremos a salir y de la que ya tienes constancia y, ojito, una pandemia. También pasará que el canallismo y el cosmopolitismo esté en las últimas -y menos mal-, que algunos empiecen a coscarse de que el progreso y la aldea global no eran lo que se esperaba y que "el rural", que es como llamarán a los pueblos los que le dirán "tejer redes de cuidados" a salirse al correte del fresco en verano con sillas de propaganda, se pondrá de moda.

También en eso pensarás en tu huida, casi avistando ya Gredos. En eso y en la primera noche que pasaste en Madrid, a donde acabas de llegar con unas cuantas cajas menos y tras muchos años escribiéndole como le escribimos a Madrid los provincianos o los adolescentes de la periferia, como un Macondo donde no llueven ranas pero qué bien se está en Comendadoras cuando atardece.

En 2020 será al revés, lo cual significa que será exactamente igual pero al contrario: con casi 30, sin casa, sin hijos y muchos de nosotros sin trabajo, con nuestro móvil y nuestro ordenador como única propiedad declarable empezaremos a intuir la Arcadia en aquello que años atrás abandonamos porque resulta que la libertad no era tintarse el pelo de colores estrambóticos ni tragarse toda la programación de Matadero ni follisquear con unos y con otros sin orden ni concierto sin que nadie nos mirara mal.

"Vas a durar menos que un caramelo en la puerta un colegio". Eso te dirá papá cuando le anuncies que te largas de Madrid, y te acusará después de urbanita. Se olvidará de que creciste -de que él te hizo crecer- en un pueblo manchego de poco más de mil habitantes y que aún tendrás presente que ser de pueblo no es solo que la Tere la vecina te regale tomates y pepinos ni salir sin llaves ni que, como dicen en “La ciudad no es para mí”, “los nacimientos de los niños aún importen”.

Ser de pueblo es también oír los gritos del gorrino durante matanza y oler su sangre tal como lo describirá Astur en San, el libro de los milagros, un libro que te encantará. Ser de pueblo es que no te extrañe, como a la protagonista de Panza de Burro, otro libro que te gustará mucho, que haya perros flacos, pulgosos y apaleados por la calle, y que no se asusten cuando los críos tiran petardos. Ser de pueblo es entender que los críos tienen que tirar petardos y saber, como sabías tú a tus siete años, que el Chichi, el tonto del pueblo, que tenía el pelo muy graso y problemas de dicción, tenía también una tranca descomunal y que cuando iba al Conejo de la Suerte las putas le ataban una toalla al miembro para que hiciera tope.

"Nos vamos a llevar más de un susto volviendo a las capitales de provincia, donde sigue habiendo botellas de agua en las esquinas para que no meen los perros"

Así que sí: es probable que papá tenga razón, porque siempre la tiene. Es probable que en 2020 nos llevemos más de un susto volviendo a los pueblos porque a los moros se les llama moros y no migrantes y a los mudos se les dice mudos y no personas con diversidad funcional y comprobemos, asombrados, que ninguno de ellos se ofende. Nos vamos a llevar más de un susto volviendo a las capitales de provincia donde aún doblan las campanas los domingos, donde sigue habiendo botellas de agua en las esquinas para que no meen los perros y nos vamos a llevar más de un susto porque los catetos seremos nosotros -siempre lo hemos sido- que no tenemos ni idea de cuándo florece el almendro ni de que hay que saludar al entrar a la panadería y preguntar que quién es el último. Será como en Surcos pero al revés.

Mirábamos con condescendencia e injustamente a nuestra patria chica

"Todo depende de la grandeza de tu espíritu; cuanto más pequeño sea, más tierra necesitará. Si tu pensamiento es profundo, tu Tierra para ti no tendrá fin. En ella estará el mundo con todos sus climas. Si tu pensamiento se detiene en la corteza de las cosas, tampoco digas "Galicia es muy pequeña"; pequeño eres tú, que nunca podrás concebir nada grande". Lo escribió Vicente Risco, probablemente para los que como tú mirábais con condescendencia e injustamente a vuestra patria chica, aunque la tuya no sea la gallega, y Risco estaba en lo cierto, aunque ahora, recién llegada a Madrid, te parezca una locura.

Y años después, cuando lo abandones, en 2020, quizá sea exactamente lo mismo. Quizá Madrid no sea más que un espejo que nos devuelve lo que somos, lo que somos en cada momento. Quizá después de irte -de largarte-, cuando vuelvas de visita, ya sin rencor, ya sin culparla de unos males que son solo tuyos, quizá entonces te des cuenta de que sigues queriendo a Madrid como a ese poblachón manchego, como a esa ciudad de provincias convertida de pronto en capital de Corte que siempre fue. Tal como la quieres ahora que la tienes sin estrenar, con su ruido, su suciedad y su gente vestida toda igual y pensándose diferente paseando por la calle Fuencarral. Y seguirá sin llover ranas, pero en Comendadoras se seguirá estando igual de bien cuando atardezca.

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Ana Iris Simón es periodista y, actualmente, guionista en Gen Playz. Ha trabajado en las revistas VICE España y TELVA y acaba de publicar su primer libro, Feria (Círculo de Tiza, 2020).

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