ALICIA G. MONTANO A Pedro Almodóvar le gustaría ser tan prolífico como Woody Allen. Así podría llevar al cine todas las historias que le interesan y bullen en su cabeza. Pero su producción es bastante más lenta que la del director norteamericano, que sale a película por año, la mitad de lo que aproximadamente tarda nuestro director más internacional en tener una película lista.
Almodóvar es víctima de su propia exigencia. Perfeccionista hasta la extenuación, sus rodajes son largos, la preparación también y nunca da el visto bueno a nada sin estar seguro. La que se estrena dentro de unos días tiene un título precioso e inquietante: La piel que habito. Si te paras a pensarlo contiene muchas pistas de lo que luego va a ser la película, muchas más que “Tarántula” el título de la novela de Thierry Jonquet en la que se inspiró Almodóvar y cuyos derechos para el cine compró “El Deseo” hace mucho tiempo.
La piel que habito ha supuesto mucho para el director. Y eso que hasta el último momento estuvo a punto de dar el cambiazo y rodar “Los amantes pasajeros” el proyecto por el que apostaban en su productora: una comedia tronchante, como las que le piden por la calle desde hace 30 años.
Los espectadores añoran los buenos ratos que Almodóvar les ha hecho pasar, las carcajadas intensas, los gags inolvidables, sus tantas veces absurdos y humanizados personajes, los “volantazos” emocionales de sus argumentos delirantes. Pero el humor tendrá que esperar. Su olfato le pedía otra cosa y Almodóvar es incapaz de rodar si no siente que una fuerza interior le arrastra. Para él cada rodaje es una experiencia casi religiosa: se olvida de todo y de todos; sólo hay película.
Esta vez, el rodaje invitaba más si cabe a la introspección: durante dos meses transcurrió en un cigarral de Toledo lejos de Madrid y de miradas ajenas. Días enteros entre las paredes de una habitación tatuada con fechas, -las que recuerdan a Vera Cruz-Elena Anaya el paso del tiempo-, o entre el aséptico quirófano en el que Antonio Banderas-Robert Ledgard da rienda suelta a sus instintos más bajos.
Antonio ha vuelto a trabajar con Almodóvar después de 21 años. Toda una vida. Y se ha encontrado con la misma persona, pero con un director muy diferente al que conoció en los 80. El Almodóvar de ahora le exigía economía de gestos y lenguaje y Banderas tardó en entenderlo. Sin embargo el actor reconoce que Almodóvar tenía razón y que sus directrices eran las correctas.
Antonio Banderas es una de esas personas a las que resulta imposible no querer. Trata a todos por igual, tiene siempre ese detalle pequeño que te hace sentir bien y es tremendamente cariñoso y disciplinado. El día que terminó el rodaje se vieron caritas de pena, una de ellas la de Elena Anaya para quien trabajar con Banderas ha supuesto tener al lado a un compañero exquisito, a un caballero en las escenas difíciles y a un divertido amigo entre toma y toma. Es una pena que los espectadores no puedan ver lo bien que se lo pasaron en el rodaje. A veces las carcajadas chocaban, incluso, con los diálogos que ensayaban.
Decía antes que el humor tendrá que esperar. Pero con una excepción: la secuencia que nos regala Agustín Almodóvar, cameo habitual en las películas de su hermano. En La piel que habito, es un ciudadano anónimo que acude a vender la ropa de su mujer que, una vez más, le ha abandonado. El diálogo que mantiene con la dependienta es antológico y lleno de sabiduría. Agustín Almodóvar es el gran desconocido, pero no pueden vivir el uno sin el otro y comparten un humor radical y absurdo. Un humor apto para tiempos difíciles.
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