El debate entre jornada partida y continua en los colegios, sometido a examen
- La reforma en la Comunidad de Madrid para generalizar el modelo partido reabre las discusiones
- El desarrollo educativo, la conciliación o la atención a la infancia vulnerable, aspectos a tener en cuenta
La distribución de la jornada escolar forma parte de los debates recurrentes dentro del sector educativo. La eterna disyuntiva entre jornada partida o continua lleva a diversas respuestas en las que se entremezclan intereses pedagógicos, sociales, laborales y políticos.
La Comunidad de Madrid aprobó en diciembre una normativa para establecer por defecto la jornada partida como criterio general en los colegios públicos de infantil y primaria, así como de educación especial. Todos los centros que se abran a partir de ahora se organizarán con jornada partida y los que ya la tienen no podrán convocar una consulta para sondear el paso a la continua.
La de educación es una competencia delegada en las comunidades autónomas, por lo que cada administración autonómica tiene potestad para hacer como la Comunidad de Madrid y establecer el criterio que considere oportuno, tal como recuerdan desde el Ministerio de Educación. No existe un marco común sobre el que trabajar a nivel nacional y sí una constatación por la vía de los hechos: la jornada continua ha ganado terreno en el sistema de educación pública con el cambio de siglo.
Pero, ¿cuál es mejor? Esa es la pregunta a la que tienen que responder en última instancia las familias a la hora de escolarizar a sus hijos. "No lo sé", es a su vez la respuesta más repetida por padres y madres.
Familias y profesores no se ponen de acuerdo
“No existe ningún estudio que avale la continua”, sentencia tajante la presidenta de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA), María Sánchez, que descarta en una entrevista con RTVE Noticias cualquier potencial beneficio de este modelo a nivel educativo o social en su defensa del modelo partido. La jornada continua, explica, implica retrasar en exceso la comida y fiar su buen funcionamiento a que niños de edades muy dispares sean capaces de enlazar con descansos más cortos un modelo de enseñanza más concentrado.
Patio de un colegio en Málaga Alex Zea Álex Zea / Europa Press
Sara es profesora de infantil y, para ella, "las mejores horas" de su alumnado son las primeras de la mañana. Después, "la curva de atención decae bastante", por lo que organiza la tarea en el aula anticipándose a los momentos en lo que sabe que más y mejor puede trabajar con los niños y niñas de su clase, una práctica que exprimen también los propios colegios a la hora de repartir apoyos o distribuir las asignaturas.
Esta profesora de un colegio público de Asturias, donde la jornada continua gana por mayoría, considera en base a su propia experiencia que hacer una parada para comer, sea o no en el propio centro, y "volver a poner el cerebro a funcionar" es arriesgado.
El Gobierno de la Comunidad Madrid incluye en cambio entre las razones para introducir la jornada partida el interés por mejorar el rendimiento y favorecer la conciliación, pero desde el sindicato de docentes ANPE ponen en duda que se pueda generalizar. Su presidenta, Carolina Fernández, apuesta por dar voz a los profesionales como Sara que viven el día a día de los colegios y de sus estudiantes para adoptar decisiones organizativas. Alega que ningún sistema es "mejor per se" y cada centro debería poder "tomar decisiones que mejoren el rendimiento de sus alumnos, dependiendo de su realidad".
La sombra de la conciliación
Hay otro elefante en la habitación: la conciliación. Uno de los conceptos más temidos dentro de la crianza sirve también como argumento para quienes defienden que la jornada partida pone las cosas algo más fáciles a las familias, como esgrimen desde CEAPA. "Por supuesto que somos conscientes de que las escuelas no son una guardería", pero a nivel de horarios, señala María Sánchez, más tiempo en el centro supone más margen de maniobra para ir a recoger a los niños sin tener que hacer equilibrios laborales.
La hora de la salida del centro no tiene por qué variar entre los dos modelos —en el caso de la ciudad de Madrid pueden convivir en el mismo barrio centros con distintas jornadas que, si se incluye comedor, alargan hasta las 16:00 horas—, pero Sánchez advierte de que esta uniformidad no está garantizada y hay quienes pueden verse abocados a contratar actividades no necesariamente gratuitas para cubrir huecos, lo que estaría favoreciendo en su opinión que la enseñanza concertada gane terreno.
Por su parte, la responsable del sindicato de profesores ANPE replica que la conciliación no puede pasar por "tener a los niños en un sitio", sino por "tener tiempo por estar con ellos". El peso de la misma, añade, no debe recaer sobre "profesionales de la educación" que no son meros "cuidadores", sino estructurarse a partir de un nuevo modelo de políticas públicas y empresariales.
Y si cambia el horario de los alumnos en función del modelo de jornada que adopte cada centro, también varía el del personal docente y administrativo. María Sánchez, como representante del gremio, subraya que se trata de una mera "recolocación" de las horas, que incluyen una parte de presencia física en el centro y otra de tareas externas, mientras que para la presidenta de ANPE, Carolina Fernández, detrás de todo este debate sí subyace una "reivindicación laboral" de los profesores.
Los efectos sobre las familias vulnerables
Al examinar los efectos de los dos modelos sobre los colectivos vulnerables, sí es más fácil encontrar voces en favor de la jornada partida, pese a que en este caso el sindicato de profesores también asegura que hay tantas realidades sociales como colegios. "Hay colectivos vulnerables que si se van a casa a comer y tienen que volver de tarde, no vuelven", mientras que el alumnado de otros centros "se acopla mejor a la continua", asevera Fernández, apelando de nuevo a la autonomía de cada centro.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) planteó en un informe de 2023 con propuestas para reducir el abandono escolar temprano en España la necesidad de que haya clases tanto por la mañana como por las tardes, en línea con otros países europeos. Se hace eco de una batería de investigaciones que establecen una relación proporcional entre el tiempo transcurrido en el centro educativo y las tasas de aprendizaje y graduación. Según la OCDE, las ventajas pedagógicas y sociales se hacen "más notables" en el caso de los alumnos desfavorecidos.
Una percepción compartida con Save the Children. Su directora de influencia y desarrollo territorial, Catalina Perazzo, asume que “es muy difícil hacer ‘café para todos’” en este tipo de debates y que es necesario siempre atender a las múltiples diversidades, algo que “es más fácil con inversión”, pero se inclina hacia la jornada partida. Apela a mejoras académicas, de bienestar social y de desarrollo socioeconómicos que estarían relacionadas con “el tiempo total que se pasa en la escuela” y avisa de que "los niños más vulnerables” corren más riesgo de quedarse fuera del tren educativo por alguno de estos motivos.
Más consenso y análisis
Desde el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), Óscar Belmonte, especialista en derechos de la infancia, asegura que "no hay evidencia sólida o concluyente" que invite a priorizar un modelo de jornada sobre otro desde el punto de vista estrictamente pedagógico, pero "la evidencia disponible en España sugiere que la jornada escolar partida tiende a favorecer en mayor medida a la infancia vulnerable".
No tanto por el horario o por una "mejora directa del rendimiento", explica, "sino por los servicios y apoyos que habitualmente lleva asociados, como el comedor escolar o las actividades de refuerzo educativo y acompañamiento por la tarde". Aun así, este especialista entiende que "el beneficio real de la jornada puede variar mucho de un centro a otro" y apela al "consenso", teniendo en cuenta "las condiciones, características y contexto específico de cada centro" y "el interés superior del niño".
También la representante de Save the Children echa en falta un mayor nivel de consenso y que las distintas administraciones se esfuercen por examinar la incidencia real de sus políticas, con datos sobre la mesa. "Nos podemos permitir que una política no funcione si luego somos capaces de asumir que fracasa y adoptar otra, basándonos en datos", remacha Catalina Perazzo.