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Días de cine: Cuarenta aniversario de la muerte de John Ford

40 años sin John Ford, el mejor director de la historia del cine

  • Es el director más galardonado de la historia del cine, con cuatro Oscars

  • Dirigió casi 150 películas, muchas de ellas obras maestras

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No recuerdo cuando fue la primera vez que vi una película de John Ford. Me pasa lo mismo con Chaplin o Hitchcock. En realidad, creo que es porque sus películas siempre han estado ahí, en mi memoria, desde niño. Soy “fordiano” (y chaplinesco, y hitchcokiano) desde hace muchos años. Sus películas me emocionan profundamente por ese “algo” que las hacen personales e intransferibles. Recuerdo que cuando iba a la facultad, el mundillo de estudiantes se dividía entre los que les gustaba John Ford y los que les gustaba Bergman. Nunca entendí esa manía de elegir. A mí me gustan los dos (curiosamente, Bergman consideraba a Ford el mejor director, y Ford consideraba a Bergman un grandísimo director). Tampoco he entendido nunca esa necesidad de elegir entre Chaplin y Keaton, o entre Beatles y Rolling. ¿Porqué elegir si puedes tenerlos a todos?.

De John Ford aprendí eso que en el universo fordiano se conoce como “La gloria en la derrota”. La dignidad de los humildes ante la adversidad. Que la gente sencilla es siempre mejor que los poderosos. Que una familia es mejor que uno solo, y que una de las cosas más dolorosas es perderla. Que la infancia es un terreno lleno de nostalgia, y que en los horizontes del oeste se forjan las leyendas para imprimirlas.

Este 31 de agosto se cumplen 40 años de la muerte de John Ford, ese irlandés vocacional nacido en Maine en 1894. Decir de alguien que es el mejor en su oficio es tan difícil como arriesgado. Decirlo de John Ford lo es bastante menos.

Entre los años 1917 y 1966 John Ford rodó, según registros oficiales, 144 películas. Una cifra que está a años luz de lo que hoy día puede hacer cualquier director, y sólo al alcance de aquellos que identificamos como “pioneros”. Hitchcock, por ejemplo, rodó 51 películas en su carrera.

Numerosas obras maestras

Lo cierto es que la obra de John Ford está plagada de obras maestras como en la de ningún otro, y además, de películas de esas que solemos calificar como “menores” pero que en realidad, no lo son en absoluto, tratando todo tipo de temas: comedias, dramas, de guerra, históricas, sociales, y por supuesto, westerns. Una obra que parece, y es, inabarcable, y así ha sido para el reportaje que he tenido la suerte, el privilegio, y el enorme placer de hacer esta semana en Días de Cine. Tirarse al agua a hacer un recorrido ortodoxo, en 12 o 13 minutos, por su filmografía hubiese sido algo condenado al fracaso, por ello elegí hacer lo que consideré “una evocación sentimental”, apelando a esas sensaciones que me acompañan “sentimentalmente” desde hace años.

Una cosa es cierta: El misterio de la fuerza de su en apariencia sencilla forma de contar sigue siendo inaprensible en una obra que podría calificar sin duda ninguna Micheleen O´Flynn en El hombre tranquilo, con aquellas dos palabras: “Impetuous”, “Homeric”.

John Ford acabó yendo a Hollywood de la mano de su hermano Francis. Hay toda una historia en esa historia. Francis tenía cierto nombre en aquella remota fábrica de sueños en los tiempos en los que Griffith había sentado las reglas del juego. Ford, Jack por aquel entonces, empezó de “property master”, o sea, artrezzista, pero pronto empezó a dirigir. Era finales de 1916, y tenía 19 años...

Obviamente, el mundo del cine ha cambiado mucho desde que Ford llegara a Hollywood de la mano de su hermano Francis, quien sería director antes que su hermano, y luego, años más tarde, actor secundario recurrente en muchas películas, aunque eso, ya he dicho, es otra historia. De modo que, primero como Jack Ford, y luego ya como John, Ford, el hermano menor de Francis, llevaba a sus espaldas más de 50 películas cuando rodó la epopeya sobre la construcción del Ferrocarril que fue El caballo de hierro, su primera obra maestra.

Todo lo que conocemos o entendemos los cinéfilos como “Fordiano” estaba ya allí, en Iron Horse, y no solo por su capacidad para retratar como nadie los espacios abiertos, los indios o Lincoln, una figura recurrente en sus películas, sino ante todo, y sobre todo, por su transparencia narrativa.

Su primer Oscar

Dijo en una ocasión Truffaut (en su prólogo del libro de Hitchcock) que si el cine perdiera de repente el sonido, tan sólo dos directores serían capaces de sobrevivir sin él: uno era Hitchcock, y el otro, claro, Johh Ford, quien, cuando llegó el sonoro lo adoptó como algo sin mayor trascendencia, como haría después con el color o el formato panorámico. Y a pesar de lo cual, diría en una ocasión: “cualquiera puede hacer una película en color, pero se necesita ser un verdadero artista para hacerla en blanco y negro”. Y por supuesto, tenía razón

Lo cierto es que, en el cine sonoro Ford siguió rodando una película tras otra. De aventuras, melodramas, comedias....Ya desde sus comienzos, los cinéfilos (por favor, que nadie se asuste de la palabrota) pueden (podemos) seguir su filmografía, entre otras muchas maneras, por los guionistas con quienes trabajó: Duddley Nichols, Lamar Troti, Nunnaly Johnson, o Frank Nuggent, cada unos de los cuales, aportaba un determinado tipo de historias...

Para cuando ganó su primer Oscar por El delator en 1935, una película bellísimamente fotografiada y un ejercicio de estilo visual, lleno de luces y sombras, sobre ese “informer” del título, Gypo Nolan (un excelente Victor Mclaglen) que delata y traiciona a un compañero en la lucha contra el enemigo británico para luego atormentarse por ello. Pero antes ya había rodado el melodrama Dr. Arrowsmith, o la la comedia picaresca El Juez Priest, con su buen amigo Will Rogers, de la cual haría casi 20 años después una especie de remake que sería una de sus películas favoritas. La deliciosa, entrañable y humana The Sun Shine Bright, o sea, El sol siempre brilla en Kentucky

En Prisionero del odio Ford contaba la historia, trágica, del médico que atendió a John WIlkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln, sin duda una figura recurrente en sus películas. Le habíamos visto ya en El Caballo de Hierrro, y después le veríamos en ese emotivo retrato de la juventud del futuro presidente en una película que era favorita de S. M. Eisenstein, y en la que podíamos ver alguno de los muchos emotivos (siempre ejemplares) momentos fordianos ante la tumba de un ser querido...

El hombre que hacía películas del oeste

John Ford, el hombre que hacía películas del oeste, llevaba muchos años por aquel entonces sin hacer ninguno. La Diligencia aún estaba lejos. Maria Estuardo fue un drama histórico más recordado por su tormentosa historia de amor con Katherine Hepburn, y La mascota del regimiento. Con Shirley Temple y Victor McLaglen, una divertida adaptación de una novela de Rudyard Kipling, o Huracan sobre la isla una película de aventuras exóticas...

En el documental The american West de John Ford, de Dennis Sanders, John Wayne recuerda la primera vez que Ford rodó en Monumental Valley. Es primera vez le llevó con él (por vez primera). Y fue entonces cuando llegó La diligencia, la quintaesencia de lo que ha de ser una película del oeste, su primer encuentro con John Wayne, y una historia perfecta perfectamente rodada, basada en el relato Diligencia para Lordsburg que a su vez se inspiraba en Bola de Sebo de Guy de Maupassant.

A una presentación ejemplar de unos personajes tan arquetípicos como inolvidables, el jugador, la prostituta, la señorita, el comerciante de licor, el banquero corrupto, el médico borracho, y un fugitivo de la ley, (además el mayoral y su ayudante) se unía una música que permanece en la memoria para siempre, una fotografía luminosa, y algunos momentos irrepetibles, como esa parada de la diligencia por parte de Ringo Kid. La sorprendente perfección formal de la narración se desbarataba en la famosísima secuencia de la persecución de la diligencia por los indios, en la que Ford elegía saltarse todas las convenciones que dicta la ortodoxia.

Cine comprometido

Es curioso como alguien a quien años más tarde algunos desorientados (por decirlo suavemente) llamarían "fascista" filmó algunas de las películas más comprometidas socialmente de la historia, las emotivas e indispensables, Las uvas de la Ira, Que verde era mi valle(su segundo y tercer óscar respectivamente) y La ruta del tabaco. Si la primera (basada en la novela de John Steinbeck) estaba ambientada en el éxodo de los campesinos de Oklahoma acuciados por la gran depresión, la segunda en las minas de Gales, y la tercera, bajo la forma de una comedia bufa, en el fin de una familia pobrísima de granjeros, en realidad, en las tres estaba omnipresente la destrucción del núcleo familiar como unidad vital.

Como tantos otros cineastas y actores de Hollywood, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Ford quiso poner su granito de arena. Dos Oscar dan fe de su buen hacer al servicio del departamento de propaganda por dos estupendos documentales: 7 de diciembre co-firmada con Gregg Toland, presente con su cámara en el bombardeo japonés a Pearl Harbour, y la emotiva y elegíaca La batalla Midway. En el terreno de la ficción, De aquella guerra también surgió una película sobre una vieja torpedera y su tripulación, todos ellos prescindibles, (el título original era They were expendables) pero que acabarían siendo importantes en la batalla contra los japoneses. En ella trabajó como guionista con Frank “Spig” Wead, exaviador accidentado, y amigo del alma con el tiempo, a quien dedicaría años después un entrañable biopìc en el que su amigo Ward Bond interpretaría a Ford (como John Dodge) en presencia de los Oscar genuinos del director. Delante de las cámaras, otro amigo, John Wayne, y la siempre luminosa Maureen O´Hara.

El oeste de John Ford

La guerra terminó, pero la caballería, el ejército seguía, esa otra gran familia fordiana donde hombres sencillos se recogen al calor de algo más grande que ellos y que les protege. Ejemplar su nunca oficial "trilogía de la caballería", Fort Apache, La legión invencible, y Rio grande.

Puede que Ford no hiciese sólo películas del oeste, o que estas no fuesen las más premiadas y reconocidas, pero un western de Ford es algo distinto: En el oeste, la leyenda es la que se imprime. Eso, que veíamos ya en el final de Fort Apache, se verbalizaba en El hombre que mató a Liberty Valance, el western sobre el final del western con aquella famosa frase: “Este es el oeste, y cuando la leyenda se convierte en realidad, se imprime la leyenda”.

En el oeste de John Ford, un coronel al que le quedan cuatro horas de servicio activo antes de jubilarse puede ordenar a un soldado que se presente voluntario para una misión no demasiado ortodoxa, o a un director de fotografía (Winton C. Hoch) se le exige filmar en plena tormenta aunque pusiera en la claqueta "protesto" y ganara un Oscar por ello. Las dos cosas ocurrían en La legión invencible, una delante de las cámaras, y la otra detrás.

En el oeste de John Ford, Wyatt Earp (Henry Fonda) pacifica la ciudad de Tombstone poniendo a ralla a los Clanton y a la figura trágica de Doc Holiday, pero se azara con la hermosa Clementine, o le habla a su hermano asesinado en una escena fordiana pro excelencia filmada tras dar Ford por terminado el rodaje por su productor Darryl Zanuck.

En el oeste de John Ford. la historia de una caravana de mormones, Wagonmaster, una película humilde y de bajísimo presupuesto, puede convertirse en la película favorita del director, y dar lugar a una serie de televisión, Caravana medio en el que había debutado en 1955 con Roockie of the year.

En el Oeste de John Ford, un hombre, Ethan Edwards, puede aparecer desde el horizonte en unos de los más bellos comienzos de la historia del cine, para volver al hogar familiar, y emprender una enloquecida búsqueda durante años de su sobrina Debbie tras ser asesinada su familia.

En el oeste de John Ford, un Oficial de la Caballería, John Wayne puede lamentar una matanza, y un médico recordarle que en cada profesión va lo que cada uno ha elegido. Era Misión de audaces

Y en el oeste de John Ford, un hombre cínico y descreído puede preferir enfrentarse a los Indios antes que al matrimonio. Eel ejército puede ser el hogar del soldado negro, el sargento Rutledge, y John Ford puede hacer una película como Cheyenne Autum (El gran combate), que es un homenaje sentido y debido al pueblo indio...

Sus otras obras maestras

Y nos queda aquel bistec recogido del suelo por Ramson Stoodard, el Oeste que llega, entre las miradas de piedra de Tom Doniphon y Liberty Valance, el Oeste que se va. Y también esa película que es un cuento sobre la infancia perdida y soñada, sobre las tradiciones, sobre los hombres y las mujeres, católicos y protestantes, que es El hombre tranquilo, su cuarto Oscar. Y aquel cazador que se enfrentaba a Kelly, Ava Gardner, y a Grace Kelly en Mogambo. Ford eligió, seguramente sin saberlo, para despedirse una historia de mujeres, en una película que evoca necesariamente a Kenji Mizoguchi: Anne Bancroft era una mujer descreída que sin embargo se sacrificaba por los demás en 7 mujeres, su última película y una de las más hermosas...

Tuvo tiempo Ford antes de irse de mostrarnos el futuro de los políticos en televisión (y algunas cosas más) en El último Hurra o como un político marrullero y tradicional, pero honesto, o casi, Skeffington, (Spencer Tracy), deja paso al futuro en forma de un petimetre jovenzuelo que le ganará las elecciones.

En fín, podría hablar también de los maravillosos personajes secundarios que pueblan sus películas, su hermano Francis, Ben Johnson o Harry Carey, padre e hijo. De la "troupe" de actores estable de John Ford, de sus canciones y sus bailes, de su humor socarrón, de las peleas y del whisky en sus películas, de hombres y mujeres honestos y de mirada limpia,como Ma Joad y su hijo Tom, de Angharad y su velo al viento y de su familia, los Morgan, y de lo verde que un día fue su valle, y de Marty Maher y Mary O´Donell en esa maravillosa película que es Cuna de héroes, Ah, y del sargento Quincanon, un borrachín (como Micheleen O´Flynn) y el Padre Lonergan, ese amigo del alma que fue también Ward Bond, y siempre, por supuesto, de Sean y Mary Kate, y de tantos y tantos otros personajes inolvidables que pueblan el universo de John Ford, el hombre que decía que hacía películas del oeste.

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