Viaje por la rambla del Poyo, la herida abierta de la dana dos años después
- Recorremos los 40 kilómetros entre su nacimiento cerca de Chiva hasta su desembocadura en la Albufera
- La reconstrucción avanza despacio mientras los vecinos tratan de superar el trauma
Es la mañana de un lunes inusualmente caluroso para ser octubre. Los vecinos de Chiva no faltan a su cita con el esmorzar valenciano en los bares del pueblo. A unos metros, por el estrecho cauce del barranco del Poyo apenas corre una fina lámina de agua. Es difícil imaginar lo que pasó aquí hace justo dos años, el 29 de octubre de 2024. La rambla, que baja casi siempre seca, se convirtió en un monstruo de lodo que impactó de lleno contra el centro histórico.
RTVE Noticias ha recorrido los más de 40 kilómetros del barranco desde que su nacimiento junto a esta localidad del interior de Valencia hasta su desembocadura en la Albufera. En sus riberas, donde viven decenas de miles de personas, se concentró la mayoría de los 233 muertos de la dana.
En el segundo aniversario de la tragedia, un paseo por Chiva, Paiporta o Catarroja evidencia que la herida de la dana sigue aún muy abierta. En la superficie, hay todavía edificaciones pendientes de derribo y de reforma, ascensores rotos, obras para adecuar el barranco ante nuevas inundaciones y comercios aún cerrados. Pero los peores impactos son invisibles. Son los que llevan por dentro los supervivientes de la catástrofe, el duelo, el trauma y el miedo constante ante cada nueva lluvia, ante cada nuevo mensaje de alerta.
Pero también es cierto que muchos prefieren mirar hacia adelante. O bien tratando de recordar lo menos posible la tragedia, o todo lo contrario: recordándola para que no vuelva a repetirse algo así.
El barranco del Poyo, en el centro de Chiva. Se aprecia la destrucción en los edificios de ambos márgenes Á. CABALLERO
Chiva: el origen
El Poyo nace de la unión de varios cauces provenientes de la sierra de Chiva, y después atraviesa el centro de esta localidad de 17.000 habitantes. Algunos de los vídeos más conocidos del día de la tragedia se grabaron aquí. Uno de los edificios que se ve en estos documentos siendo golpeado por una marea de barro y por incontables vehículos sobrevivió y lleva ahora orgulloso un cartel en el que se lee "El edificio más cojonudo del mundo".
Al lado está la casa de Teresa, de 67 años. Ella sobrevivió porque ese día no estaba en casa, pero perdió prácticamente todo lo que tenía. Los reyes la visitaron poco después de la tragedia, y en las imágenes que nos muestra de aquel día se ve la magnitud de la pérdida.
Solo sobrevivió un aparador antiguo y una mecedora, que ha restaurado con cariño y buen gusto. Ahora, como en un museo, ha dispuesto encima de la mecedora una imagen del mismo mueble en la calle que tomó un fotógrafo justo después de la dana. "He vuelto a arreglar la casa, pero no la reconozco como mi casa", se lamenta. Era el hogar de sus abuelos, de sus padres. Ha perdido los recuerdos, las fotos, o colección de discos de su padre, a quien "le encantaba la música clásica".
La mecedora de Teresa, de lo poco que pudo recuperar tras la dana de su casa de Chiva Á. CABALLERO
Recuerda mucho los días posteriores a la dana. Sin nada, se vio obligada a hacer cola para pedir comida. "Yo era trabajadora social, y he visto cosas muy desagradables, pero cuando te ves al otro lado cuesta".
En Chiva no dan crédito a que la alerta llegara a las 20.11. Aquí saben que el barranco se dirige a l’Horta Sud, epicentro de la desgracia -y donde de hecho se conoce al Poyo como barranco de Chiva-. Ya sobre las 18 bajaba con muchísima fuerza en este municipio de la Hoya de Buñol. Era cuestión de tiempo.
Dos años después, parte del histórico barrio de Bechinos, un laberinto de calles estrechas de origen árabe, sigue en ruinas. Varias casas se están demoliendo ahora. En total, el Ayuntamiento calcula que 30 edificios deberán ser derribados. En el barranco, la Confederación Hidrográfica del Júcar está haciendo obras para que el impacto de futuras crecidas no sea tan grave. Terminarán, eso sí, en 2030.
Viviendas en demolición por la dana en el barrio de Bechinos de Chiva, el más antiguo de la localidad Á. CABALLERO
Picanya: la vida que se quedó detenida el 29-O
A unos 25 minutos en coche, tras pasar por Cheste, Riba-roja del Túria o Aldaia, el Poyo llega a Picanya. Aquí ya ha recibido las aguas de otras ramblas como la de Horteta, la Saleta o Gallego, y se ensancha considerablemente. Este ensanchamiento, y el hecho de que el pueblo sea más llano, opinan sus vecinos, permitieron que el número de víctimas no fuera tan alto como unos pocos kilómetros aguas abajo, en Paiporta.
Aun así, la huella de la riada es muy visible, especialmente en la margen izquierda. La marca del barro sigue presente en muchas casas. Algunas han sido ya demolidas, y otras esperan su turno. En una de ellas parece que el tiempo se hubiera detenido. Un volquete de una fábrica cercana arrastrado por el agua destruyó el muro principal, creando lo que es ahora un agujero por el que mirar una vida detenida.
La "cambra", la parte superior de una casa de Picanya destrozada por la riada Á. CABALLERO
En el interior, al que se puede acceder fácilmente, se puede ver ropa tendida, viejos cuadernos escolares infantiles o el álbum de fotos de boda. Los ocupantes de la casa no estaban en el momento de la riada, relatan sus vecinos. Se salvaron, pero su intimidad ha quedado desnuda y al descubierto.
La riada destruyó los cuatro puentes que cosen ambos lados del pueblo, una imagen que protagonizó otro de los vídeos más compartidos de aquel día. "Hacía un ruido de mil demonios, como el de unas cataratas. Y unas olas…", recuerda Paco, de 66 años. Tres ya han sido repuestos, en unas obras que avanzan relativamente rápido, valora. Cuando se mudó aquí hace poco, los vecinos de toda la vida le dijeron que Picanya el barranco, con toda su anchura, no se podía desbordar. "Vaya estreno tuve", ironiza.
Álbum de fotos abandonado en una casa destrozada por la riada en Picanya, Valencia Á. CABALLERO
Paiporta: el epicentro
Picanya está prácticamente pegado a Paiporta. Solo les separan las vías del tren y una carretera. Con 25.000 habitantes, esta pequeña ciudad recibió el golpe más duro de la riada. A diferencia de otras localidades, aquí "no se salvó ni una calle", dice José Vicente, de 72 años.
Le encontramos mirando pensativo hacia el cauce, ahora seco. Él es diabético, y la falta de curas tras la dana, además de los días limpiando barro y andando durante kilómetros con las botas de agua, hizo que tuvieran que amputarle uno de los dedos del pie. Su mujer, también quitando barro, se partió dos huesos, en un momento en el que el acceso a los hospitales era casi imposible. Vivió otras inundaciones, como la de 1957 o la "pantanada" de 1982, pero nada como esto.
Marca que muestra hasta dónde llegó la riada el 29-O en Paiporta Á. CABALLERO
En Paiporta murieron 46 personas, más que en ninguna otra localidad. Y eso sin contar con las pérdidas que se vivieron en los meses siguientes. Es el caso del marido de Rufina, que murió en abril del año siguiente. "Llevaba mucho estrés de estar limpiando y le dio un infarto", relata, conteniendo a duras penas las lágrimas. Él vio cómo la casa que había construido junto a su padre había quedado destrozada.
Como tantos otros afectados entrevistados para este reportaje, para ella ha sido especialmente duro perder los recuerdos. "Mis hijas me dicen, 'mamá, no tenemos ninguna foto del papá'".
Aquello fue "como una pesadilla, porque parecía imposible que sin llover hubiera el agua que había", cuenta Delia, otra vecina que pasea por la Plaza Mayor. "Y el sonido del agua lo tengo grabado". Recuerda como "el día de la marmota" las jornadas siguientes. "Abrías la ventana y veías cada día lo mismo, no mejoraba nada".
Rufina, vecina de Paiporta Á. CABALLERO
En Paiporta el recuerdo de la dana es visible allá donde se mire. Hay muchas pintadas agradeciendo el trabajo de los voluntarios y otras contra el expresident de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, o con la hora a la que se envió la alerta junto al texto "Ni oblit ni perdó" ("Ni olvido ni perdón"). También hay obras para reconstruir la pasarela junto al barranco, y se acaba de demoler el "Pont vell", con más de cien años de antigüedad, que se cambiará por otro más resistente a la velocidad del agua.
Pintada en Paiporta contra la gestión de la dana por parte de la Generalitat Á. CABALLERO
Benetússer: la autoorganización como respuesta
El barranco dibuja una curva de casi 45 grados saliendo de Paiporta, lo que agravó el impacto de la inundación. El agua llegó hasta localidades alejadas del Poyo, como Benetússer. Allí, Montse y su hermana Carmina riegan un olivo que plantaron en homenaje a los 10 muertos de la localidad.
La plantaron desde el Comité Local d’Emergència i Reconstrucció (CLER), organizaciones surgidas en cada pueblo afectado por la dana ante la ausencia de las instituciones en los primeros momentos, tal y como explica Montse, miembro del CLER de Benetússer. "Estuvimos varios días sin luz y sin atención de nadie. Si no llega a ser por los voluntarios…". A su madre, de 97 años entonces, no le podían dar comida caliente, algo "durísimo".
"Como la administración no vino a ayudar, dijimos 'pues nos organizamos nosotros'", señala. Los CLER buscan que la población esté preparada si vuelve a ocurrir otra catástrofe. Ahora, todos sus miembros tienen walkie-talkies con los que se comunican ante nuevas alertas.
En segundo lugar, buscan una reconstrucción que "no esté al servicio del capitalismo, que tenga a las personas y a la vida en el centro". Aquí las plazas se están reconstruyendo "igual que antes", sin suelo permeable ante próximas lluvias, ejemplifica esta maestra jubilada.
Ellas tienen imágenes grabadas en la retina de aquella noche, como la de unos policías atando con una manguera a la ventana a una mujer de más de 80 años para que no se la llevara el agua. "Yo nunca había tomado pastillas y ahora las necesito", cuenta Carmina. Montse, por su parte, sufre mucha ansiedad cada vez que vuelve a escuchar el pitido del Es-Alert. Una sensación que "no se puede entender si no la has vivido".
Montse, junto al olivo plantado en un parque de Benetússer en memoria de las víctimas de la dana Á. CABALLERO
Catarroja: el final
Volvemos al Poyo. El barranco, antes de desembocar en la Albufera, cruza entre Massanassa y Catarroja, encauzado en hormigón en buena parte de este tramo. En Catarroja, una ciudad de unos 30.000 habitantes, todos los vecinos con los que hablamos tienen historias de rescates agónicos, de supervivencia, de colas interminables para conseguir agua o comida.
Mari Ángeles, más que el ruido del que hablan muchos, recuerda el "silencio", así como la oscuridad. De noche, y con todas las farolas apagadas, solo llegaban los haces de luz de las ocasionales linternas de los vecinos. José, su pareja, tiene otra imagen clavada. En la primera manifestación que se hizo en Valencia, unos días después del desastre, llegó él como otros vecinos de Catarroja con la ropa cubierta de barro. "Y nos miraban como si viniéramos de otro planeta". Un mundo paralelo a solo 12 kilómetros, a apenas 20 minutos en transporte público.
En el pueblo es costumbre, cuando llueve y se prevén inundaciones, mover el coche a la parte alta. Es lo que hicieron muchos esta vez, bajar a los garajes, que como ya es sabido se convirtieron en una trampa mortal. "El problema es que en nuestra memoria colectiva no hay nada así, nuestros padres y abuelos nos han hablado de inundaciones, pero nada como esto", lanzaba Montse.
A Alena, dueña de un bar en la avenida Rambleta, le pilló de hecho la inundación en su garaje junto a una veintena de vecinos, tratando de sacar los coches. "Hasta que se rompió una tubería, empezó a salir agua y salimos todos corriendo", cuenta".
En su bar nota que Catarroja todavía no ha recuperado el ánimo. "Cuando vuelve a haber una alerta la gente no sale a la calle, tienen miedo". Sí que siente que, poco a poco, el negocio va a más. "Poco a poco".
Reloj parado a las 20:30 del 29 de octubre de 2024, dos años después en un bar de Catarroja Á. CABALLERO
Una losa marca hasta dónde llegó aquí el agua, a más de dos metros, rozando el techo. El bar está reformado completamente, pero guarda, como testigo mudo de la tragedia, el reloj lleno de barro y parado a la hora a la que dejó de funcionar, a las 20:30 de aquel fatídico 29 de octubre.