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Velázquez, el pintor de pintores conquista París

  • El Grand Palais acoge la mayor retrospectiva del artista en 25 años
  • Reúne obras maestras como La Venus del espejo y La fragua de Vulcano
  • Repasa la trayectoria del maestro que Manet bautizó como "pintor de pintores"

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'Venus del espejo' (1647-1651). Diego Velázquez. Londres, The National Gallery. © NATIONAL GALLERY OF LONDON / © NATIONAL GALLERY OF LONDON

"Lo que más me fascinó de España, lo que por sí solo ya merece el viaje, es la obra de Velázquez. Es el pintor de los pintores". Así expresaba Édouard Manet la fascinación que ejerció en él la contemplación de la obra del artista sevillano en su viaje a España en 1865, y que causaría una gran influencia en su trabajo y en el de todos los pintores impresionistas.

Pese a las palabras de admiración del pintor francés hacia el maestro universal de la pintura, Francia tenía una deuda pendiente de siglos con Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), del que jamás se había realizado una exposición monográfica. Llega el momento de saldarla. Y con honores: los Campos Elíseos de París, la "avenida más hermosa del mundo", como gusta decir a los franceses, y escenario de los acontecimientos históricos galos más importantes, acogerán desde este miércoles 25 de marzo al 13 de julio la exposición Velázquez.

Ubicada en el Grand Palais y organizada por la Reunión de Museos Nacionales Franceses junto al Museo del Louvre, se trata de la mayor retrospectiva dedicada al pintor sevillano en 25 años, desde la impresionante antológica que realizó el Museo del Prado en 1990 y que reunió tres cuartas partes de los cuadros del artista. Un pequeño aperitivo pudo verse en el Kunsthistorisches Museum de Viena el pasado octubre, pero es París la que ha logrado juntar 51 cuadros de Velázquez -119 reúne en total la muestra-, muchos de ellos gracias a la "generosa" colaboración del Prado, el mayor poseedor de obra del que fuera pintor de cámara del rey Felipe IV.

Paliando en parte uno de los debes históricos del considerado museo más importante del mundo, el Louvre -que no posee ningún Velázquez-, la exposición reúne préstamos excepcionales como La fragua de Vulcano (1630), de la pinacoteca madrileña, La Venus del espejo (1647-1651), de la National Gallery de Londres, o el espectacular Retrato del papa Inocencio X (1650), de la Galleria Doria Pamphilj de Roma. También incluye las primeras obras que se conservan del artista sevillano, como Los tres músicos (1617-1618) y El almuerzo (1618), o las últimas que pintóLa infanta Margarita (1659) y El príncipe Felipe Próspero (1659), así como las últimas atribuciones, como La educación de la Virgen (1617), descubierta en un sótano de la Universidad de Yale en 2010 y que pudo verse hasta enero en Sevilla, a donde regresó 400 años después de ser pintada.

Esta y otras atribuciones recientes también se incluyen en la reedición de la editorial Taschen de Velázquez. La obra completa (416 páginas, 99,99€), que actualiza el Velázquez. Artista y creador, catálogo razonado de su obra, de José López-Rey, el mayor experto mundial en el pintor barroco y obra de referencia internacional, que coincide en el tiempo con estas retrospectivas sobre la figura clave del Siglo de Oro español. Se convierte así en guía sin par para la muestra.

De genio temprano a pintor del rey

Con el objetivo de presentar un "panorama completo" de la obra de Velázquez, la exposición del Grand Palais está organizada de forma cronológica. Arranca con un apartado dedicado a los años de formación del artista sevillano, que a los 12 años fue confiado al pintor Francisco Pacheco -varias de la pinturas del que en 1618 se convertiría en su suegro también están en la muestra, junto a esculturas de Alonso Cano y Juan Martínez Montañés-. Allí recibió las primeras influencias del caravaggismo, entonces quintaesencia de la modernidad, aunque a quien realmente admiró Velázquez toda su vida fue a Tiziano.

En esta sección de la exposición pueden contemplarse también los bodegones que le aportarían temprana fama al andaluz, con apenas 18 años ya convertido en "el joven maestro del bodegón", como le denomina López-Rey, y con muchos imitadores. Como decíamos, las dos primeras obras que han llegado a nuestros días del sevillano son dos bodegones, Los tres músicos (1617-1618) y El almuerzo (1618), género que en aquel momento incluía la representación de gente del pueblo llano, personajes en los que ya empieza a atisbar la expresividad que dominó el maestro.

En 1622, y gracias a los contactos de Pacheco y Francisco de Rioja con el conde duque de Olivares, Velázquez hizo su primera visita a la Corte en la que empezaba reinado Felipe IV. El retrato de Don Luis de Góngora y Argote (1622) -también presente en la muestra- fue la carta de presentación de Velázquez en Madrid, que dejó a todos boquiabiertos por la "impresionante semejanza" de retratado y modelo. Mientras, el interesado disfrutaba en El Escorial de maestros como El Greco.

En un segundo viaje a Madrid, el retrato de Juan de Fonseca que portaba bajo el brazo, le sirvió para que le fuera encargado su primer retrato de Felipe IV -obra hoy desaparecida-, quien quedó tan satisfecho que el 6 de octubre de 1623 hizo a Velázquez entrar a su servicio oficialmente. Tenía 24 años y su maestría como retratista le auguraba un gran éxito en la Corte.

Encuentro con Rubens y primer viaje a Italia

En 1628, Rubens pasó varios meses en Madrid para realizar, entre otras misiones, varios retratos de Felipe IV, y Velázquez no se separó de él. Fruto de su admiración por el pintor flamenco, son las obras El triunfo de Baco (1629) y Demócrito (1627-1638), también expuesto en París.

Inmediatamente después, Velázquez realizaba su anhelado primer viaje a Italia (desde agosto de 1629 a enero de 1631), donde pudo disfrutar en el Vaticano del arte de Rafael y Miguel Ángel -hizo varios dibujos de El juicio final no conservados- y, sobre todo, del de su admirado Tiziano, al que definió como "el padre de la libertad creativa".

En este primer viaje, al que está dedicado un apartado de la sección 'Velázquez pintor del rey', ejecutaría La fragua de Vulcano y La túnica de José (1630) -incluidas en la exposición-, en las que ya se aprecia una mayor profundidad y una paleta más rica y luminosa. De hecho, el dominio de la técnica del color como medio de expresión es una de las características fundamentales de Velázquez. De sus contemporáneos, solo Rembrandt podía equiparársele.

En Italia, Velázquez también pintó algunos paisajes, como los de villa Médicis, género poco explorado en la carrera del sevillano que aborda la muestra.

A su regreso a Madrid, el rey Felipe IV le esperaba ansioso para que realizara el retrato de su primer varón, el príncipe Baltasar Carlos, al que el Grand Palais dedica otra sección que se abre con ese cuadro, El príncipe Baltasar Carlos con un enano (1631).

Los enanos y bufones de la Corte fueron motivo recurrente también en la obra del sevillano, que los retrató como nadie: "Bien es verdad que Velázquez derramó lo más misterioso de su arte sobre los enanos, idiotas y bobos, que retrató como si fueran dioses o, más bien, como seres en los que lo divino resplandece", escribía en 1989 de su paisano la filósofa y ensayista malagueña María Zambrano.

Los retratos de los bufones Pablo de Valladolid (1635) y Juan Calabazas (1632) demuestran en la exposición el naturalismo que otorgaba el sevillano a estos animadores de la Corte, alejándolos de cualquier atisbo burlesco.

Un tercer apartado de esta parte de la muestra está dedicado a las 'Mitologías', donde se incluye el cuadro que muestra el que el Grand Palais define como "el cuello más hermoso de la historia de la pintura", el de La Venus del espejo (1644-1648), la joya de la National Gallery, con los contrastes tan característicos del maestro entre pincelada suelta y espesa. Su modelo parece ser la misma que utilizó en La coronación de la Virgen (1645), aunque en uno muestra la belleza terrenal y en otro la celestial.

El alma del retratado

La tercera gran sección de Velázquez está dedicada al género del retrato, que el maestro barroco dominó como nadie con su "habilidad para captar el parecido, penetrar y reproducir, junto con los rasgos del rostro, el fondo del alma que se reflejaba en él", en palabras del crítico de arte Théodore de Wyzema.

Esa maestría la puso al servicio de su rey, un Felipe IV al que en palacio le gustaba acudir a ver cómo pintaba el artista en su estudio y que fue ascendiéndole en la Corte a lo largo de los años -en 1643 era ayudante de cámara del rey, aunque hace cuatro siglos también eran habituales los retrasos en los pagos en la administración-. Velázquez jamás retrató de manera ostentosa al monarca, ni tampoco alegóricamente, sino que transcribía al lienzo "su naturaleza augusta", en palabras de López-Rey. Entre los retratos del rey que se exhiben en París, otra joya, el Retrato de Felipe IV del Museo del Prado datado en 1654 y que se considera el último que pintó del monarca, exceptuando Las Meninas.

Otro tesoro cedido por el museo madrileño para la exposición es el Retrato de Juan Martínez Montañés (1635), en el que pueden apreciarse las partes simplemente esbozadas en el lienzo que solía dejar el maestro sevillano y que propiciaron el debate sobre si eran cuadros inacabados, aunque su aplicación también a otras composiciones religiosas o mitológicas han permitido concluir que utilizó esa 'imprecisión' como medio de expresión. Esa técnica de confrontación de "terminado/esbozado" en un mismo cuadro sería la que copiarían los impresionistas del "pintor de pintores".

Mirar un cuadro - El escultor Juan Martínez Montañés (Velázquez)

Segundo viaje a Italia: el papa humano

El 21 de enero de 1649, Velázquez zarparía desde Málaga hacia Génova para realizar su segundo viaje a Italia, en el que tenía encomendada la misión de adquirir varias obras de arte para la colección de Felipe IV.

Allí realizaría uno de los cuadros más impresionantes de la historia del arte, el Retrato del papa Inocencio X (1650): "Este retrato del papa  constituye al mismo tiempo una de las evocaciones más potentes de una persona y de su personalidad que Velázquez logró en toda su vida, incluidos los retratos de su modelo más frecuente, el rey Felipe IV. Ninguna reproducción consigue transmitir tan bien el impacto casi físico del cuadro original de este hombre severo, viejo y feo sentado en un enorme sillón", escribía la historiadora de arte Enriqueta Harris en 1982.

El asombroso lienzo de la Galleria Doria Pamphilj de Roma, que puede disfrutarse en la exposición, causó tal impacto entre los pintores contemporáneos y posteriores que se copió en infinitas ocasiones -Francis Bacon realizó hasta 40 interpretaciones de esta obra-, incluso el mismo Velázquez se hizo una réplica para él que se llevó consigo a Madrid y que permaneció en sus aposentos hasta su muerte. La maestría del lienzo también dejó satisfecho al retratado, el papa Inocencio X, que le regaló al artista una medalla de oro y que luego apoyaría su candidatura para poder ingresar en la Orden de Santiago.

Las Meninas, ausentes presentes

Tras regresar de Italia en junio de 1651, Velázquez sería nombrado gran aposentador de Palacio, tareas que le fueron restando tiempo para pintar, aunque a esta etapa corresponden dos de sus obras maestras, Las hilanderas (1657) y Las Meninas (1656-1657), cuadro este último que el barroco Luca Giordano definió como "teología de la pintura".

Obviamente, La familia de Felipe IV (Las Meninasno está en la exposición de París, por lo que el Grand Palais se disculpa pero aclara que jamás se les ocurrió pedir su préstamo al Museo del Prado porque "más que un cuadro, Las Meninas son un monumento", un "monumento del arte, de la historia, un monumento español" que debe ser visitado en Madrid. "Las Meninas estarán ausentes, pero estarán presentes en nuestras cabezas y en nuestros corazones", defiende el museo parisino. En su lugar, se exhibirá la copia de Las Meninas (1660) atribuida a su yerno, Juan Bautista Martínez del Mazo, que pudo verse en el Prado en 2013 en la exposición Velázquez y la familia de Felipe IV.

Precisamente a Martínez del Mazo está dedicada la última parte de la exposición. Aunque existen dudas sobre si llegó a pertenecer oficialmente al taller del maestro sevillano, fue el pintor que más se acercó a su estilo, aunque siempre supo mantener una personalidad propia.

Los últimos Velázquez incluidos en la exposición son los cuadros de La infanta Margarita (1659) y El príncipe Felipe Próspero (1659), últimas obras que se considera que pintó el artista sevillano antes de fallecer el 6 de agosto de 1660, solo unos meses después de lograr su ansiado ingreso en la Orden de Santiago.

Manet, Bacon, Renoir, Degas, Picasso... son, y serán, innumerables los genios de la pintura inspirados por el maestro barroco, del que López-Rey subraya que, "no solo fue un testigo de su tiempo, sino un verdadero creador".  "Por este motivo, su obra -en la que representó con igual sensibilidad a personas divinas, reyes, aristócratas, enanos, artistas, hombres y mujeres del pueblo llano, creencias religiosas, escenas mitológicas y acontecimientos humanos de todo orden- se mantiene viva, única y universal, a lo largo del tiempo y de la historia, hasta nuestros días", concluye López-Rey. 

El Grand Palais permite ahora disfrutar de ella de una manera excepcional. París, al fin, se rinde a Velázquez.

Fue Informe - Reencuentro con Velázquez (1999)

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