La última crónica para RTVE
- Cierro más de 40 años de vida laboral, 36 de ellos en RTVE
En los últimos días, un par de colegas que me aprecian han recurrido al Libro del Eclesiastés (3:2): "Hay un tiempo para plantar, y un tiempo para arrancar lo plantado". Un texto bíblico que inspiró al folklorista estadounidense Pete Seeger para componer la canción "Turn! Turn! Turn!" en 1959. Para cada cosa hay una estación. A mí me llega ahora la estación de seguir la actualidad de manera más sosegada, y he aceptado la invitación generosa de Pilar Bernal, la directora de RTVE Digital, para escribir este artículo de despedida antes de pasar a la condición de jubilada.
Cierro más de 40 años de vida laboral, 36 de ellos en RTVE, donde empecé como una joven redactora de información local y cultural antes de dar el paso que deseaba y que ha marcado mi carrera y mi vida: la información internacional. Lo he hecho experimentando una revolución histórica, pasando de lo analógico a lo digital. Empecé picando las teclas de máquinas de escribir sobre dos o tres folios, con hojas de papel carbón intercaladas para tener copias del texto. Copias para la edición y la realización. Eran años de teletipos en papel y teléfonos fijos, años en que ni podíamos imaginar internet. Cuando salías de la redacción a cubrir una noticia, quedabas incomunicada hasta que accedías a un teléfono fijo en una cabina telefónica o un bar. ¡La de teléfonos que he desmontado para pincharlos y poder mandar a la radio cortes de voz grabados en una cinta de cassette! Batallitas de veterana.
A la televisión llegué cuando se había superado el cine y se grababa ya en cintas de video. Era el siglo XX y, echando la vista atrás, con la tecnología, la inmediatez y las redes sociales actuales, nos hacemos cruces de cómo conseguíamos sacar la información adelante.
La periodista de RTVE Anna Bosch en Torrespaña el día anterior a su jubilación María Navarro Sorolla
Cosas que he aprendido
He constatado que el periodismo es un oficio que aprendes día a día, con cada crónica que tienes que resolver; que es cierto que te enseñan más las meteduras de pata que los éxitos, una vez, eso sí, que has superado la vergüenza terrorífica que sientes; que hay que sobrevivir en una batalla campal de egos y para ello necesitas ejercitar ese músculo, con el peligro, claro, de que se te vaya la mano y te conviertas en un pedante, en una diva insoportable e insolidaria.
Dejo la vida laboral cuestionando la máxima famosa de Ryszard Kapuściński, que no se puede ser buen periodista si no se es buena persona. He visto crónicas excelentes de malas personas; y, si tengo que elegir, prescindo de la buena crónica. También pongo en entredicho al gran Gabriel García Márquez y su afirmación de que este es el mejor oficio del mundo. ¿Mejor que la medicina que salva vidas? ¿Mejor que la enseñanza que forma y da alas a niños y jóvenes? ¿Mejor que la música, que cura todos los males del alma?
Sí es verdad que este oficio ofrece algo extraordinario: acercarte a situaciones, personas, lugares que, de no ser por este trabajo, nunca habrías conocido. He aprendido que por mucho que te dé lustre entrevistar a un Pavarotti, un Mick Jagger o un Barack Obama, quienes me han dejado huella son personas cuyo nombre no le suena a nadie. El patriarca ingush que me introdujo en la cultura y la idiosincrasia del Cáucaso, un hombre humilde que transmitía dignidad y autoridad; la refugiada chechena que barría constantemente el barro de su tienda de campaña y nos ofreció su ración de té y comida diaria, porque la hospitalidad es sagrada, tanto como vengar la traición; los escolares afroamericanos que, días antes de la primera toma de posesión de Obama, acudieron a la base del Congreso para hacerse una foto con la bandera de los Estados Unidos porque, me contaron sus maestras, "por primera vez la sentimos nuestra"; el sufrimiento casi telúrico de Irlanda del Norte; los familiares de fusilados españoles en la cuneta, que en 2002 aún tenían miedo hablar en la comarca de Babia; y por encima de todo, las mujeres rusas y ucranianas, especialmente, las madres y abuelas. Su resistencia, su coraje, la fatiga personal e histórica que cargan y sobrellevan.
Se decía que un periodista es alguien que escribe/habla de todo, sin saber de nada. ¡Y ya se decía antes de la era de los tertulianos! Como en todo tópico, hay una base real. Por eso hay que acercarse a la noticia con la humildad de quien no sabe y quiere saber. Vale también para la tarea de corresponsal internacional. Olvídate de todo lo que crees que sabes, de los Estados Unidos, por ejemplo, por haberte criado con sus películas, sus series de televisión, su música y sus jeans. Olvídate, y cuando aterrices abre bien los ojos y los oídos, déjate sorprender, ten la predisposición a cambiar tus ideas preconcebidas, huye del tópico y pregúntate por qué. Porque otra de las lecciones que me llevo es que no todo es justificable, pero casi todo es explicable.
Y, aunque parece de perogrullo, esta otra lección: para poder contar algo bien tienes que entenderlo tú primero. Parece obvio, pero la de veces que se repiten galimatías tal como te llegan porque es demasiado complicado comprenderlo. ¡Esos textos de la Unión Europea! ¡Las sentencias del Tribunal Supremo de los Estados Unidos! Nuestra misión no consiste en demostrar o aparentar que sabemos mucho, sino en que el público al que nos dirigimos entienda lo que estamos contando. Si no es así, hemos fracasado. ¡Esas jergas!¡Esos acrónimos! ¡Ese argot! Huid de él, colegas.
Los héroes son locales
Es otra lección aprendida. Hay mucha mística en torno al corresponsal y al enviado especial, sobre su valor y los peligros a los que se expone. Siendo cierto que si vas a cubrir una guerra corres más riesgos que en la mayoría de las ocasiones —dos colegas que traté de cubrir muriendo en coberturas, Julio Fuentes y Ricardo Ortega—; aun siendo eso realidad, el verdadero heroísmo es el de los periodistas locales.
¿Quiénes son los periodistas asesinados en Rusia o México? Los periodistas rusos y mexicanos que investigan. ¿Quiénes son los periodistas encarcelados en Turquía o China? Los turcos y chinos que publican lo que el poder quiere ocultar. Los extranjeros que corremos esos peligros somos minoría. Lo mismo vale para países democráticos y en paz; es más difícil hacer una crónica denunciando al ayuntamiento de una población pequeña si luego vas a coincidir con el alcalde o concejales en una tienda o en la escuela de tus hijos.
Conocer la sociedad a la que nos dirigimos
Con la misma convicción con que sostengo que una redacción no podía contar bien la realidad a la sociedad a la que debe servir, si no contaba con las vivencias y la perspectiva de las mujeres, la mitad de la población, defiendo que una redacción homogénea de cultura y orígenes no puede hacer un buen periodismo hoy. La profesión y la sociedad necesitan que en nuestras redacciones haya colegas hijos de la inmigración, de religiones distintas al cristianismo mayoritario, reporteros y editores que viajen en transporte público. La biografía conforma nuestra mirada y necesitamos miradas caleidoscópicas para dar la información que la sociedad merece.
He tenido mucha suerte
No sé si hay empresas justas; esta, desde luego, no lo es. No siempre se dan oportunidades a quien más se las merece, igual que ocurre con los premios, y yo soy consciente de que se me han dado oportunidades para las que no estaba suficientemente preparada, pero resultaba que era yo quien estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. La suerte es tan importante como el talento y la perseverancia. Yo me he beneficiado en muchas ocasiones de esos golpes de fortuna y, también, he sido víctima de estar en el lugar inadecuado en el momento inoportuno. Pero sería extremadamente injusta si en el momento de decir adiós no hiciera un balance positivo.
Aquella niña de barrio obrero que soñaba con ser azafata, porque era el único oficio "de mujeres" que permitía viajar y conocer mundo en aquellos años 60-70 del siglo pasado; o maestra, porque le gustaba explicar y compartir conocimientos, ha tenido la suerte de que la vida le ha facilitado unir ambas pasiones: he viajado, he conocido mundo y lo he contado.
Y con cada ciudad, con cada país donde he vivido mantengo un vínculo sentimental, que ningún mandatario puede destruir por infames que sean sus políticas, como dicen en la película Ninotchka, "no pueden censurar nuestros recuerdos".
Agradecimiento
Todo eso ha sido posible gracias al trampolín que es Televisión Española (RTVE), y a las personas que en ella han confiado en mí. Formo parte de la generación de mujeres periodistas que nos encontramos con el primer techo de cristal ya roto en el reporterismo internacional, que lo quebraron Carmen Sarmiento, Rosa María Calaf, Elena Martí o Ana Cristina Navarro, por mencionar cuatro colegas "de la casa". Ellas demostraron que el periodismo internacional no era "cosa de hombres". Gracias.
Agradecimiento también a RTVE porque sigue siendo el medio audiovisual en España que mayor espacio, e inversión, dedica a la información internacional. Hacer buen periodismo internacional es muy caro; es por donde recortan todos los medios, incluso grandes como The Washington Post de Jeff Bezos; otros nunca han invertido en ello. En el planteamiento economicista y partidista que se lleva hoy, la información internacional no es rentable ni económica ni políticamente. Radiotelevisión Española sigue considerando un deber informar de lo que ocurre en el mundo, y deseo que así sea durante mucho tiempo. Y entre tanta desinformación, sigue siendo una fuente fiable. No lo olviden, ustedes.
Por mi parte, momento de pasar página, Turn! Turn! Turn! Momento de pasar el testigo a periodistas más jóvenes. Ojalá puedan trabajar sobre el terreno, hacer reportajes y servir al mandato encomendado, con una información honesta y libre de injerencias ajenas al periodismo.
Gracias, también y de corazón, por permitirme despedirme.
Gracias y hasta siempre.
Con las gafas de Anna Bosch