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El mosquito de Da Vinci

  • La directora de El ojo crítico (RNE) nos cuenta cuándo y cómo empezó a leer
  • La bruja Mon y El jardín de las delicias, entre sus primeros libros

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 Varias páginas de uno de los manuscritos de Leonardo Da Vinci
Varias páginas de los Códices Madrid de Leonardo Da Vinci / Biblioteca Nacional de España

Hace algunas semanas una de las restauradoras de la tricentenaria Biblioteca Nacional de España describió en El Ojo Crítico la emoción que sintieron ella y el resto de su equipo cuando, al estudiar al microscopio un manuscrito de Leonardo da Vinci, se encontraron con el cadáver de lo que parecía un mosquito de la época (no pudo confirmarnos ni la especie ni el género).

Ahí lo dejaron, estampado en el papel ¿qué digno cementerio¿, testimonio directo de su tiempo y quién sabe si hasta contenedor del ADN de Da Vinci (la de juego que da el renacentista). A la restauradora le brillaban los ojos al contarlo, y gesticulaba con las manos como si sostuviesen un incunable que manejar con delicadeza y precisión.

Sumergida en su relato, me dejé llevar por mi imaginación y concluí que mi lector electrónico, mi e-reader, jamás podría albergar durante siglos el calor de una tarde de verano entre insectos, que no guardaría ni mis huellas ni la sonora marca de mis lápices al señalar una palabra.

Comencé a "leer" en el ambulatorio

Mi primer recuerdo con un libro no me pertenece exactamente a mí, pues era demasiado pequeña, sino a mi abuela. Me llevó al médico armada con un cuento de pocas páginas, escasas frases, grandes dibujos y tapa dura; nos sentamos en la sala de espera del ambulatorio ("ambulatorio", una de esas palabras sonoras que ya no usamos tanto), abrí aquel volumen¿ y comencé a `leer¿.

La sala de espera se estremeció ante mi deslumbrante precocidad y mi abuela tuvo que explicar que yo era un fraude, que mis únicas habilidades eran la buena memoria y el charloteo, y que el mérito era enteramente suyo: desde hacía semanas, meses, casi años, me leía el mismo cuento cada noche, un cuento de pocas páginas, escasas frases, grandes dibujos y tapa dura.

Mi segundo recuerdo con libro de por medio implica a un inocente lápiz. Mi madre me recomendó leer con uno en la mano para subrayar las palabras que no comprendiese para que las buscase después en el diccionario. ¿El primer término subrayado? "Ademán". Porque¿ ¿qué pintaban los "alemanes" en aquella historia?

Novedades literarias firmadas por mi madre

Con mi tercer recuerdo todos los demás se agolpan. Recuerdo el Día del Libro, en general, que celebrábamos en mi colegio: de pequeños solamente estampábamos manos de colores en cartulinas, eran las precursoras de los futuros poemitas que escribiríamos en los cursos venideros que a su vez eran precursores de los relatos que más tarde dieron origen a mi primer libro.

Escribí un libro con 13 años que por fortuna se habrá perdido, pero aquella experiencia me sirve para comprender la grandeza del editor de Anagrama, Jorge Herralde, por ejemplo, y eso que él no escribe los libros que edita. Yo tuve que escribir, corregir, maquetar, encuadernar y entregar un libro.

Pero más allá de esta experiencia editorial única, lo que más me emociona al evocar aquellos días es repasar los libros que me compró mi madre cada Día del Libro. La tradición era marcharse a casa con una novedad dedicada por ella, con la fecha y el lugar. Recuerdo irme con La bruja Mon y en los últimos años con El jardín de las delicias de Francisco Ayala.

En cada uno de esos libros hay más un deseo que una dedicatoria, el deseo de que continuara leyendo, y aquí estoy, leyendo libros cada tarde en El Ojo Crítico y subrayándolos con lápiz, aunque ya no señalo palabras, sino frases, las que luego leemos en el programa y las que ya quedarán para siempre así, quietas y marcadas como el mosquito de Da Vinci.

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