40 años del fallecimiento de Enrique Tierno Galván, el alcalde más carismático de Madrid
- Los madrileños recuperaron su sentido de pertenencia durante su alcaldía. Un millón de ellos acompañaron el cortejo fúnebre en las calles de Madrid
- Se ganó el respeto tanto de los ciudadanos como de sus rivales políticos
El 19 de enero de 1986, hace hoy 40 años, fallecía en Madrid el que había sido su alcalde desde 1979, Enrique Tierno Galván. Dos días más tarde, la ciudad le tributó una multitudinaria despedida cuando casi un millón de madrileños se echó a la calle para acompañar la carroza fúnebre en su recorrido desde la Casa de la Villa, donde se había instalado la capilla ardiente pública, hasta el Cementerio del Este. Tenía solo 67 años, pero lleva décadas siendo el "viejo profesor".
Tierno asistió como alcalde a la transmutación de la urbe gris que era Madrid a la alegre y moderna de la Movida (al menos su centro, los barrios eran otra cosa). En su etapa como edil, se redibujó el mapa de los distritos, se promovió la participación ciudadana y se apoyó la cultura. Se ganó el respeto de vecinos pero también de adversarios políticos. Lo mismo se dirigía en latín a Juan Pablo II en su visita a la ciudad que emitía jocosos bandos en los que usaba a propósito un castellano barroco y muy, pero que muy viejuno (arcaico o anticuado habría dicho él, que era tan culto). Igual se fotografiaba con el presidente extranjero al que entregaba las llaves del municipio que con el roquero de turno, pero siempre con su impecable terno oscuro con camisa blanca y gemelos. Él era un señor clásico y no tenía intención alguna de modernizar su imagen para agradar a nadie.
El profesor que nunca dejó de ser
En 1981 mantiene una larga charla con la redactora de Radio Nacional Macu de la Cruz tras la publicación de su libro Cabos sueltos, una autobiografía que fue un tanto polémica. En la entrevista, podemos escuchar sus reflexiones sobre el trato cortés que dispensa a sus rivales políticos como una forma de pedagogía frente al cainismo que, dice, es tan propio del pueblo español: no hay que responder con daño, sino con benevolencia, tratando de corregir. Hasta en política actuaba como profesor, lo que realmente sentía que era. Tampoco podía evitar tirar de pedagogía hasta en cosas tan aparentemente banales como su opinión sobre la propina.
Recuerda como el mejor momento de España que él ha vivido el periodo previo a la Guerra Civil: había un enorme respeto por los intelectuales y la vida social estaba centrada en torno a las personas por sus ideas y no por sus creencias. Luego, continúa, las ideas se dieron de lado y emergió el de las creencias irracionales, que lo oscureció todo. La etapa franquista es la de las "generaciones sin ocasión", que recibieron una mala educación, a manos de malos profesores, y no pudieron salir de país para formarse. De nuevo, la educación es la base sobre la que construirlo demás.
Su fama de donjuán entre los periodistas y el 23F
Siguiendo con la falta de ocasiones, opina que la mujer ha sido especialmente perjudicada, no ha tenido ocasiones sociales que la permitieran participar en política o acceder a la universidad y reconoce que él mismo tiene lo que llama "reflejos masculinos" que le hacen situarla a veces en un plano de inferioridad. Ese es el motivo por el que se muestra más obsequioso con las periodistas que con los periodistas, lo que le ha granjeado una injusta, a su juicio, fama de donjuán en la profesión: se siente en deuda con las mujeres y por eso se esfuerza en "darles ocasión". No lo hace con los hombres porque, afirma, que ellos las tienen todas.
Rememora, con bastante retranca, la noche del golpe de estado del 23F que pasó en su sillón de diputado del Congreso. La vivió como una derrota más (había perdido la Guerra Civil luchando en el bando republicano y después le habían echado de su cátedra), como si asistiera a una representación teatral de una obra de Valle Inclán. Y, cuando se alargó, como sucede cuando eres espectador de una obra larga y tediosa, terminó durmiéndose durante horas.
No solo era aficionado al teatro: lo era, y mucho, al cine. También tenía una afición menos conocida, la tauromaquia, el "espectáculo que le ata más, que le vincula más" sobre él mismo, como le reconoce a Pedro Vidal en 1977 en el programa Perfil humano de un político español.
Un agnóstico enterrado en un cementerio católico
Se refiere también a sus raíces sorianas (aunque naciera en Madrid), que han modelado su carácter, y al pedazo de tierra que ha comprado en el cementerio de Valdeavellano de Tera, a cuyo adecentamiento contribuyó a petición del cura -él, que se declaraba agnóstico- aunque reconocía que no le importaba demasiado dónde reposaría tras su muerte.
Su féretro recorrió parte de las calles de Madrid para recibir el homenaje de los madrileños en la carroza Imperial, tirada por seis caballos con penachos negros, cedida por los Serveis Funeraris de Barcelona y, como dijimos al principio, finalmente fue enterrado en el Cementerio de la Almudena de Madrid, en la zona católica no en la civil, bajo una sencilla lápida con la inscripción "Enrique Tierno Galván Alcalde de Madrid 1979 -1986".
La polémica frase que le perseguirá siempre
Tierno Galván en una intervención pública TVE
En el imaginario popular, la figura de Enrique Tierno Galván estará siempre unida a una polémica frase cuya "culpabilidad" es, en cierto modo, atribuible a Radio Nacional de España. En 1984, en concreto el 28 de enero, festividad de Santo Tomás de Aquino, patrono de los estudiantes según la Iglesia Católica, el programa de Radio 3 Tiempo de Universidad celebró su 3ª Fiesta del Estudiante y la Radio, un macrofestival de 24 horas en el Palacio de los Deportes de Madrid transmitido además por TVE.
El aforo estuvo completo desde las 12 de la mañana en que comenzó el evento. Todo transcurría sin problemas y, en torno a las 20 horas, subieron al escenario el ministro de Educación, José María Maravall, y Tierno Galván, entonces alcalde de Madrid, que aprovechó la ocasión para lanzar otro de sus ya famosos bandos. Literalmente, el "minibando" decía: "Roqueros: el que no esté colocao, que se coloque y… al loro".
La polémica se desató inmediatamente. Las palabras de Tierno parecían un llamamiento al consumo de drogas en un momento en que la heroína ya hacía estragos entre la juventud. Poco después, además, comenzaron a producirse incidentes en el exterior del Palacio, en cuyas inmediaciones había a esa hora miles de jóvenes que no podían entrar y que comenzaron a destrozar coches y mobiliario urbano. La situación se complicó con un aviso de bomba en el recinto, lo que obligó a parar el festival y desalojarlo.
Algunos relacionaron los incidentes con las palabras de Tierno, como si estas hubieran sido de alguna forma el detonante. La concentración de centenares de chavales, ilusionados por la posibilidad de ver gratis a sus grupos favoritos y la frustración de no poder hacerlo, sumada al enfado de los miles que fueron desalojados, no les parecía suficiente caldo de cultivo para que se liara parda. Y más en los años 80, cuando la calle bullía en todos los sentidos.
Se dice que la frase se la sugirió un asesor y que, en realidad, no tenía muy claro lo que decía, algo difícil de creer en una persona que manejaba la lengua con la maestría con la que lo hacía Tierno Galván. Lo único cierto es que, cuatro décadas más tarde, se sigue recordando.
Joyas del archivo sonoro