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Los 7 pecados capitales de los debates de EE.UU.

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Las claves de los debates electorales

Los debates electorales marcan la última y decisiva fase de la campaña presidencial en Estados Unidos, en la que el republicano Mitt Romney debe remontar la ligera ventaja que el actual presidente, Barack Obama, le lleva en las encuestas.

Desde la famosa imagen de Nixon sudoroso ante las cámaras frente a un Kennedy joven y exultante hasta los suspiros de sabelotodo de Gore ante un Bush cercano, la imagen que los candidatos proyectan ante una audiencia de millones de personas puede cambiar dramáticamente el resultado electoral.

Por eso, en este caso Obama tendrá que dejar de lado su habitual tono frío y doctoral para no dilapidar los escasos puntos que le lleva a su rival en los sondeos mientras Romney deberá lanzarse al ataque sin descuidar su lengua y repetir otras meteduras de pata anteriores que le pondrían casi imposible llegar a la Casa Blanca.

Para conseguir su objetivo, ambos candidatos deben aprender del pasado los siete 'pecados' capitales que no deben repetir.

Primer pecado: Descuidar la apariencia

Buena parte de los manuales de comunicación política sobre los debates televisados arrancan en el mismo momento: los decisivos debates entre el vicepresidente republicano Richard Nixon y el senador demócrata John Fitzgerald Kennedy en la carrera hacia la Casa Blanca en 1960.

El contraste entre el joven, seguro y apuesto Kennedy frente al cansado, desmaquillado y sudoroso Nixon ha hecho correr ríos de tinta respecto al nacimiento de la era de la telegenia política, donde el contenido del mensaje no es tan importante como la forma en que se transmite e incluso detalles aparentemente sin importancia, como el color del traje del candidato, que hizo que el republicano se confundiese con el fondo del plató.

La prueba de hasta qué punto la apariencia importa es que en los cuatro "grandes debates" de Kennedy y Nixon se centraron en temas que nadie recordará -por ejemplo el plan de China para dos pequeñas islas del Pacífico, tal y como señalaThe Christian Science Monitor- pese a que existe el consenso mediático de que fueron decisivos para desequilibrar la igualada contienda electoral.

En cierto sentido sí que lo fue: Kennedy, hasta entonces casi un desconocido frente a Nixon, consiguió darse a conocer ante una audiencia de casi 70 millones de personas y disipar las dudas que generaba su juventud y su confesión católica.

Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que su victoria no fue tan arrolladora, dado que Nixon fue el vencedor para los oyentes de radio en un momento en que la televisión no estaba tan extendida en los hogares.

Según explica el profesor de la Northeastern University Alan Schroeder en su libro Debates presidenciales: 40 años de televisión de alto riesgo, esto prueba que la metodología para hablar de una victoria de Kennedy fue, cuanto menos, limitada y poco rigurosa, reflejo del "enfoque superficial que los medios de información de los 60 tuvieron hacia la historia de la redacción de la audiencia".

Sea superficial o no, esa visión tuvo su consecuencia en elecciones posteriores: Nixon ganó en 1968 y 1972, pero se negó a debatir con sus rivales demócratas.

Segundo pecado: Negar la evidencia

El siguiente debate televisado fue el del sucesor de Nixon, Gerald Ford, que al contrario que su predecesor se empeñó en enfrentarse con su rival demócrata, Jimmy Carter, para remontar en las encuestas.

Lo estaba consiguiendo a duras penas cuando en el segundo debate, celebrado el 6 de octubre de 1976, respondió a la pregunta del periodista del New York Times Max Frankel: "No hay dominación soviética en Europa del Este y no lo habrá bajo un gobierno de Ford".

Extrañado, Frankel le repreguntó si realmente creía que la URSS no estaba usando "Europa del Este como su propia esfera de influencia" pese a que hubiese tropas rusas en la zona.

Ford no solo no rectificó sino que fue más allá: "No creo, señor Frankel, que los yugoslavos se consideren a sí mismo dominados por la Unión Soviética. No creo que los rumanos se consideren dominados por la URSS. No creo que los polacos se consideren dominados por la URSS. Cada uno de esos países son independientes, autónomos: tienen su propia interigridad territorial y Estados Unidos no aceptar que estén bajo la dominación de la URSS".

Probablemente el presidente de EE.UU. quería expresar que todos esos países se sentían independientes de Moscú aunque estuviesen bajo su área de influencia, pero lo cierto es que los medios de comunicación lo vieron como una declaración errónea que frustró su remontada. Al final se quedó a dos puntos de Carter y perdió la Casa Blanca.

Tercer pecado: Perder el sentido del humor

Cuatro años después, Carter se encontró con un rival mucho más duro: el por aquel entonces gobernador de California, Ronald Reagan, antiguo actor de Hollywood y un verdadero maestro delante de las cámaras.

El presidente dudó hasta el final consciente de lo apretado de la carrera pero en última instancia aceptó enfrentarse a Reagan en Cleveland, una cita de la que saldría como auténtico perdedor, encajando una de las mayores derrotas de un presidente en el cargo.

Carter sabía que tenía que salir al ataque y trató de acorralar a reagan respecto a su oposición inicial a la legislación de Medicare, el servicio de salud público para los que no pueden permitirse uno privado.

"Aquí viene otra vez", ironizó Reagan ganándose a la audiencia. Luego supo ponerse serio a tiempo para lanzar la pregunta final que mató la campaña de Carter y que ahora Romney ha tratado de rescatar con Obama sin demasiado éxito: "¿Estáis mejor ahora que hace cuatro años?".

El presidente usó la misma ironía para llevarse de calle las elecciones de 1984, en las que partía ya con una considerable ventaja sobre Walter Mondale, el que fuera vicepresidente con Carter.

Mondale le planteó si no era demasiado viejo para un segundo mandato a sus 73 años de edad y su respuesta fue tan perfecta como concluyente: "No voy a convertir la edad en un tema de campaña. No explotaré por motivos políticos la juventud e inexeperiencia de mi oponente".

Cuarto pecado: Privilegiar la razón a las emociones

El sucesor de Reagan fue su vicepresidente, George H. Bush, que ganó también con comodidad frente a un candidato demócrata carente de gancho popular, en este caso el gobernador de Massachussetts, Michael Dukakis.

El momento decisivo fue la pregunta del moderador del segundo debate, Bernard Shaw, cuando abrió el programa con una pregunta controvertida a Dukakis sobre su rechazo a la pena de muerte: "Gobernador, si Kitty Dukakis fuese violada y asesinado, ¿estaría usted a favor de una pena de muerte irrevocable para el asesino?".

"No, Bernard. Y creo que sabe que me he opuesto a la pena de muerte durante toda mi vida. No veo ninguna prueba de que sea una disuasión y creo que hay formas mejores y más efectivas para lidiar con los crímenes violentos", respondió de manera aséptica para detallar a renglón seguido las medidas que él mismo había tomado en ese sentido.

Pese a sus argumentos racionales, su valoración bajó siete puntos al considerar la mayoría de los televidentes que su respuesta fue fría e insensible.

"Dukakis pareció nervioso y en vez de decir 'Lo mataría si pudiese tenerlo en mis manos'  tuvo una respuesta que pareció políticamente correcta y eso le dañó", diría en una entrevista en 2008 su rival, George H. Bush, que lograría una victoria arrolladora en 40 de los 50 estados en liza.

Quinto pecado: Querer estar en otro sitio (y que se te note)

Los debates electorales del año 92 marcaron un hito por sus audiencias millonarias y ser los primeros en los que hubo tres participantes, ya que entre Bush y Clinton se coló el multimillonario Ross Perot, que les robó buena parte del protagonismo.

De hecho, una de las frases más memorables fue la respuesta de Perot a Bush, que le acusaba de falta de experiencia: "No tengo ninguna experiencia en tener una deuda de cuatro billones de dólares, no tengo ninguna experiencia en un gobierno atascado donde nadie toma responsabilidad por nada y todo el mundo culpa a los demás".

Pero para Bush, que luchaba contra dos contrincantes, su peor momento fue un gesto 'robado': las dos ocasiones en las que miró el reloj en el segundo debate, celebrado en Richmond (Virginia).

El gesto fue tomado por algunos medios como símbolo del desinterés de Bush por los temas domésticos, especialmente la economía, frente a conflictos internacionales como la primera guerra del golfo o la caída de la URSS.

"Tomaron un pequeño incidente para mostrar que yo estaba fuera de allí", reconoció luego Bush en la misma entrevista con el reportero de la PBS Jim Lehrer, que moderará el primer debate Obama-Romney.

Sexto pecado: Ser el más listo de la clase (y no ocultarlo)

Tras ocho años de Bill Clinton -que salió relativamente indemne de sus debates electorales- su vicepresidente, Al Gore, y el hijo de Bush, George W.Bush, se enfrentaron en unas elecciones ajustadísimas en las que el primero ganó por votos y el segundo se llevó la Casa Blanca por una polémica decisión de los tribunales de Florida.

Con todo, Gore desperdició un buen rebote en la convención demócrata por su actitud en el primer debate, que marcaría el resto.  Sus suspiros y sus ojos en blanco en desaprobación de lo que decía Bush, junto con un cierto aire despectivo, labraron una imagen de prepotencia de la que luego no podría desprenderse.

"Se juzgó a Gore como el claro perdedor en el debate, básandose casi por completo en su lenguaje corporal y no en lo que realmente dijo", recordó Lehrer en su libro "Tension city".

Con su estilo campechano, Bush hijo supo ganarse a la audencia retratando a su rival como el típico empollón que es el más listo de la clase.

"Si somos un país arrogante, seremos percibidos como tal, mientras que si nos mostramos humildes, seremos respetados", apostilló.

Séptimo pecado: Respetar al rival y no resultar condescenciente

El último debate que ha marcado las elecciones estadounidenses no se produjo en la campaña de las presidenciales sino unos meses antes, en enero de 2008, cuando el poderío de los dos candidatos en liza (Barack Obama y Hillary Clinton) así como el desgaste de la Administración Bush ponía en evidencia que el ganador de la contienda demócrata sería probablemente el próximo inquilino de la Casa Blanca.

En el debate abierto a ciudadanos previo a las primarias de New Hampshire, un Obama triunfante tras el éxito en Iowa y montado en la ola del 'Yes, we can' no tuvo la contención suficiente cuando se le preguntó a Clinton sobre la sensación popular de que no era muy simpática.

La ahora secretaria de Estado adoptó una actitud victimista asegurando que eso hería sus sentimientos, y entonces el joven senador de Illinois saltó a la palestra con ganas de agradar: "Eres lo suficientemente simpática, Hillary".

Su comentario fue interpretado de manera inmediata como condescendiente y algunos analistas consideraron que el desprecio a la ex primera dama labró su victoria en New Hampshire y le permitió seguir en la carrera unos meses más, hasta que finalmente tuvo que admitir su derrota en una campaña apasionante.

Clinton y el rival de Obama en 2012, Mitt Romney, tienen en común ese 'déficit' de simpatía entre los votantes. Si Obama repitiese su error de hace cuatro años, esa debilidad podría convertirse en una de sus mayores fortalezas para sacar crédito político en los debates.

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