Las posibles vidas infinitas de Hombres G: "Todo ha valido la pena porque estamos viviendo nuestros mejores años"
- La banda estrena el documental Los mejores años de nuestra vida, que repasa su trayectoria musical y personal
- La cinta se estrena el 8 de mayo, y viene acompañada de nuevo disco y gira de celebración
Hombres G se han ganado a pulso ser parte del imaginario colectivo musical de cualquier generación, forjando una cosmovisión que va de polvos pica a pica a chicas cocodrilo; de playas italianas que refugian de la mafia a marcapasos que animan el corazón. Su espíritu hedonista, desenfadado, ha sentado las bases de lo que casi podría ser una sociología, un manifiesto estético y emocional de cómo vivir entre las masas sin disimular una sonrisa.
Este mismo desparpajo permea un legado que colea inagotablemente en la geografía hispanohablante, alimentado por quien hace años forraba sus carpetas con sus fotos en la Súper Pop, y hoy se desgañita con su nieta dando un salto mortal en primera fila de sus conciertos.
La trayectoria de David, Rafa, Dani y Javi ha veteado una leyenda con la que propios y ajenos (sobre todo ajenos) han construido una versión oficial. Una suerte de épica engañosa que, a lo largo de décadas, les ha impuesto una reputación que no necesariamente se corresponde con la realidad. Y ahora, por fin, Hombres G han decidido que era hora de confesarse a calzón quitado y con toda la seriedad que se pueden permitir, de destripar su propia mitología.
Estrenado en el marco del Barcelona Film Festival, su documental Los mejores años de nuestra vida llegaba con una intención bastante clara: contar la historia de Hombres G sin convertirla en un relato prefabricado. Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, los directores de la cinta, lo han resumido bien durante la promoción: más que un documental musical, querían retratar “la historia de cuatro amigos”. Y lo cierto es que esa idea no sólo articula la película, sino también el tono con el que la propia banda revisita hasta la última de las fotos del álbum.
Recordar, olvidar y volver a mirarse
Si algo ha marcado el proceso de creación de esta película ha sido el choque entre memoria y olvido. David Summers lo reconoce sin rodeos: “Recordar ha sido difícil, yo tenía unas lagunas grandes”. Más que enfrentarse a episodios dolorosos, lo complejo ha sido reconstruir una vida vivida a gran velocidad, atropelladamente, en la que muchas cosas han ido quedando difuminadas.
Pero no ha habido voluntad de dramatizar. “Hemos intentado ser lo más honestos posibles”, explica Summers, reivindicando una identidad que el documental subraya constantemente: “Sencillos, buena gente...Cuatro amigos a los que la música les voló la cabeza desde críos”.
Esa idea conecta directamente con el planteamiento de los directores, que han construido la película desde la cercanía. No ha sido una entrevista puntual ni un retrato externo: ha sido un proceso largo, casi orgánico, que ha permitido que los recuerdos emergieran sin forzarlos. Todo apoyado en una procelosa documentación para sumergirnos en la arqueología afectiva de la banda con plena complicidad.
Hombres G acompañados de los directores de la película, Charlie Arnaiz (derecha) y Alberto Ortega
El “pegamento invisible” de Hombres G
¿Qué mantiene unida a una banda durante más de cuatro décadas? La respuesta no es única, pero sí reveladora. Para Rafa Gutiérrez, todo empieza en lo intangible: “Valores, humanidad...La forma de ver la vida”. Una conexión que no se puede explicar del todo, pero que ha sido constante desde el principio. Summers lo simplifica con una mezcla de ironía y verdad: “La música y el sentido del humor, pasárnoslo bien”. Y añade, sin solemnidad, que “si esto se convierte en un curro, lo dejamos”.
En la misma línea, Daniel Mezquita resume el espíritu con una frase tan directa como reveladora: “Divertirnos”. Esa búsqueda de la diversión, casi como norma fundacional o como mantra infinito, parece haber sido el verdadero motor.
Incluso quienes no aparecen en primer plano forman parte de ese núcleo. Summers menciona a nombres como José Carlos Parada, Juan Muro, Juan y Medio o el equipo técnico que les acompaña desde los años 80: “Empezamos siendo chavalines, y ahora somos todos viejos”. La historia de Hombres G, en ese sentido, es también la de una familia ampliada.
La herida que terminó uniendo más
Uno de los momentos más delicados del documental es la separación de 1993. Un episodio poco explorado hasta ahora y que aquí se aborda con una naturalidad sorprendente. “Fue pasar de estar 24 horas juntos a que cada uno hiciera lo que podía”, recuerda Summers. La distancia no fue solo física, sino emocional. Pero con el tiempo llegó otra lectura: “Fue buena idea, volvimos con más fuerza”.
Javier Molina lo amplía desde una perspectiva más íntima, incluso cruda. Aquella etapa supuso enfrentarse a la vida fuera del grupo, a la soledad, a los cambios personales. “Aprendes a conocerte a ti mismo de otra manera”, explica, reivindicando también el valor de los momentos difíciles.
Esa pausa, lejos de romper definitivamente la banda, terminó redefiniéndola. Como resume Summers, citando a Manolo García, "nunca el tiempo es perdido”. El resultado, visto desde hoy, es claro: “Ha valido la pena, porque estamos viviendo los mejores años de nuestra vida”.
Hombres G, durante una actuación en Madrid (2025)
Del fenómeno al legado
El documental recorre una trayectoria que va del estallido juvenil a la consolidación como banda intergeneracional. Desde los primeros éxitos, con canciones como el imperecedero Devuélveme a mi chica, hasta escenarios internacionales, la historia de Hombres G es también la de una industria que ha cambiado radicalmente.
Arnaiz y Ortega han trabajado con un archivo inmenso, incluyendo material inédito y restaurado, que llegó a conformar una primera versión de cuatro horas. La película final, mucho más contenida, ha tenido que renunciar a mucho para encontrar su esencia. Y esa esencia no está solo en los hitos, sino en lo cotidiano: en el backstage, en los viajes, en los silencios entre concierto y concierto.
Vivir en presente continuo
Lejos de instalarse en la nostalgia, la banda mira hacia adelante con una idea clara: el futuro no se planifica, se vive. “El futuro no existe, existe el presente continuo”, afirma Summers. Y ese presente parece especialmente fértil. Nueva música, giras con entradas agotadas, y la sensación —casi inesperada— de estar atravesando otro pico creativo. “Este año y el que viene serán los mejores de nuestra vida”, asegura.
Molina introduce un matiz tan realista como revelador: todo dependerá también de la salud. Pero incluso ahí hay una mezcla de incredulidad y humor: “Es increíble lo que les pasa a estos cuatro idiotas”.
Una historia que sigue escribiéndose
El documental que ha presentado Hombres G en Barcelona no cierra una historia. La reordena, la ilumina y, en cierto modo, la reabre.
Los directores han conseguido algo poco habitual: que sus protagonistas se miren de nuevo, que recuerden lo olvidado y que entiendan su propio recorrido desde otra perspectiva. Y, en ese proceso, han dejado claro que la clave nunca estuvo solo en la música. Estuvo —y sigue estando— en la amistad.
Porque si algo atraviesa toda la película es esa certeza: más allá del éxito, de las crisis o del paso del tiempo, Hombres G no han sido sólo una banda. Han sido, y siguen siendo, cuatro amigos que decidieron no dejar de divertirse.
Y quizá por eso la pregunta final queda en el aire, pero con una intuición clara: si estos han sido los mejores años, no es porque hayan pasado, sino porque todavía continúan.