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La 'nueva' Ortografía y su reforma yeyé

  • La RAE consensúa las reformas ortográficas con el resto de las academias
  • La nueva ortografía está provocando muchas críticas

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Aprovechando la celebración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), La Real Academia Española consensuará las reformas ortográficas con el resto de las academias.

Ningún cambio está libre de polémica, y este no va ser menos; no en vano, esta reforma ortográfica ya se denomina coloquialmente la «Reforma Yeyé», por aquello de que la i griega pase a llamarse «ye».

En cualquier caso, la Academia tan solo ha servido un «aperitivo» de los cambios que introducirá, pero los detalles no se conocerán hasta su aprobación, algo que para muchos encierra un secretismo innecesario en una institución que está al servicio de los hablantes y cuyas decisiones alteran diccionarios, clases de Lengua, libros de texto y guías de estilo.

Según el director de la RAE, Víctor García de la Concha: «Se abordan cuestiones que estaban implícitas en la edición anterior, y ahora se desarrollan y aclaran».

Por su parte, el director de la obra, Salvador Gutiérrez, comentaba que será «una edición amplia, razonada y explícita», en contraste con la última Ortografía, que era poco más que un folleto algo grueso.

Esto es lo que a mí más me interesa, porque, en el fondo, no me importa cómo se llama una letra u otra, pero sí me preocupa que se tomen ciertas decisiones sin una sólida justificación.

Estoy deseando saber por qué truhán y guión dejan de llevar acento, porque yo, como la mayoría de los hispanohablantes las pronuncio como palabras bisílabas con hiato (igual que huí, que no es ¡huy!), así que esa recomendación, además de innecesaria, me parece que provoca una clara confusión; pero entiendo que habrá una justificación...

En realidad, la Ortografía no es «nueva», no han cambiado tantas cosas; lo que debe ser nuevo es el planteamiento: más explicaciones, más ejemplos y más fundamentos.

Criticada durante años por no adaptarse a los nuevos tiempos

Durante años, la Academia fue criticada por ser una institución paquidérmica que renqueaba detrás de esa lengua viva que se hablaba en la calle y en los medios de comunicación. A veces, uno teme que se convierta en una liebre que incluso se adelante a los hablantes cuando es innecesario.

De todos modos, en estos momentos en los que tanto se habla de la reforma (claro indicio de que la lengua no nos es indiferente) conviene recordar que la Ortografía no la inventó ninguna Academia sino que fueron los hispanohablantes —aquellos que fueron «estropeando» el latín para convertirlo en esto que llamamos español— los que tuvieron que crearla para evitar confusiones.

La nueva ortografía de la lengua española se adaptará a los nuevos tiempos

Lo que sí hizo la Academia, a partir del siglo XVIII, fue nominar y ordenar los conceptos que aquellos venían usando de un modo natural. Así, la Ortografía siempre se ha regido por el principio de «trabajar lo menos posible», de ser simple, comprensible y de marcar solo las excepciones o los casos que producen ambigüedad.

Por eso a mí me parece positivo que la Academia, tomando el testigo de muchos hablantes, simplifique ciertas normas: ahora ya no es necesario poner el acento en el adverbio solo (para diferenciarlo del adjetivo) ni en los demostrativos.

Los casos en los que se produce una ambigüedad son anecdóticos y minoritarios (el contexto lo es todo), y en ocasiones se usan ejemplos algo forzados que serían igual de ambiguos si los dijéramos en voz alta, como «Me tomé un café solo».

Yo iría aún más allá: si la Academia defiende la supresión de esa tilde diacrítica, no entiendo cómo no la aplica en el caso más llamativo de todos, el adverbio más.

En la mayoría de los casos, usamos el adverbio de comparación (Dame más café) y no la conjunción adversativa con el sentido de ‘pero’ (Te quiero, mas debo dejarte). ¿Por qué no cambiamos la tilde y se la ponemos a la palabra que se usa menos, como sería lógico? Presiento que este cambio también sería muy criticado...

A pesar de lo dicho, debe tenerse en cuenta que la Academia no tiene poder legislativo. Puede dar recomendaciones —y su influencia es notable—, pero son los hablantes los que, en última instancia, las aprueban.

"La norma mana del uso"

La Academia recomendó escribir cederrón y güisqui, y no funcionaron, así que son los hablantes los que tienen la última palabra. Esa es la teoría, al menos, pues una máxima académica es que «la norma mana del uso», así que la RAE no puede normalizar algo que vaya contra el uso, y ahí es donde le llueven las críticas, como cuando propuso usar el inusual «de 2000» en lugar del extendido «del 2000».

Su decisión provocó una confusión que hoy sigue suscitando dudas a muchos hablantes.

Además de la reforma ortográfica, estos días se habla de las palabras que también se están incorporando al diccionario, en las que hay, en efecto, acepciones nuevas o cambiadas —como abducir o cultureta— y otras que llegan con decenios de retraso, como muslamen.

Sin embargo, muchas personas siguen pensando que la Academia debería hacer especial hincapié en reformar lo que ya tiene, pues el diccionario académico recoge cientos de palabras pobremente definidas, que resultan impropias de una obra de prestigio.

Ahí está mi preferida, la definición de la palabra ñu, que según el DRAE es un «Antílope propio del África del Sur, que parece un caballo pequeño con cabeza de toro». Ver para creer.

Ya lo decía Oscar Wilde y lo repetía el otro día el poeta Antonio Colinas: «Creo en la norma, aunque haya que saltársela».

*Además de copresentador de "Palabra por palabra", Xosé Castro es traductor de inglés, corrector de estilo y redactor, asesor del Instituto Cervantes en materia de traducción y coautor de Inculteces. Barbaridades que dice la gente

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