Enlaces accesibilidad

Piedad Isla, la fotógrafa de pueblo que se convirtió en la guardiana de la memoria rural

  • El archivo de la fotógrafa, que el 6 de septiembre hubiera cumplido cien años, guarda miles de imágenes
  • Componen un retrato humanista de un pequeño universo rural ya desaparecido
Fotografía de Piedad Isla.
Fotografía de Piedad Isla. Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres
LAURA GARCÍA ROJAS

Aquel 6 de septiembre de 1926 era lunes, lunes de preparativos de la gran feria de ganado. Entonces, a principios de septiembre, ya con la fresca y la nostalgia de un verano que se iba, Cervera de Pisuerga bullía con ganaderos venidos incluso de fuera de la Montaña Palentina para cerrar sus tratos.

Piedad Isla nació ese lunes de hace un siglo en un rincón que entonces era inhóspito. De haber podido, quizá hubiese fotografiado la llegada de las vacas por los puertos, el ir y venir de bueyes, los apretones de manos de esos tratantes rudos, de cigarrillo humeante en los labios. Su archivo, compuesto por más de 130.000 negativos, está lleno de estampas como estas.

En la Montaña Palentina, Piedad Isla (6 de septiembre de 1926 – 6 de noviembre de 2009) es la fotógrafa. Una institución. Todo el mundo la recuerda. Dentro de la profesión, es una mujer “reconocida”, aunque “poco conocida para el gran público”, explica Maxi Barrios, vicepresidente de la Fundación Piedad Isla & Juan Torres. El fotógrafo Chema Conesa la retrata como “una pionera de la fotografía documental, casi sin saberlo, sin proponérselo, porque ella iba haciendo lo que le dictaba el oficio, las necesidades que veía alrededor”. “No tiene pretensiones de artista, pero es una artista. Es una mirada humanista. En Estados Unidos, hubiera sido una mujer rompedora”, añade la fotógrafa Cristina García Rodero.

Piedad Isla (1954). Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

Los inicios en un oficio que era una “ensoñación”

Piedad Isla empezó a coquetear con la fotografía en su adolescencia, en el Bazar Cossío, una mercería donde trabajó como dependienta tras la temprana muerte de su padre. Allí se alquilaban cámaras. “Yo quería hacer algo diferente, y justo esto de fotógrafo que no era normal que lo hicieran las mujeres, pues yo lo voy a hacer”, contaba con determinación en una entrevista. Aunque recibió clases en Oviedo en 1951, ella misma reconocía haberse autotitulado fotógrafa en un momento en el que, según Conesa, “la fotografía era una ensoñación”. Un oficio nada común para las mujeres en la posguerra y, sin embargo, “nos abrió la puerta a otras fotógrafas”, apunta Cristina García Rodero.

Piedad Isla (1962).

Piedad Isla (1962).

Con 27 años, creó su primer estudio en los soportales de la plaza de Cervera. Era 1953. “Piedad se presentó en Madrid, siendo una joven aspirante, en la Kodak, y pidió que le dieran el material y además que se lo fiaran, porque no tenía dinero para pagarlo hasta que no empezara a trabajar. Si eso no es ser aguerrida, que venga Dios y lo vea”, cuenta el fotógrafo Juan Manuel Navia, Premio Nacional de Fotografía Piedad Isla 2021.

De sus primeros años como profesional, los 50 y 60 del siglo XX, se guardan en su casa cientos de negativos de fotografías de carnet, una colección casi antropológica de miradas, de surcos en la piel. El régimen franquista estableció el Documento Nacional de Identidad en 1944, aunque no se empezó a expedir de forma masiva hasta 1951. “Había que hacer fotografías a toda la gente, y entonces los pueblos estaban muy habitados”, contaba Piedad. Al principio, no tenía dinero para comprar focos, así que colocaba al retratado en plena calle, con luz natural, delante de un bastidor que hacía de fondo blanco. Para las fotos de carnet y de familia numerosa, en los pueblos bastaba con colgar una sábana blanca en una pared de piedra, como si fuera una pantalla de un cine de verano. A esos mundos pequeños llegaba Piedad en bici primero, en moto después. En un viaje en el tiempo por carreteras secundarias, todavía hoy es fácil imaginársela en su Vespa, vestida con pantalones, colgada del hombro su primera cámara, una Retina de segunda mano.

 Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

El momento emocionante de ser retratado

“Cuando yo llegaba a los pueblos, era una fiesta”, recordaba Piedad. Sonaba un campanillo para anunciar que ya estaba la fotógrafa y la gente se arremolinaba. Ser retratado en aquellos años era casi un sueño de plata. Lo explica Juan Manuel Navia: “Era todo un acontecimiento, y en ese sentido hacía un tipo de fotografía testimonial tremendo. Aunque fueran fotos que podríamos llamar de oficio, con el tiempo han adquirido un valor muy importante”. En sus primeros reportajes de boda, por ejemplo, se ve cómo el padre bendecía la unión, las novias se casaban de negro y los convites se celebraban en las casas. Se utilizaban hasta las alcobas para sentar a los invitados. “Ese mero encargo, al que ella apenas le da importancia, lo hace tan bien, tan de verdad, que nos ha dejado un documento que necesitamos para enterarnos cómo eran nuestros padres, nuestros abuelos, la gente que vino antes de nosotros”, opina García Rodero.

Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

Imagen de 1954. Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

Al crepitar de un fuego ancestral en Lores, Elsa Romero repasa las fotos de boda que le hizo Piedad Isla. Una ráfaga de viento hace volar el velo y ¡clic! Piedad dispara para captar ese momento. “Me dijo, no te muevas, que estás muy guapa”. Han pasado casi 60 años desde aquel día, pero el álbum sigue intacto. “Había otras cosas más importantes en que gastar el dinero, pero yo tengo bastantes de la boda y es un recuerdo muy bueno”, dice pasando las páginas. La fotografía es memoria.

Una mirada fotográfica y etnográfica

Elsa es de las pocas vecinas que viven en su pueblo todo el año, una de esas aldeas que parecen dormitar en invierno, cuando la nieve, tímida últimamente, espolvorea el paisaje. “Piedad tenía el ojo puesto en todas las cosas que eran típicas de los pueblos. Cosas que nosotros no le dábamos importancia, ella sí que se la daba”, recuerda. Porque, además de esa fotografía de encargo, su mirada fotográfica era etnográfica al mismo tiempo. Se posó en su tierra, en la dureza del campo y de la mina, en el trabajo a huebra (comunal), en lo cotidiano, las nevadas de dos metros, esa sociedad cambiante por el zarpazo del éxodo rural. Su fotografía se fijaba en lo pequeño: la Quica hilando en San Felices de Castillería; la mítica de las monjas tirándose bolas de nieve en el recreo o aquella de Javi León paseando el cabezudo en bicicleta por la plaza de Cervera. Esas instantáneas que hacía sin intención, “por el puro placer de hacerlas” son las “más valiosas” para Navia: “Ahí es donde salía su mirada en estado más puro”.

Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

 Foto Piedad Isla ©. Fundación Piedad Isla & Juan Torres

Dice la fotoperiodista Marisa Flórez que Piedad Isla, en realidad, “no fue a tirar fotos, fue a acompañar la vida. Era una fotógrafa que estaba integrada en ese mundo”. Captó lo que amaba: las personas de su querida Montaña Palentina: “Hace los retratos desde el respeto. Busca dejar al individuo que tiene delante con una dignidad y una honestidad que se palpan enseguida”.

Se convirtió en la guardiana de la memoria de un mundo desaparecido. Piedad Isla hoy hubiera cumplido cien años. Su obra, sin embargo, es eterna.

*El programa Imprescindibles de La 2 emitirá en octubre el documental ‘Piedad Isla revelada’ para reivindicar no sólo a la fotógrafa, también a esa mujer poliédrica y aguerrida que fue fotoperiodista, etnógrafa, la primera concejala de Cervera de Pisuerga y defensora a ultranza de la naturaleza palentinaa.