Los afganos que Estados Unidos ha dejado atrás
'Si hubiera sabido que los estadounidenses nos abandonarían, nunca habría trabajado con ellos. ¿Cómo íbamos a imaginar que algún día abandonarían Afganistán, que los talibanes volverían a tomar el poder y que nos dejarían a su suerte?'
El último avión militar estadounidense despegó de Kabul el 30 de agosto de 2021. En ese instante, se quebraron las esperanzas de Alí, Ibrahim, Omar, Abdul, Karim y Abdulá. Ellos no habían conseguido subir a ninguna de las aeronaves que en aquellos días huían despavoridas de Afganistán. Estados Unidos, el país con el que habían colaborado durante 20 años de guerra, los estaba dejando atrás. Habían acompañado a sus tropas, traducido sus mensajes, curado sus heridas… y ahora los soldados se iban sin ellos.
Estados Unidos ponía fin a su guerra más larga. Se retiraba del país que habían invadido después de los atentados del 11 S. Los talibanes acababan de recuperar el poder y muchos afganos se exponían a su venganza. Ese mes de agosto, en medio del pánico y el caos, Estados Unidos sacó del aeropuerto de Kabul a 120.000 afganos. Pero muchos más se quedaron atrás.
Más de 200.000 afganos con vínculos con Estados Unidos siguen tratando de emigrar a ese país. Muchos estaban a punto de lograrlo. Estaban completando el proceso para viajar como refugiados, cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca y suspendió los programas de acogida. Ahora conviven con el miedo en el Afganistán de los talibanes, como Alí. O malviven en países vecinos, como Hassan. Omar, Ibrahim y Abdul están atrapados en un limbo en medio del desierto de Catar, en el campamento de As Sayliyah. Estados Unidos los evacuó allí, pero ahora ya no les permite continuar su viaje. Hemos hablado con ellos por teléfono. Los nombres de este artículo son ficticios. Los rostros están borrados. Todos tienen miedo.
Alí y los que no pudieron escapar
"Todos los chicos de mi edad han perdido la esperanza"
Alí nos pide que le escribamos desde nuestro correo de RTVE antes de hablar con nosotras por teléfono. Quiere asegurarse de que somos periodistas. Cuando por fin se siente lo bastante seguro para establecer una videollamada, nos cuenta que los talibanes pasaron hace poco por su edificio de apartamentos en Kabul. Buscaban a gente relacionada con Estados Unidos. Alí dice que se llevan a personas y que nadie vuelve a saber de ellas.
Alí tiene 25 años. Era un bebé cuando los terroristas de Al Qaeda perpetraron los atentados del 11 S. Creció durante la invasión estadounidense, con los talibanes fuera del poder. Estudiaba literatura en la Universidad de Kabul y colaboraba con una organización estadounidense que ofrecía formación a jóvenes afganos. Acudió allí en busca de ayuda cuando los talibanes regresaron. Consiguió una recomendación para que le concediesen el estatus de refugiado.
En Kabul, los talibanes iban casa por casa haciendo redadas. “Fue el día más arduo y más oscuro de mi vida”, recuerda con pavor. Se refugió en el apartamento de su hermana. En el suyo, escondidos en el sótano, dejó sus diplomas sellados por la embajada de Estados Unidos. No quería perder esos documentos. Los necesitaba para continuar con su petición de refugio.
El proceso para obtener los papeles es largo y costoso. Alí trabajó durante dos años en las minas de oro de Badajshán, cavando con una pala en las montañas. “Es el trabajo más duro del mundo”, explica. De vuelta en Kabul, se puso a trabajar en el mercado, transportando fardos muy pesados con una carretilla. Esos trabajos tan arduos que le permitían subsistir y pagar los trámites migratorios también estaban ajando su cuerpo. Pero Alí iba pasando entrevistas con los estadounidenses y sus esperanzas de que lo evacuasen iban creciendo. Ya solo le faltaban las pruebas médicas. En enero de 2025 calculaba que en pocos meses estaría volando rumbo a Estados Unidos. No contaba con que Donald Trump, en su primer día en la Casa Blanca, firmaría un decreto para suspender la acogida de refugiados. Alí nunca pudo completar el papeleo.
De pronto, mientras nos cuenta su historia, gira el teléfono y nos muestra a su esposa, que está sentada junto a él. Una sonrisa ilumina su rostro cuando nos confiesa que están esperando a su primer hijo. Se apaga cuando nos dice que ya no sabe cuándo podrán salir de Afganistán.
“Estos días no se pasa por mi cabeza ningún pensamiento positivo”, reconoce Alí. Trabaja seis días a la semana, de sábado a jueves. Cuando llega el viernes, siente que ya no puede cargar con su propio cuerpo. Se encierra en casa y se pasa el día durmiendo. “No creo que pueda seguir así más de cinco años”, suspira, “a partir de los 30 el cuerpo se debilita”.
Ibrahim, Omar y Abdul: atrapados en tierra de nadie
“Es como una cárcel. Estamos encerrados”
En el verano de 2024, Omar sintió que acababan de salvarle la vida. Llevaba tres años en Kabul, trabajando como médico y ocultando al gobierno talibán una parte importante de su pasado: durante casi una década había participado en ANASOC, una unidad de élite de las fuerzas armadas afganas creada con apoyo del Pentágono. Ahora, por fin, un correo le informaba de que Estados Unidos iba a acogerlo como refugiado. Primero lo evacuaron, junto a su esposa y sus cinco hijos, a un campamento en Catar, llamado As Sayliyah. Omar recuerda haber sentido una gran esperanza. Al fin estaban en un lugar seguro. Su hija pequeña tenía nueve años. Soñaba con estudiar en Estados Unidos y hacerse piloto. Ahora ha cumplido once y sigue en As Sayliyah. No tiene acceso a una educación reglada. En la escuela del campamento sólo imparten clases de inglés y de informática.
As Sayliyah es una antigua base militar, situada en medio del desierto de Catar. Ahora está habitada por familias afganas como la de Omar. Allí reciben comida y atención médica, pero no pueden salir al exterior. “Vivimos entre cuatro paredes, somos prisioneros”, lamenta Omar.
A Ibrahim se le hacen demasiado largas las horas. Cada día en As Sayliyah le parece un mes. Y ya lleva dos años allí. Llegó en el verano de 2024, como Omar. Apenas duerme dos o tres horas cada noche y está cada vez más exhausto. Su hija mayor tiene 22 años y ha dejado de comer. Ha perdido cinco kilos de peso y los médicos no son capaces de decirle qué le ocurre. Su hijo pequeño es un bebé de cinco meses, nacido en el campamento. Los medianos le hacen preguntas a todas horas: “¿Por qué no podemos salir? ¿Por qué los estadounidenses no te ayudan, si tenías tantos amigos que trabajaban contigo en tu oficina?”
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Para Abdul, lo más angustioso es la sensación de incertidumbre. En As Sayliyah nadie sabe qué va a ser de ellos. Él trabajó durante más de cinco años como traductor para las tropas de la coalición. Tuvo que huir precipitadamente cuando los talibanes fueron a su casa a buscarlo. Primero escapó a Pakistán y de allí lo evacuaron a Catar. Su familia sigue en Afganistán y la separación se les hace cada vez más dura.
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Los casos de Omar, Ibrahim y Abdul se quedaron en un limbo cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca. La angustia de todos creció cuando emprendió la guerra contra Irán. El campamento de As Sayliya está situado en frente de la costa iraní, en la orilla opuesta. Los misiles de ese país empezaron a pasar por encima de sus cabezas. Varios fragmentos de metralla han impactado en las instalaciones. Ellos relatan escenas de pánico, con niños corriendo y gritando. Un informe del Pentágono describe así un incidente ocurrido el 2 de marzo: “Aproximadamente 100 residentes se acercaron a la puerta principal expresando su intención de marcharse. Después de hablar con el personal, volvieron a sus alojamientos”. Ahora todos tienen miedo. Escaparon de las consecuencias de la guerra en su país para acabar atrapados en medio de otro conflicto.
Hay millones de afganos varados en distintos países, pero As Sayliyah es un lugar único: no hay otro campamento gestionado directamente por el gobierno de Estados Unidos. Era una base del Pentágono hasta agosto de 2021. Cuando los talibanes retomaron el poder, la administración de Joe Biden decidió convertirla en una base de operaciones para evacuar a ciudadanos afganos. Allí revisaban sus casos y les hacían las pruebas médicas, antes de embarcarlos rumbo a Estados Unidos. Shawn VanDiver, un veterano de la Armada, describe la base como una pequeña ciudad, con calles nombradas como los estados americanos y con todo tipo de edificios e infraestructuras, incluida una piscina que ya nadie utiliza.
VanDiver es el presidente de AfghanEvac, una organización sin ánimo de lucro que aboga por reasentar a los afganos que se quedaron atrás. Según sus datos, hay 1.039 personas atrapadas en As Sayliyah. Más de 400 son niños. Más de 300 son mujeres. Una veintena de ellas están embarazadas. 150 son familiares de afganos que emigraron hace años a Estados Unidos y que ahora están sirviendo en el ejército, combatiendo en nombre de un país que mantiene encerrados a sus padres, hermanos e hijos. “Las personas en As Sayliyah están aburridas, se están volviendo locas, no se merecen que las dejemos en ese limbo. Todas ellas han colaborado con Estados Unidos. Nosotros las llevamos allí. Vendieron sus pertenencias en Afganistán, dijeron adiós a su país”, denuncia VanDiver.
La administración Trump, en cambio, defiende que es necesario detener los reasentamientos. Dicen que el gobierno de Biden dejó entrar a demasiados afganos, sin tomarse el tiempo necesario para verificar sus identidades y su historial. Cuando preguntamos al Departamento de Estado por los que están varados en As Sayliyah, un portavoz nos responde por escrito que ya han pasado cinco años desde que Estados Unidos se retiró de Afganistán y que “es hora de dejar atrás ese conflicto tan largo y mirar al futuro”. Han anunciado su intención de cerrar el campamento el 30 de septiembre y las familias tienen miedo de que las deporten a Afganistán o a algún otro país. Han oído que están sopesando llevarlos a la República Democrática del Congo, un lugar del que sólo saben que tampoco es seguro. El portavoz del Departamento de Estado nos dice que “moverlos a un tercer país es una solución positiva que provee seguridad tanto para que esas personas inicien una nueva vida fuera de Afganistán, como para los ciudadanos estadounidenses”.
Nilofar y Abdulá: regresar al infierno
"Aquí vivimos con un miedo constante"
La voz de Nilofar suena cansada. Ella recuerda el 15 de agosto de 2021, el día en que todo empezó a resquebrajarse para su familia. Vieron que los talibanes irrumpían en el palacio presidencial de Kabul y corrieron despavoridos al aeropuerto. Su padre, Karim, había trabajado durante más de una década para una empresa de transportes que proveía servicios al ejército estadounidense. A su tío lo habían secuestrado y matado los talibanes. Ahora todos temían por su vida. En el aeropuerto se toparon con decenas de miles de afganos tan aterrados como ellos. En medio del caos, la familia acabó separada. Nilofar, su tía y tres hermanos subieron a uno de los aviones. Sus padres y otras dos hermanas se quedaron en tierra.
Nilofar llegó a Estados Unidos. Ella tenía 19 años y empezó a trabajar en un restaurante de comida rápida para alimentar a sus hermanos pequeños. Sus padres pasaron más de tres años escondidos en Afganistán. Apenas salían a la calle. Algunos vecinos hacían la compra por ellos y les llevaban comida. Las pequeñas de la familia, dos gemelas de 9 años, se habían separado en el aeropuerto. Ahora una rehacía su vida en Estados Unidos con Nilofar y la otra sobrevivía con sus padres en Afganistán. Karim cree que su historial laboral lo hacía merecedor de una S.I.V., la visa especial para colaboradores afganos. Intentó solicitarla, pero no pudo encontrar ni a su antiguo jefe ni los documentos que acreditaban su trabajo. Los había destruido por miedo a que los talibanes los encontrasen.
Los afganos que no conseguían reunir los documentos necesarios para una visa S.I.V., podían solicitar el estatus de refugiado. Necesitaban probar que su vida corría peligro en su país. El 16 de enero de 2025, Estados Unidos aceptó el caso de Karim y lo evacuó al campamento de As Sayliyah junto a su esposa y las dos hijas que seguían con ellos. Por primera vez en tres años y medio, los cuatro se sintieron a salvo. Solo cuatro días después, el 20 de enero, Donald Trump juró el cargo de presidente y esa misma noche firmó una orden para suspender la acogida de refugiados. Los cuatro se quedaron varados en Catar, encerrados en una habitación con literas y un televisor. Nilofar nos cuenta que empezaron a tener problemas graves de salud mental. Desesperados, sin ver la forma de salir de allí, tomaron la decisión más dura de su vida: volver a Afganistán. “Mi padre pensó que, si iba a morir de todos modos, prefería hacerlo en su propio país”, nos dice Nilofar.
Ahora los cuatro viven aterrados en Kabul. Nilofar sufre por ellos. “Viven como ilegales en su propio país”, lamenta. Sus hermanas pequeñas, las gemelas, ya han cumplido 14 años y siguen separadas. Llevan cinco años sin verse. La que está en Estados Unidos se siente culpable al pensar que su hermana no puede estudiar. En el Afganistán de los talibanes, no hay escuela para ella.
Abdulá y su familia también se vieron obligados a regresar a Afganistán, después de pasar un año en el campamento de Catar. Lo que más le duele a él es ver cómo les han arrebatado a sus hijas las oportunidades con las que soñaban.
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Abdulá cuenta que trabajó como traductor para las Fuerzas Especiales estadounidenses y que participó en misiones de alto riesgo. Su caso sufrió un revés con el que no contaba. En el último momento, cuando ya estaban en el campamento, Estados Unidos denegó su solicitud de refugio. Ocurrió en 2024, cuando todavía gobernaba Joe Biden. Ahora, de vuelta en Kabul, Abdulá vive con un miedo permanente. “Me pregunto si de verdad nos merecíamos esto. Ya nadie nos presta atención”, lamenta.
Él confía en que en algún momento podrá volver a pelear su caso ante las autoridades migratorias estadounidenses. Sin embargo, en julio de 2025, ya con Trump como presidente, en medio de su ofensiva contra los migrantes, Estados Unidos cerró una puerta más a los afganos. Retiraron la protección humanitaria (TPS) a los que ya estaban viviendo allí con permisos de estancia temporales y, al anunciar la medida, publicaron esta nota: “Afganistán ha mejorado su situación de seguridad y su economía es cada vez más estable. Ya nada impide a sus ciudadanos regresar a su país de origen”.
Hassan y el éxodo que no acaba
"Vivo como un vagabundo"
Hassan recuerda cuando los americanos entraron en su país y expulsaron a los talibanes del gobierno, a finales de 2001. Él acababa de terminar el instituto, se sentía lleno de energía y veía aquello como una oportunidad de prosperar. Hablaba unas pocas palabras de inglés y se acercaba a los soldados estadounidenses para ofrecerse como traductor. Empezó a hacer algunos recados para ellos. Años más tarde, después de estudiar ingeniería en la universidad, recibió varios encargos del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos. Conserva fotografías de los proyectos que hizo para ellos: puestos de control en la frontera, un centro de detención para traficantes de droga, reformas en el aeropuerto de Kabul…
Un día empezó a recibir cartas con amenazas de muerte. Los talibanes seguían manteniendo una presencia importante en la provincia de Hassan, Kandahar, y le exigían que dejase de trabajar para los estadounidenses. Pero el negocio iba bien y Hassan no quería dejarlo. Hasta que secuestraron a su sobrino. Entonces Hassan cerró su empresa. A los talibanes no les bastó con eso. Hassan cuenta que un día dos hombres pararon su coche y pusieron una pistola en su cabeza. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en un sótano húmedo, maniatado. Lo torturaron durante meses, antes de hacerle una oferta: su vida a cambio de sus ahorros. Hassan vendió propiedades para pagar a sus captores. Cuando lo soltaron, Hassan hizo pasaportes para su esposa y sus hijos. Emigraron a Dubai, una de las mayores ciudades de Emiratos Árabes Unidos, en 2014. Allí, según sus palabras, empezaron a vivir “como vagabundos”.
Él iba al mercado y ofrecía sus servicios, de lo que fuese: dentista, pintor, mecánico… Iban tirando con el dinero que ganaba arreglando coches. Mientras tanto, Hassan buscaba la manera de emigrar a Estados Unidos. En 2021, el mundo se fijó en los afganos y los trámites de la familia de Hassan empezaron a avanzar. Reunieron cartas de recomendación, pasaron las pruebas médicas y por fin consiguieron una cita: en la embajada estadounidense de Arabia Saudí en octubre de 2025. Hassan tuvo que pedir dinero prestado para viajar hasta allí. Podía demostrar que había trabajado durante años para el ejército de Estados Unidos y estaba solicitando una visa especial S.I.V. A esas alturas, era la única puerta que quedaba abierta para los colaboradores afganos. Trump ya había suspendido el refugio y otros permisos humanitarios.
El 26 de noviembre de 2025, un hombre disparó a dos militares de la Guardia Nacional a pocas manzanas de la Casa Blanca. Enseguida detuvieron al atacante y descubrieron que era de Afganistán. Había combatido a los talibanes en su país junto a la CIA y las Fuerzas Especiales y le habían concedido asilo en Estados Unidos. Fue uno de las decenas de miles de afganos que se subieron a un avión en el aeropuerto de Kabul en el verano de 2021. La administración de Joe Biden lo había evacuado durante la operación de emergencia “Allies Welcome” (“Aliados Bienvenidos”), la mayor evacuación de la historia, mayor que cuando se retiraron de Vietnam. Su salud mental llevaba años deteriorándose cuando apretó el gatillo contra los dos militares en pleno corazón de Washington. Donald Trump culpó al gobierno anterior por haber permitido entrar a tantos afganos. Prometió cerrarles todas las puertas. Ya solo quedaba una: la que estaba tratando de cruzar Hassan, la visa especial S.I.V. El 31 de diciembre de 2025 Trump suspendió también esa vía. Los papeles de Hassan ya no servían para nada.
Ahora Hassan está desesperado. No tiene dinero para renovar los permisos de su familia para vivir en Emiratos. Le aterra que lo deporten a Afganistán. Allí, en su pueblo, los talibanes todavía preguntan por él y reparten fotografías con su cara a los vecinos, por si alguien lo ve. Recuerda lo que le decían hace años, cuando lo tenían maniatado en aquel sótano húmedo: “Te equivocaste al escoger a los estadounidenses. Si hubieses trabajado para nosotros, no estarías en esta situación”. En aquel momento, Hassan no les hacía caso. Ahora, sin embargo, dice que quizás tenían razón. Se siente estúpido por haber confiado en aquellos soldados americanos que le prometían un futuro mejor.
Rahmatullah y los que encontraron otro camino
"Mis hijos me preguntaban por qué no salimos de aquí"
Rahmatullah Haidari ya no oculta su nombre ni su rostro. El suyo es el único nombre real en este artículo. Él es el único que se siente a salvo. Llegó a Australia en septiembre de 2025, después de pasar un año en el campamento de As Sayliyah. Su relato coincide con el de los que siguen encerrados allí: la asfixia de sentirse prisioneros, la incertidumbre de no saber qué será de sus familias, los hijos que preguntan cada noche por qué no los sacan de allí, la desolación punzante cuando un día los reúnen en una sala y les dicen que el gobierno de Estados Unidos ha dejado de tramitar sus solicitudes.
Ese día, Rahmatullah fue la única persona del campamento que tuvo un golpe de suerte. Cuando vivía en Afganistán, trabajaba para el ministerio del Interior. Recogía información y elaboraba informes para los países de la OTAN y la coalición internacional. Colaboraba con varios gobiernos. Cuando Estados Unidos le cerró sus puertas, enseguida pensó en otro lugar: Australia. Los australianos aceptaron su solicitud de asilo y en septiembre de 2025 su esposa embarazada, sus seis hijos y él montaron en un avión y pusieron rumbo a un país en el que nunca hubiesen imaginado acabar.
Rahmatullah sonríe mientras nos habla por videollamada desde Australia. Se siente afortunado. Ha encontrado trabajo en una organización de ayuda a los refugiados. Por las noches se dedica a estudiar inglés. Nos dice, entre bromas, que el acento australiano es tan diferente al estadounidense que le cuesta entender a sus nuevos vecinos.
A veces habla por teléfono con los afganos que siguen varados en As Sayliyah. Dice que están muy tristes y débiles. “Allí están muriendo poco a poco. No pueden parar de pensar que los devolverán a Afganistán y que ese será el fin de sus vidas”.
Los tribunales estadounidenses han dictado que algunas de las restricciones que Trump ha impuesto a los colaboradores afganos son ilegales. A pesar de esos fallos judiciales, a día de hoy todas las puertas siguen cerradas para ellos. Alí, Omar, Ibrahim, Abdul, Karim, Abdulá y Hassan siguen preguntándose por qué Estados Unidos los ha abandonado.
Créditos
Coordinación de contenidos: Paula Guisado y Estefanía de Antonio. | Texto y vídeos: Cristina Olea. | Productora Washington: Beatriz Pascual. | Fotos: Getty, AFP, AP, EFE, REUTERS. | Diseño y maquetación: José Javier Ramos (InfografíaRTVE - Hiberus) | Infografías: Víctor Meneses (InfografíaRTVE · Hiberus) | Desarrollo: Nacho Díaz (InfografíaRTVE - Hiberus)