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Tres verdades, una verdad a medias y una mentira de 'Física o Química: el reencuentro'

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  • Esto es lo que hemos aprendido de la vida 10 años después del final de FOQ
  • Gen Z Topic: Artículos escritos por los jóvenes de nuestra generación

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Tres verdades, una verdad a medias y unamentira de ¿Física o Química: el reencuentro?
Tres verdades, una verdad a medias y unamentira de ¿Física o Química: el reencuentro? cropper

El domingo tres de enero, con 2021 aún reluciente, se estrenó el segundo capítulo de Física o Química: El reencuentro. Más de diez años después de su lanzamiento, a los que teníamos la edad de la Yoli y nos peinábamos como Paula y como la hija adolescente de Los Increíbles, colocándonos estratégicamente el flequillo para que no se nos viera un ojo, nos pusieron de nuevo frente a nosotros mismos. Y resultó que se nos empezaban a intuir las arrugas y las malas decisiones.

Con los de FOQ, que era como le decíamos a Física o Química en el instituto, cuando aún no había WhatsApp pero sí zumbidos de MSN, nos ocurre como con Andy el de Toy Story: que tenemos su misma edad. Y eso, claro, es jugar con ventaja. Cuando el dueño de Woody y de Buzz llegaba a la universidad nosotros hacíamos lo mismo. Cuando Cabano se daba cuenta de que ser un picaflor igual no estaba tan bien o la Yoli empezaba a olerse la tostada de que no tenía nada en común con su novio salvo una dentadura perfectamente alineada, y ni eso porque la suya era de nacimiento y la de su novio de años de una ortodoncia que en el barrio de la Yoli no llevaba nadie por no poder pagarla, a nosotros nos ocurría lo propio.

Pensaba entonces, viendo el primer capítulo casi como un placer culpable, a sabiendas de estar poniendo mi granito de arena para contribuir a la pujante industria de la nostalgia, en las Yolis y los Cabanos de mi clase y en que, al contrario que en la serie, mal no les ha ido: muchos de ellos tienen hijos y trabajos estables, al contrario que los que fuimos a la Universidad, pero ese no es el asunto que hoy nos ocupa.

Pensé en mí misma, en la rabia que me daba que me dijeran que me parecía a Paula y en que alguna vez lloré con alguna escena allá por el dos mil y pico. Y en qué habríamos pensado sobre nosotros mismos y sobre lo que era crecer si, en tercero o cuarto de la ESO, cuando Úrsula Coberó era aún Ruth y no Tokio, nos hubieran hecho un pase privado para ver este reencuentro. Yo, personalmente, me habría explicado alguna cosa. Me habría dicho a mí misma que esos dos capítulos guionizados -y no era fácil- por Carlos García Miranda contienen tres verdades, una mentira y una verdad a medias.

Los amigos del colegio son quienes mejor te conocen: VERDAD

Si siguen siendo tus amigos, lo cual implica mucho más que tener un grupo de WhatsApp con el nombre de grupo que os pusisteis en segundo de ESO y que ya os da más ternura que vergüenza y cogerse una moña cada 31 de diciembre al volver al pueblo por Navidad. Y son quienes mejor te conocen porque han visto tu yo en potencia, porque saben quién eras cuando aún eras solo un proyecto. Si tienes la suerte de conservarlos, o más bien, si has trabajado lo suficiente para conservarlos, seguramente no sean, pasados los veintimuchos, con quienes compartas más opiniones políticas ni hobbies ni estilo de vida; pero sí una vida y risas y llantos, enfados y perdones. Y eso es mucho más importante.

No eres menos feminista por no casarte: VERDAD

Ni más por no hacerlo. Esta es una bonita lección que Paula, que seguramente no ha leído El segundo sexo ni sabe quién es Nancy Fraser, le da a Cova, que trabaja para lo que parece el Ministerio de Igualdad. Celebrar el amor líquido y elogiar el follisqueo desordenado mientras se condena el amor o celebrar que, como canta Bad Bunny, "estar soltera está de moda", no tiene nada de intrínsecamente positivo para la mujer -y sí de negativo para el género humano, en general, pero ese también es otro asunto-. Y quien diga lo contrario, aunque tenga, como Cova, su cargo en el Ministerio de Irene Montero y un máster en Igualdad de Género de esos que crecieron como setas en los programas curriculares de las universidades a partir de 2010, miente.

Pasados los veintimuchos, los errores pesan más: VERDAD

Porque, aunque queramos vivir en un presente continuo y creamos que es lícito llevar gorra pasados los veinte, aunque nuestra sociedad sea la del juvenilismo, la de pensar que hemos conseguido el elexir de la eterna juventud y que el elexir de la eterna juventud consistía en ver las series que dicen en el Twitter que ver, vestir como Yung Beef -y por tanto no tener sentido del ridículo- y no tener familia ni "ataduras", el tiempo, amigos, pasa. Y los pasos en falso pesan más cuando uno tiene casi treinta que cuando tiene casi veinte, por una cuestión puramente matemática: la de la guadaña está más cerca cada vez, lo cual significa que las oportunidades para dar un volantazo, reconducir y llegarle a picar la puerta a San Pedro sintiendo haberlo hecho medio bien son cada vez menores.

Se está mejor a los 15 que a los 30: MENTIRA

Las razones por las cual muchos lo piensan y Gorka lo dice están en el punto anterior: porque vivimos en la sociedad del juvenilismo, del culto a la juventud, con todo lo bueno -ausencia de arrugas y de roturas de cadera como causa de muerte- y de malo -inmadurez, inexperiencia, nihilismo- que esta tiene. Pero no es verdad. Y si no, tiempo al tiempo.

Hay que ir allí donde el corazón te lleve: VERDAD A MEDIAS

Porque, lo primero, ¿cuántas veces te ha llevado el corazón de allá para acá, sin rumbo fijo? Lo segundo, porque tendemos a confundir el corazón con el estómago. Así que, antes de seguirlo, hay que aprender a discernirlo. Y, por último y no por ello menos importante, porque no hay libertad sin responsabilidad.

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Ana Iris Simón es periodista y, actualmente, guionista en Gen Playz. Ha trabajado en las revistas VICE España y TELVA y acaba de publicar su primer libro, Feria (Círculo de Tiza, 2020).

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