Enlaces accesibilidad
GEN Z TOPICS

Por mí y por todos mis compañeros: ¿Por qué nos cuesta mantener las amistades si tan esenciales son en la vida?

GEN PLAYZ  

  • Gen Z Topic: Artículos escritos por los jóvenes de nuestra generación 
  • "Ahora que vivimos medio encerrados me acuerdo de todas las amistades que perdí, y a pesar de ser plenamente consciente del autoengaño, no puedo evitar pensar que a ver si nos tomamos algo"

Por
 Jóvenes en el 'Fin de Año Universitario' en la Plaza Mayor de Salamanca en el año 2018
Jóvenes en el 'Fin de Año Universitario' en la Plaza Mayor de Salamanca en el año 2018 EFE/JM GARCÍA

Abraham Maslow diseñó hace más de cincuenta años la pirámide de las necesidades humanas para determinar los factores que impulsan nuestro comportamiento. Como si fuera una especie de esquema nutricional, representa la jerarquía de las necesidades humanas, siendo la primera la fisiológica, y la segunda la de pertenencia a un grupo. Y es que por mucho que tu Sim haya dormido ocho horas y tenga la nevera llena, si tiene la barra social en rojo, no será feliz jamás. Por eso hubo un niño en un recreo de primaria que aunque no fuera a mi clase y ni siquiera a mi curso, se me acercó y me preguntó si quería ser su amigo, y le dije que sí. Aunque al nacer no tengamos ni idea de quién es Maslow ni sepamos la importancia que tienen los grupos humanos, somos seres sociales por naturaleza y buscamos la amistad igual que el alimento. Pero ¿qué ocurre cuando crecemos? ¿Por qué nos cuesta mantener las amistades si tan esenciales son en la vida?

"Recuerdo preguntarle a mi profesora de latín si el término adolescencia venía del verbo adolecer"

Durante la infancia, el grupo básico al que pertenecemos es la familia y hacer amigos es tan fácil como preguntar el nombre del otro, pero en la adolescencia, el rechazo categórico a la autoridad familiar y la necesidad constante de encontrar nuestra identidad, hace que busquemos el sentido de pertenencia mediante lazos de amistad muy fuertes y definidos. La importancia de esa etapa no es el grado en el que sentimos que nuestros padres no nos entienden, que no nos dan la libertad que necesitamos o que no podemos confiar en ellos, si no que consideramos que nuestros amigos son nuestra verdadera familia porque cubren todas esas necesidades. Recuerdo preguntarle a mi profesora de latín si el término adolescencia venía del verbo adolecer, y aunque por lo visto etimológicamente no sea así y me fastidie el recurso retórico, está claro que es un dolor. La relevancia que cobra la amistad en una etapa de crecimiento vital tan crítica, llena de cambios, experiencias nuevas y crisis melodramáticas no tiene comparación, y si crecer es un barco hundiéndose, la pertenencia al grupo es el mejor salvavidas posible. ¿Pero qué ocurre cuando pasa la tormenta?

Muchas de esas amistades quedan grabadas a fuego y seguramente te acompañen el resto de tu vida, porque han ayudado a que te conviertas en lo que eres hoy, a aguantar ese dolor y disfrutar de la experiencia. Pero hay muchas otras que se quedan atrás en lo que pensabas que era tu proceso hacia la madurez, incluso las amistades que parecían más eternas peligran cuando se terminan los dramas adolescentes que les otorgaban una importancia absoluta. La pertenencia al grupo es un arma de doble filo, ya que también requiere cerrar filas, tachar de la lista, hacer unfollow e incluso cancelar a unos cuantos. El círculo no es solo lo que contiene si no lo que se queda fuera de él. Ahora que comprendo que la madurez no era una meta si no un horizonte, que mi flujo hormonal se ha equilibrado y que no pasa nada porque no me inviten a un evento al que no quiero ir, siento cierta vergüenza al recordar a todos aquellos con los que hoy podría tener una amistad pero se quedaron fuera de ese círculo. Uno no se puede definir sin limitar y por esa misma razón, un día decides trazar una línea entre tú y aquellos que no son lo suficiente maduros para ti, que tienen gustos incompatibles con la identidad que estás buscando, que no son tan guays como creías serlo tú.

"Gracias a dejar atrás a quienes nos retienen somos capaces de avanzar y de aprender"

Cuando termina la adolescencia es demasiado tarde para reconocer que en realidad no eras más que otro pobre adolescente buscando la forma de sobrevivir, que ahora no tienes tantos amigos como te gustaría porque ese perímetro de seguridad que trazaste era tan efímero como la tiza y que no eras ni de lejos lo maduro que creías ser. Sin darnos cuenta cambiamos descubrimiento por estabilidad y amistades por contactos, ahora la vida se parece más a una oficina que al patio del recreo y a pesar de todo, las redes nos dan la falsa sensación de que somos más sociales que nunca.

Toda esta fase no tiene porqué ser necesariamente una caja de Pandora de la nostalgia y los remordimientos. Este proceso de selección darwinista de las amistades tiene una motivación puramente evolutiva y es necesario: gracias a dejar atrás a quienes nos retienen somos capaces de avanzar, de aprender y de tener más tiempo para aquellos que merecen la pena. Conocer nuestros límites y nuestras incompatibilidades no es menos importante que mantener amistades, y dejar de llevarme con aquel niño que me pidió ser su amigo cuando pasé de curso, era una parte inevitable de ese proceso, un lastre que había que soltar.

Pero a través del discurso del crecimiento personal corremos un riesgo constante de caer en ese capitalismo emocional que determina la utilidad de las relaciones humanas en función de la productividad, que nos engaña con su positivismo a través de mensajes que afirman sin ningún tipo de vergüenza que un momento de crisis sirve para reinventarse, que para que nos quieran hay que quererse primero a uno mismo, que por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero. Toda la jerga pseudo terapéutica que la posmodernidad nos ha enseñado mal y pronto no puede maquillar la realidad de que nos volvemos más individualistas con la edad, que no tenemos tiempo para tomar algo con los que están fuera del círculo aunque invirtamos cada vez más tiempo mirando la vida de los demás, que "con esto de la pandemia" es la excusa perfecta para justificar que no podemos concederle un rato a quien nos lo pide.

La economía de las amistades es una realidad y aquí el mercado se regula solo. Invertimos en valores seguros mientras competimos por ser más fuertes que el resto, pero terminamos aislándonos y perdiendo el contacto a base de mensajes vacíos más propios de la newsletter de un banco que de un viejo amigo. Ahora que vivimos medio encerrados me acuerdo de todas las amistades que perdí y soy más consciente de las que estoy descuidando, y a pesar de ser plenamente consciente del autoengaño, no puedo evitar pensar que a ver si nos tomamos algo, aunque sea un café, un día de estos, cuando mejor os venga.

*****

CARLOS CASCOS (Madrid, 1994) estudió Periodismo y Cinematografía en Madrid. Ha colaborado en diferentes programas de radio y en medios digitales como Vice, Mondo SonoroYahoo! o TiU. Ahora es guionista en el programa de Gen Playz (RTVE)

PLAYZ

anterior siguiente