Día de la Música 2012: Crónica ilustrada

Muerte y resurrección en el Día de la Música

Ampliar fotoCrónica Ilustrada: Día de la Música, segunda jornada

Así es nuestra mirada ilustrada a la segunda jornada del Día de la Música 2012Óscar Giménez

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TXEMI TERROSO 

Pero ya no hay salvación posible. De Madrid... al cielo. Abrazado a un Modelo de respuesta polar me elevo, disparado, hacia la condenación. Y de camino a lo eterno me cruzo con Luis Brea, escondido detrás de sus gafas de sol. Me mira, comprueba que nadie puede escucharle y se inclina hacia mí. En unos pocos segundos me pregunta por Gerardo, me asegura que sí, en efecto, estoy muerto y rehúsa mi oferta de hacer el camino juntos. No, él no piensa subir al cielo porque, igual no me había dado cuenta, es bastante punk.

Así que eso es todo. Bienvenido al primer día (de la música) del resto de tu vida. Asciendo un poco más y me topo con la puerta del recinto y junto a ella una caseta. Dentro David Thomas Broughton se descalza. Hay casetes en sus zapatillas y su voz se pierde por toda la estancia. Crea, genera música pero también hay algo que molesta, algo que sobrecoge, algo que incomoda y que por supuesto atrae. Va y viene sin prestarnos atención, poniéndonos el alma en vilo. Haciéndonos dudar de cuánto hay en él de talento y cuánto de sentido del humor. No le quitamos ojo pero él no parece hacernos caso. Da igual: como portero del cielo no es precisamente útil.

Cuando estoy a punto de sucumbir entra Metronomy bailando, como un trolebús en un quirófano, y manda toda la reflexión a la mierda

Un solo paso dentro y ya las cosas son distintas. Aquí ni a un ángel como Francisca Valenzuela se le permite terminar su show. Es el cielo y no hay tiempo que perder. Los profetas se remangan la túnica y corren en todas direcciones, buscando un escenario distinto. Una oferta mejor. Y casi nadie ve caer a James Vincent McMorrow, sabe dios desde qué altura, soñando con dirigir la selección irlandesa de fútbol. Y en su caída canta como quien espera. Lo que sea, lo que tenga que llegar: un avión que se retrasa, una cita que nunca vendrá, el amor perdido, la esperanza. Cualquier cosa. Su voz es una espiral hundiéndose en la tierra.

Porque esto es el cielo. El bueno, el de las nubes y las buenas almas. No me cabe duda. Lo he sabido al escuchar las trompetas de Fanfarlo y notar cómo se contagia la felicidad a su alrededor. Y también al confundir a la Virgen María con Christina Rosenvinge. Ha sido un momento, la luz que caía de determinada manera sobre su divino rostro. Un desliz. Un segundo. Pero una cosa así sólo podía pasar en un sitio como este.

Y eso que Breton grita de rabia, recién llegado. Clamando por una generación que muere sin tener siquiera una oportunidad

Y por aquí las cosas hace tiempo que no cambian. Y eso lo descubro en cuanto me pego un pequeño paseo. Y encuentro que Spoon lleva tanto tiempo siendo venerado que incluso tiene su propio camerino entre las nubes más blancas. No le hace falta más que unos breves arranques de magia para multiplicar su séquito. O al menos para no verlo reducido. Y un poco más allá, la calavera de San Alejandro Escovedo me mira fijamente desde el porche de su altar. Agita sus alas, que al sol brillan como espuelas, pero en sus ojos no hay delicadeza. Sentado en su mecedora, a su lado descansa un rifle y la guitarra, apoyada en el marco de la puerta, echa humo. Sonríe y sé que en sólo un segundo sería capaz de apuntarme con cualquiera de las dos. Y acertar.

Sigo caminando sin mirar atrás. Encontrando gente que había olvidado. Desconocidos que nunca quise olvidar. Y contemplo a lo lejos a Mercury Rev, paseando solo por el cielo, con su botella de vino y su sierra. Apocado, solitario, cubierto de purpurina. Demonio caído, expulsado del infierno por la luz que le rodea. Humillado en el cielo por la oscuridad que desprende. Doblemente maldito y por esa misma razón, terriblemente atrayente. Se cruza con Breton sin ni siquiera mirarle. Y eso que Breton grita de rabia, recién llegado. Clamando por una generación que muere sin tener siquiera una oportunidad. Proyectando su indignación ante las nubes blancas. Sus gritos ante el silencio blanco.

Spoon lleva tanto tiempo siendo venerado que incluso tiene su propio camerino entre las nubes más blancas

Pero nadie les escucha. Se arremolina la multitud. Crecen los murmullos y se encienden los focos del cielo. Parece que dios está a punto de aparecer y en efecto. Se abren los chubascos y cubierto de una casulla azul cielo, aparece Love of Lesbian. Sin embargo aquí, de cerca, no impresiona tanto. Parece humano. Un tipo normal a quien la gente venera por sus trucos de mago, su voz ronca y sus juegos de palabras. Hay habilidad, es innegable, pero los más críticos aseguran que quizá si centrara menos la atención haría mejores trucos. No lo dudo. Así que me siento a ver el espectáculo y me hago mi propio rincón.

Maxïmo Park me descubre y se sube en mi hombro derecho a darme la bienvenida. “Esta es tu casa”, dice. Una tierra llena de amor y canciones que funcionan. Sin embargo, mientras él habla, desciende sobre mí Apparat, cabeza abajo como un Spiderman enfermo. Huye de su propio infierno, el que esconde este cielo todavía más arriba, sobre nuestras cabezas. Y se enrosca en el hombro que me queda libre rodeado de una nube de ruido y emoción. Quiere llevarme con él a su cielo particular. El cielo de este cielo. Y asciende hacia él tirando de mí hacia abajo. Porque, ahora lo veo claro, el cielo de este cielo está justo debajo de nosotros y no es más que volver al mundo del que vengo. Y sus salvajes tirones pueden más que las agradables palmaditas en la espalda de Maxïmo Park. Y me tambaleo y la vida pelea por volver a mí. Y cuando estoy a punto de sucumbir entra Metronomy bailando, como un trolebús en un quirófano, y manda toda la reflexión a la mierda.

Aquí ni a un ángel como Francisca Valenzuela se le permite terminar su show

Despierto un jueves, en una iglesia, rodeado de Evangelistas. En mitad de una alegre misa. Y lo primero que pienso es que no hay nadie en el mundo que llore mejor a Enrique Morente que Eric Jiménez atizándole a una batería mientras Carmen Linares se arranca las cuerdas vocales de dolor. Así que rezamos nuestras oraciones al genio perdido, me levanto y salimos todos a la calle, a ver qué demonios nos encontramos esta vez… aunque posiblemente sean los mismos demonios de siempre.

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