Del FOMO al JOMO: el fenómeno basado en la idea de "perderse" experiencias que polariza a toda una generación
- La industria del entretenimiento y los grandes eventos explotan el miedo a quedarse fuera
- Cada vez más jóvenes buscan poder elegir con criterio dónde merece la pena estar presente
La velocidad a la que circulan las experiencias en el entorno digital ha transformado la manera en que las personas gestionan su tiempo de ocio. El término FOMO (fear of missing out, o miedo a perderse algo) describe esa sensación de ansiedad o desasosiego que surge al percibir que los demás están viviendo experiencias gratificantes de las que uno queda excluido. Este fenómeno se popularizó con la expansión de las redes, donde el desfile constante de fotos de viajes, fiestas, planes y logros ajenos alimenta la comparación casi en tiempo real.
Joana, de 27 años y vecina de Barcelona, reconoce "sufrir" FOMO con facilidad. Le pasa, dice, "tanto en una fiesta como tomando un café" si sabe que sus amigas están y ella no puede estar. El filósofo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Evaristo Valls Boix, defiende que esa relación ansiosa con las posibilidades que tenemos empieza a fraguarse ya en los años noventa y destaca que expresiones como “es un imperdible” o “esto es un must” anticipaban el fenómeno tal y como hoy lo conocemos.
Desde macrofestivales de música hasta la fiesta del momento o el viaje tendencia del calendario estival, el FOMO se alimenta de citas percibidas como irrepetibles. No asistir a un concierto donde “todo el mundo estará” genera en muchos asistentes la obligación de acudir, más por validación social que por un deseo real de disfrutar del espectáculo, y la industria del entretenimiento ha convertido esa urgencia en un modelo de negocio.
El caso de Bad Bunny en España es paradigmático: dentro de su DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour, el artista puertorriqueño agotó en minutos hasta diez fechas en el Estadio Riyadh Air Metropolitano y otras dos en el Estadi Olímpic Lluís Companys, entre finales de mayo y mediados de junio de 2026.
Para Valls Boix, se trata de un concierto masivo, con decenas de miles de personas en el estadio, pero que cada asistente vive como una experiencia absolutamente única y exclusiva, casi como “viajar a Puerto Rico” sin salir de Madrid. Según explica, esa singularidad es lo que convierte la experiencia en "un símbolo de estatus que merece la pena mostrar después en redes: no basta con disfrutarla, hay que demostrar que se ha vivido, porque esa demostración funciona como una forma de capital social con la que cada persona construye su propia autenticidad", cuenta.
Joana reconoce que le da igual Bad Bunny y que no ha sentido nada de FOMO por sus conciertos, pero si se trata de perderse a una banda indie que apenas conoce nadie, ahí sí lo nota. Esa dificultad para decir que no a los planes, admite, acaba pasándole factura: "acabo saturándome la agenda y priorizando el hacer planes a descansar, con lo cual voy siempre más cansada de lo que debería".
Acudir a uno de los conciertos de Bad Bunny en Madrid se convirtió casi en un "símbolo de estatus" Mariano Regidor Getty Images/Mariano Regidor
¿Qué es el JOMO?
Inés, de 30 años y también residente en Barcelona, representa el reverso de esa misma moneda. Reconoce que estos eventos que se venden como algo exclusivo son más difíciles de rechazar que un plan cualquiera: "Entiendo que cuesta más de decir que no, pero hay que pensar que surgirán otras cosas". Para ella, la clave está en no dejarse arrastrar por la sensación de urgencia que impone "el propio sistema, que nos dice que hay que aprovechar todas las oportunidades la primera vez que aparecen porque si no no van a volver".
Sin saberlo, Inés abraza el JOMO (joy of missing out, o el placer de perderse las cosas). Este concepto defiende el disfrute consciente de rechazar planes, desconectar de las pantallas y valorar el tiempo a solas sin la presión de tener que justificar la ausencia o demostrar públicamente lo que se está haciendo.
No implica aislamiento, sino una elección: priorizar el descanso y las relaciones cercanas frente a la sobreestimulación constante, entendiendo que quedarse en casa mientras medio país hace cola virtual por unas entradas no es una pérdida, sino una forma de recuperar el control sobre el propio tiempo.
Este giro conceptual ha encontrado incluso reflejo editorial con la publicación de JOMO. El gusto de perder (Anagrama, 2026), a cargo del propio Valls Boix. Este ensayo plantea el JOMO no como resignación, sino como una forma de rebelarse contra la exigencia social de rendimiento y disfrute permanentes.
El filósofo explica que, mientras durante mucho tiempo la no participación social generaba miedo, cada vez es más frecuente que provoque justo lo contrario: alivio y una experiencia más profunda. “Hay una reorientación del deseo, una forma otra de disfrutar y de afirmar la vida” que entiende el JOMO como el reconocimiento de una libertad distinta a la del consumo: la de poder no hacer, de no estar solicitado, de no estar obligado, de poder no comparecer o, en sus propias palabras, de “poder no ser nadie”.
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Cada vez más jóvenes abrazan el "placer de perderse algo"
El agotamiento derivado de la hiperconectividad ha llevado a jóvenes a buscar alternativas que prioricen la salud mental. Abrazar el JOMO implica establecer límites saludables frente al consumo masivo de contenidos digitales, primar el descanso de calidad y disfrutar de actividades sencillas, como leer, cocinar o dar un paseo. Todo sin necesidad de documentarlo ni compartirlo en redes sociales .
Este giro ha generado una demanda creciente de espacios sin exigencia de estar disponible ni de mostrar constantemente lo que se hace. A ello se suma un contexto económico y laboral exigente, que ha llevado a una parte de la juventud a cuestionar la idea de que hay que “aprovechar” cada oportunidad, cada plan y cada experiencia para tener una vida plena.
Juan Evaristo Valls Boix relaciona directamente este cambio de actitud con la salud mental de las generaciones más jóvenes. "Desde la pandemia, se ha disparado entre ellas la depresión, el estrés y el burnout, a la vez que crece el descreimiento hacia las promesas del Estado de Bienestar", señala.
Muchos jóvenes constatan que no viven mejor que sus padres, que no acceden a una vivienda propia o a una segunda residencia de vacaciones, o que no llegan a trabajar de lo suyo, y empiezan a entender que esas promesas, en sí mismas, tampoco garantizaban una vida buena. Para el filósofo, ese hartazgo compartido tiene una dimensión política, no solo individual: “Hay una politización de la depresión, de ese agotamiento”, explica, que se traduce en nuevas demandas colectivas como "el derecho al descanso, a no estar siempre disponible o a una vida digna sin depender de la disponibilidad constante".
Inés cuenta que su cambio de actitud llegó al mudarse a Barcelona, donde el volumen de planes disponibles la desbordó: "No llego, y me da igual no llegar, ya está", resume. Desde entonces prioriza el tiempo a solas frente a la obligación de estar en todas partes, y asegura que cancelar un plan para quedarse en casa le produce, en sus palabras, "una profunda tranquilidad" y la sensación de recuperar de golpe un tiempo que creía perdido. Reconoce que gestionar la culpa depende del entorno, pues "la clave es rodearse de gente que entienda esa forma de vivir el ocio, porque ayuda a que decir que no pese menos". Su plan ideal, dice, está lejos de cualquier evento multitudinario: una tarde de cine ella sola o quedarse jugando a algún videojuego en casa.
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¿Moda pasajera o cambio de hábitos?
Aunque nació como una etiqueta contrapuesta al FOMO en la cultura memética de internet, el JOMO parece reflejar una transformación más profunda en los hábitos de consumo digital. La creciente concienciación sobre la higiene del sueño, el uso de herramientas de control de tiempo en los teléfonos móviles y el auge del turismo de desconexión sugieren que no se trata de una moda efímera, sino de un ajuste hacia pautas de vida más equilibradas.
Joana es consciente de que no puede estar en todos los planes que le apetecen, porque no tiene "ni el tiempo ni el dinero", y que eso implica priorizar y hacer sacrificios. También defiende que, en su momento vital actual, prefiere asumir el cansancio a cambio de vivir más experiencias: "Sé que también son experiencias que me acaban llenando mucho y siento que estoy en el punto de mi vida en el que me puedo permitir ese descansar menos para vivir más".
Entre la obsesión por no perderse nada y la renuncia sistemática a todo, cada vez más jóvenes están buscando un punto intermedio: elegir con criterio en qué merece la pena estar presente. Como resume Inés, se trata sobre todo de confiar en que las personas a las que se dice que no "van a estar ahí igualmente", y de asumir que, frente a la presión de estar en todo, "hay que luchar un poquito a veces en contra de esto para también poder estar tranquilos y vivir tranquilos".