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Ahmad y Énas, junto a sus dos hijos, componen una de las familias de refugiados sirios que viven en España, en este caso en Cantabria, donde han podido empezar una nueva vida. Son de Damasco, él era contable y ella profesora de matemáticas, pero la guerra en su país les condujo a Líbano donde vivieron cinco años. España ha acogido a cerca de 2.000 refugiados, aunque se ha comprometido a recibir algo más de 17.000.

Los continuos combates en Siria mantienen activo el flujo de miles de desplazados de Raqqa y Deir-ez-Zor, entre ellos miles de menores. Según las informaciones que UNICEF recibe desde el interior de la ciudad de Raqqa, varios miles de niños continúan encerrados en la ciudad, atrapados en plena línea de fuego. Sin acceso por parte de las agencias humanitarias, la ciudad carece por completo de asistencia vital. Los niños y sus familias tienen poca o ninguna agua potable, mientras los alimentos se agotan rápidamente. A medida que el conflicto se intensifica, los niños atrapados en la ciudad enfrentan un riesgo mayor de resultar muertos o heridos. Las partes en el conflicto deben protegerlos y facilitar un pasaje seguro a los civiles para ponerse a salvo.

UNICEF reclama que se permita una salida segura y digna a los menores y las familias que desean abandonar Raqqa. Las partes en el conflicto deben detener la violencia en todo el país y cumplir sus obligaciones legales con los niños. Así se ha expresado Fran Equiza, representante de UNICEF en Siria tras una visita a los campos de Areesha, Ein Issa y Mabrouka, donde he conocido a niños desplazados.

Mónica G. Prieto y Javier Espinosa han escrito 'La semilla del odio', un libro en el que explican cómo la invasión "destruyó el país de la noche a la mañana" y sembró el caos que sigue sacudiendo a Oriente Medio. Un caos que fue terreno abonado para la violencia sectaria que desangró Irak o para el nacimiento de un grupo sanguinario, el autodenominado Estado Islámico.