
Ataque israelí a la Franja de Gaza, un día después de que comenzara la ofensiva.REUTERS/Ibraheem Abu Mustafa
Este domingo 27 de diciembre se cumple un año del inicio de lo que Israel llamo operación Plomo Fundido, una ofensiva militar contra los radicales islamistas de Hamás y contra el lanzamiento de cohetes Qassam y proyectiles de mortero a Israel desde la Franja de Gaza.
El ataque por tierra, mar y aire duró 19 días y según el Centro Palestino para los Derechos Humanos, se saldó con la muerte de 1.434 palestinos. Novecientos sesenta muertos eran civiles y 288 menores de dieciocho años. Se produjeron 5.380 heridos, entre los que habría 1.870 niños, 800 mujeres y 22 miembros del personal médico de Gaza según las mismas fuentes.
La operación militar, dirigida a acabar con la infraestructura terrorista de Hamás en cuarteles, comisarías, túneles de contrabando y sedes ministeriales, también se llevó la vida de 14 israelíes, 11 soldados y tres civiles. Plomo Fundido provocó el mayor número de bajas en los últimos cuarenta años del conflicto entre árabes e israelíes y ha marcado la situación y actividad política de este año que acaba en Oriente Medio.
Plomo Fundido o la Masacre de Gaza, tal y como la definieron los países árabes, no consiguió los objetivos militares que buscaba. A las pocas horas de activarse el alto el fuego el 18 de enero, los milicianos de Hamas volvían a tomar las calles de Gaza. Mientras tanto la zona empezaba a enseñar al mundo las heridas de los bombardeos, los ataques de la artillería y los resultados de las incursiones de los soldados de Israel.
Naciones Unidas, en el informe elaborado por el juez, Richard Goldstone, llegaba a hablar de crímenes de guerra por parte de los contendientes y exigió a las partes una investigación que Israel ha iniciado a regañadientes. Las consecuencias de la operación militar siguen más que vigentes, no solo por lo que se refiere a los muertos, heridos o al bloqueo que Israel aplica a los habitantes de Gaza.
En las últimas semanas la actual líder de la oposición israelí, Tzipi Livni, en aquellos meses Ministra de Exteriores, hubo de suspender un viaje a Londres ante la posibilidad de que fuera puesta a disposición de un juez tras las denuncias de varios grupos en favor de los derechos de los palestinos.
Meses atrás ocurrió lo mismo con el Ministro de Defensa, Ehud Barak y un viaje que pensaba realizar a España y que también tuvo que suspender. Livni y Barak eran Ministros del gabinete de Ehud Olmert, quien meses antes de lanzar la ofensiva había anunciado que no se presentaría a unas próximas elecciones ante el acoso judicial que sufría por varios presuntos escándalos económicos.
La ofensiva a Gaza había sido largamente anunciada por el gobierno de Olmert. El lanzamiento de proyectiles de mortero y cohetes Qassam se producía a diario y se estima en miles los artefactos que han sido lanzados contra objetivos civiles desde la desconexión de Gaza en agosto de 2005.
El terror que ocasionaba entre la población civil el lanzamiento de los Qassam en las localidades limítrofes a Gaza fue el detonante para la ofensiva, pero es cierto que desde que Hamás ganará las elecciones en 2006 y expulsara por las armas en junio del 2007 a Al Fatah, el partido de Mahmud Abás, de la Franja de Gaza, las intenciones militares de Israel estaban perfectamente claras. No obstante las escaramuzas y los asesinatos selectivos israelíes contra los milicianos no se habían detenido en momento alguno tras la desconexión.
Plomo Fundido arrasó, aún más, la depauperada y misérrima Franja de Gaza. Aunque Israel aseguraba que sus ataques iban contra infraestructuras militares o terroristas, la aviación y la artillería arrasó el escaso tejido industrial de Gaza. Se destruyeron escuelas y sanatorios, bloques de viviendas y depósitos de agua. Transformadores de electricidad y servicios telefónicos fueron bombardeados. Talleres, tanto metalúrgicos como de automóviles, fueron destruidos.
Como consecuencia del bloqueo, el cemento o el hierro no pueden entrar aún en Gaza por lo que las tareas de reconstrucción avanza muy lentamente.
Fuentes palestinas contabilizaron la destrucción de 215 fábricas y 700 empresas privadas, 17 universidades o centros de formación superior, 15 hospitales y 43 centros de salud. Cincuenta y ocho mezquitas fueron destruidas o dañadas durante los ataques y según Naciones Unidas 298 escuelas fueron dañadas.
Así las cosas, las restricciones de luz y combustible se mantienen y muchas medicinas, imprescindibles para tratamientos en enfermos graves, siguen sin acceder a la zona. Los llamamientos internacionales a aliviar el bloqueo de Israel a Gaza siguen sin respuesta y el adobe se ha convertido en lo más accesible para intentar recuperar alguno de los cuatro mil edificios destruidos tras una ofensiva que, según algunas encuestas, era respaldada por bastante más de la mitad de la población de Israel.
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