JOSÉ CERVERA - MADRID Aunque resulte difícil de imaginar hoy, hubo un tiempo no tan lejano en el que el
correo llevaba sellos y los
teléfonos eran inmóviles.
Para enviar una misiva había que ponerla dentro de un sobre, lamer la asquerosa goma de su cierre, colocar un cuadradito coloreado en una esquina y encontrar un buzón donde echar el conjunto; todo esto después de escribirla a mano o a máquina.
Para llamar por teléfono cuando uno estaba fuera de casa había que
encontrar una cabina; un monstruoso aparato generalmente vertical, oloroso y dotado de puerta que contenía un teléfono blindado casi siempre averiado con el que con suerte, mucha paciencia y algunas monedas era posible conectar con el mundo exterior.
Los
ganadores del Premio Príncipe de Asturias de la Investigación,
Martin Cooper y
Ray Tomlinson, han salvado a la Humanidad de un triste destino.
Somos unos primates muy comunicativos, y a lo largo de la historia cada vez que ha aparecido un nuevo sistema para estar en contacto, lo hemos usado con entusiasmo.
Correspondencia a caballo Las cartas son tan antiguas como la escritura, y los antiguos imperios crearon redes de distribución de información mediante mensajeros a caballo y postas, corredores a pie y barcos en cuanto les era posible.
Invenciones financieras como los cheques o las letras de cambio surgieron de la necesidad de enviar dinero, y no sólo información, por correo.
Desde el Renacimiento en adelante el mantenimiento de una abundante correspondencia era parte de las tareas de los poderosos, hasta tal punto que el entretenimiento de la época lo incorporó, y nació la
novela epistolar.
Las cartas fueron al principio para asuntos de
negocios, pero pronto se convirtieron en
cotilleo, comentarios y conversación; una forma de mantener la comunicación a largas distancias, casi siempre sin más que naderías. Lo importante era el mismo hecho de comunicar.
El teléfono como hilo musical El teléfono, inventado originalmente para ayudar a los
sordos y cuyo producto comercial inicial era proveer de música a los hogares (una especie de Hilo Musical) se transformó con rapidez en uno de los principales métodos de
contacto, no sólo en los
negocios, sino en la
vida cotidiana.
En poquísimo tiempo los hogares estaban conectados a las redes telefónicas y los aparatos se utilizaban para que los adolescentes charlaran con sus amigos, para organizar citas o para intercambiar recetas.
El papel de las
centralitas telefónicas manuales de los años 20 y 30 en la
liberación de la mujer (incorporaron al mundo del trabajo a millones de mujeres) no se ha estudiado suficientemente.
La utilidad de disponer de teléfono fuera de casa llevó a la creación de
redes de cabinas, que permitían usar las ventajas del sistema desde fuera. La inmensa mayoría de las llamadas eran, y son, para contactar: tenemos la
necesidad imperiosa de comunicarnos con quienes nos son cercanos.