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Carlos Martínez (Mimo): "El silencio sabe hablar"

  • Ha publicado el libro "Desde el camerino"
  • Un conjunto de reflexiones y anécdotas de sus 30 años de carrera.

Por
Montaje del espectáculo 'Hand Made' ('Hecho a Mano'), del mimo Carlos Martínez

Carlos Martínez (Asturias)

Se formó en las escuelas de arte dramático Taller del Mimo y Teatro Contemporáneo y El Timbal. En 1982, la cálida acogida que recibió su primera actuación en solitario, confirmó su decisión de vivir del teatro, su pasión. Como su arte no necesita traducción, los escenarios de Europa y del mundo entero le han acogido con los espectáculos: 'Libros sin palabras', 'Derechos Humanos', 'Mi Biblia', 'Tiempo de celebrar' y 'Hecho a mano' (premio del Espectáculo de Honor votado por el público como el mejor programa del XXI Festival de Teatro de Almada, Portugal). Además imparte clases magistrales en universidades y escuelas de
interpretación y ofrece charlas y seminarios para empresas de alto nivel sobre comunicación no verbal y lenguaje corporal.

'Desde el camerino'

Carlos Martínez con Jonathan Gelabert.

Tapa dura. 128 páginas.

Fotos a color. PVP: 10 Euros

Página web: www.carlosmartinez.es

"El silencio espera pacientemente a que alguien le dé la palabra" (Carlos Martínez)

Carlos Martínez es uno de los grandes mimos españoles, que lleva más de 30 años triunfando en los escenarios de todo el mundo gracias a su dominio del ritmo y a una técnica impecable, engrandecida por ser uno de los pocos que no usa objetos ni prácticamente música en sus números. Sus únicas armas son el silencio y su cuerpo, con las que es capaz de escenificar cualquier cosa que le dicte su imaginación.

Y ahora ha roto su silencio en el libro Desde el camerino. Reflexiones sobre el silencioso arte del mimo. Un apasionante compendio de anécdotas y, sobre todo, sus reflexiones durante la hora que pasa maquillándose antes de cada espectáculo. "Cuando te afeitas o te peinas pasas 10 minutos frente al espejo, pero nosotros tardamos una hora en maquillarnos, y en una hora uno piensa de todo".

"A veces -asegura Carlos- se dice que un mimo no puede hablar pero si puede, lo que pasa es que calla para que se le entienda mejor. Y si el público, por lo que sea, no es capaz de apreciar el silencio de un mimo, se habla, no hay ningún problema".

"El público ve un escenario vacío, pero no lo está"

Carlos es uno de los pocos mimos que ha renunciado por completo a los objetos en su espectáculo. "Trabajar sin objetos reales me permite crear todo tipo de objetos para la imaginación del mimo".

"He renunciado a cualquier objeto -asegura- porque cuando era niño jugaba mucho con mi padre y después lo he hecho mucho con mi hijo, con objetos imaginarios. Y me dí cuenta de que, cuando tienes un objeto real puedes darle otros usos, pero llega un momento en que una escoba será  una escoba, por muchas vueltas que le des".

"Pero cuando no tienes nada, esa creatividad no tiene límites. Sin llevar objetos puedo crear todo lo que quiera. Me gusta pensar que soy un escultor del aire, que cojo el aire y lo modelo hasta darle forma. Hay gente que hace esculturas con hielo o con arena y luego desaparecen. Imagínate con el aire. Pero eso se queda grabado en la mente del público".

"Cuando se levanta el telón el publico ve un escenario vacío, pero no lo está, lo he llenado con todo tipo de objetos procedentes de mi imaginación", sentencia.

"El espectáculo de un mimo nace de la palabra"

"El espectáculo de un mimo nace de la palabra -asegura Carlos-. Es muy curioso, yo me paso la vida escribiendo, tomando notas en los aviones, en los trenes, en cualquier sitio. De esas ideas que se me ocurren empiezo a crear una historia con palabras y una vez que tengo esa historia, tengo que trasladarla al idioma del mimo".

"En una ocasión tuve un ciego en el espectáculo -comenta-. Se había equivocado. Le habían dicho “vamos al teatro” y nadie le dijo que era un mimo y al cabo de 10 minutos estaba perdido y yo dije: Por él voy a quitarme la máscara y voy a hablar. El público es quién tiene la palabra".

"Yo también tengo mis limitaciones -asegura-. Cuando empecé a hacer mimo pensé que era superior a ningún otro tipo de arte, porque creía que era universal,  hasta que un ciego me recordó que no, que tengo mis limitaciones como a un locutor de radio le pasa con un sordo. Siempre digo que aquel ciego me abrió los ojos".

"Para mí es muy difícil mentir, mi mujer siempre me pilla"

Cuando le preguntamos si ejercitar tanto los músculos de la cara le puede dar pistas sobre lo que otras personas dicen con sus movimientos no verbales, Carlos lo tiene claro: "Trabajando tanto los músculos de la cara, puedes saber mucho de lo que piensan las personas por sus gestos, aunque siempre hay malas interpretaciones. Es más una intuición".

"Cuando estudiaba teatro decía que las madres tenían esa intuición por el hecho de que pasan mucho tiempo con los niños que no hablan. Observan mucho más y llegan a saber cuando al niño le pasa algo, cuando tiene hambre o sueño, sin necesidad de comunicarse con palabras. Desarrollan ese instinto de intuir, de casi ver lo que piensa una persona, pero siempre se puede malinterpretar".

"Para mi es muy difícil mentir. Mi mujer siempre me pilla enseguida. En escena puedo mentir porque ensayo muchas horas para que no se note. En la vida no puedes ensayar, la vida es una improvisación continúa. Sin ensayar no sabría mentir".

"En España todavía no se sabe lo que es un mimo"

"El mimo es un poeta del gesto que lucha contra la dictadura de la palabra" (Carlos Martínez)

"En España todavía no se sabe lo que es un mimo -asegura-. Tengo una tía que tiene 83 años y aún se piensa que tiene un sobrino que vive en la calle pidiendo. No lo puede entender. Para ella ponerme una máscara y actuar es estar pidiendo en la calle. No se entiende. Hay gente que no entiende un espectáculo de hora y media en donde la palabra se convierte en gesto".

"Hay gente que quiere aprender mimo y yo doy clases. Pero lo que más hago es dar clase a actores. Intento que vean que el mimo puede ayudarles a interpretar mejor. Las escuelas que enseñan Shakespeare tienen problemas a la hora de enseñar los monólogos silenciosos de Shakespeare. Es decir, cuando un actor está hablando ¿qué hace el otro?, ¿cómo se mueve?, ¿cómo escucha?.

"Escuchar es un verbo que tiene que verse. Pensar es un verbo que tiene que verse. Y la mímica puede ayudar al actor a expresarse, no sólo con la voz sino con el cuerpo".

"La máscara es mi micrófono"

"La máscara es el micrófono -comenta carlos-. Cuando tengo 50 personas no necesito máscara, pero cuando tengo 500, para que me vean desde la última fila necesitas una máscara que se te vea mejor. Yo la llamo el micrófono. Cuando el público viene al espectáculo quieren ver la máscara. Si salgo sin ella tienen la sensación de que es un ensayo general. A veces me la pongo sólo para que vean que soy el mimo. La máscara no hace al actor".

"Hay muchos mimos que trabajan sin máscara y muchas mujeres mimo. Pero otra de las razones de mantenerla es en honor a Marcel Marceau y otros mimos con los que he tenido contacto. Me gusta la máscara porque he aprendido a llevarla con dignidad, no es cuestión de pintarse la cara sino de llevar con dignidad esa tradición de muchos años".

"Al final del espectáculo quitármela es una necesidad porque detrás de la máscara hay un actor, un ser humano que ha reflejado lo que el público ha sentido. Y quiero que el público vea quién está detrás -puntualiza-. Quitarse la máscara tiene una fuerza increíble después de una hora de silencio. Con que diga una palabra la gente piensa “El mudo habla” esa sensación sólo se consigue después de una hora de silencio".

"El silencio sabe hablar"

"No ensayo frente al espejo - confiesa Carlos-. Tengo un director escénico. Siempre digo que es el espejo más caro. Pero funciona. Un mimo no puede trabajar frente al espejo porque no puedes ver toda la perspectiva del movimiento. El director es el público por excelencia".

"Sigo creyendo que el silencio sabe hablar, pero no somos capaces de escucharle - puntualiza-. Es curioso el famoso minuto de silencio porque nadie es capaz de escuchar el silencio. Ves que al final son 20 segundos como mucho. No se ha aprendido a escuchar el silencio. El silencio es un vehículo de palabras que van directamente al corazón. El problema es que no se nos ha enseñado a escucharlo".

"El silencio nos da miedo, nos da miedo lo que puede decir. En cuanto hay silencio nos llegan un montón de mensajes que no queremos oír. Si estas en la montaña una noche estrellada, la gente no tiene miedo a ese silencio, tiene miedo al mensaje que el silencio le puede dar en un momento de la vida".

"Hablo con mis manos para que el espectador escuche con sus ojos"

"Para ser mimo hay que ser capaz de estar callado- confiesa-. El problema de los mimos que empiezan es ser capaces de estar en el escenario en silencio. La mayoría de los mimos usan música, comentarios, o mucho ruido. Hay muy pocos que trabajen en silencio".

"Hace poco estuve con Dimitri, "el Gran Clown", de la época de Marcel Marceau, que sigue actuando con 75 años. Y vió mi espectáculo y me dijo no le tienes miedo al silencio y eso es muy difícil. Hasta yo, que llevo años trabajando necesito palabras, objetos, música, para tapar ese silencio".

"En teatro se dice que un minuto de silencio ante el público es una eternidad. Así que imagínate una hora y media en silencio" -puntualiza-.

Sus anécdotas favoritas

De entre todas las anécdotas del libro, carlos nos comenta dos: "Mi anécdota favorita esta basada en Asturias. Cuando estoy actuando en Europa y escenifico que abro una ventana, casi siempre se me acerca un asturiano y me comenta, emocionado, que sigo abriendo las ventanas hacia fuera, porque cuando era niño en Asturias recuerdo abrir la ventana hacia fuera y apoyarme en el quicio. Recuerdo esa imagen y en mimo me encanta hacerla. Por mi Asturias sigo abriendo la ventana hacia fuera".

"La otra anécdota sigo pensando que fue un accidente. Me contrataron para un concierto de rock, como telonero,  y pensé “Cómo voy a salir al escenario, con 600 tíos de pie, con las cervezas en la mano, que están esperan un concierto de rock. Me matan. Pero tuve que hacerlo. Arranqué mi silenciosa actuación con el único instrumento que sé tocar, mi cuerpo. Fuero los cinco minutos más largos de mi vida".

"Y al terminar, los 600 rockeros empezaron a gritar en un idioma que no entendía pero que sonaba claramente a ¡fuera!, ¡fuera!. Así que me fui a esconderme al camerino. Hasta que el regidor empezó a aporrear la puerta gritando: ¡Carlos, el público te reclama, La gente está pidiendo otra!

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