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Dejar la ciudad para volver al pueblo: la historia de Jhonatan González, a contracorriente de la despoblación

  • El joven abrió una pastelería en la casa de sus abuelos en Busto, un pueblo de menos de 200 habitantes
  • El principal problema es la fuerte estacionalidad con un amplio contraste entre las ventas en verano e invierno
Vista de la confitería Cabo Busto
Vista de la confitería Cabo Busto RTVE Asturias

Mientras muchos jóvenes abandonan los pueblos para buscar oportunidades, Jhonatan González hizo el camino contrario. Tras formarse en la Escuela de Hostelería de Gijón y trabajar en varias pastelerías de la ciudad, decidió regresar a Busto, la pequeña localidad del concejo de Valdés donde había crecido.

La casa no pasa desapercibida. Blanca, con las contraventanas y la puerta pintadas de rojo, conserva el aspecto de una casona tradicional asturiana. Veinte minutos antes de abrir ya hay quien se acerca para asegurarse un sitio en la cola. Dentro, el obrador funciona a otro ritmo: bandejas que entran y salen, cajas que se preparan y una familia que trabaja contrarreloj antes de recibir a los clientes.

"No fue una decisión pensada como un negocio", explica. Lo que le empujó a volver fue, sobre todo, una necesidad personal. "Tenía la necesidad de volver al pueblo, donde nací, donde crecí; volver un poco al origen, estar otra vez con los amigos y con la familia. Para mí eso siempre fue lo más importante". El proyecto empresarial llegó después.

Varios pasteles del mostrador

Varios pasteles del mostrador RTVE Asturias

Las primeras magdalenas

Los comienzos poco tuvieron que ver con el obrador que hoy ocupa la planta baja de la casa de sus abuelos. Empezó elaborando magdalenas en el horno familiar mientras su tío, panadero del pueblo, las repartía junto con el pan por las aldeas cercanas. Después llegaron los encargos de tartas para las fiestas y, poco a poco, la idea de abrir una pastelería tomó forma.

"Pensamos que, si aquello funcionaba, el mejor sitio para hacerlo era la casa de los abuelos", recuerda.

Cuando abrió el negocio tenía más ilusión que experiencia. Reconoce que sabía hacer bollería, pero todavía estaba aprendiendo el oficio de pastelero. "Había veces que las tartas salían bien y otras no. Era muy frustrante". Cada vez que conseguía ahorrar algo de dinero lo invertía en cursos y seminarios para seguir formándose.

La casa familiar como proyecto de vida

La decisión de instalar el negocio en la vivienda de sus abuelos nunca respondió únicamente a una cuestión práctica. González asegura que todo el sentido del proyecto estaba precisamente allí.

Jhonatan González frente a la pastelería

Jhonatan González frente a la pastelería Vera Fernández (RTVE Asturias)

"Mucha gente me pregunta por qué no me fui a Madrid o a Barcelona", cuenta. "Pero yo vine buscando estar con la familia, rodeado de los míos". Incluso admite que quizá en otro lugar vendería más, aunque no cambiaría la decisión que tomó hace trece años: "Estoy orgulloso de apostar por esta zona. Es mi pueblo y estoy enamorado de Cabo Busto".

Hoy la empresa sigue teniendo un marcado carácter familiar. En ella trabajan su mujer, su hermano y sus suegros, una convivencia que, reconoce entre risas, obliga a separar como se puede el trabajo de la vida personal. "A veces las discusiones llegan a casa, pero no lo cambiaría por nada".

El reto de crecer desde un pueblo

Busto apenas supera los 200 habitantes, pero el obrador recibe visitantes de distintos puntos de España e incluso estudiantes extranjeros que llegan para hacer prácticas.

Aun así, González evita hablar del fenómeno con grandilocuencia. "Sigo alucinando cuando nos llaman desde Colombia para venir a aprender aquí", admite. Considera que las redes sociales han sido fundamentales para dar a conocer un negocio situado en un pueblo pequeño, aunque insiste en que la realidad cotidiana es menos espectacular de lo que a veces se cuenta.

El verdadero problema, explica, es otro: la fuerte estacionalidad. Durante el verano la demanda supera la capacidad de producción del obrador, mientras que en invierno la afluencia de clientes cae considerablemente. Por eso han buscado nuevas vías de comercialización para mantener la actividad durante todo el año.

Trece años después de aquella vuelta a casa, González sigue hablando menos de crecimiento que de aprendizaje. Continúa viajando para formarse y buscando nuevas combinaciones de sabores, muchas de ellas inspiradas en productos asturianos.

"Me encanta apostar por la avellana, la manzana, la sidra o los quesos de aquí", explica. Su objetivo, dice, no es hacer una pastelería que siga las modas, sino "dar a conocer el producto de la tierrina desde Cabo Busto".