El genocidio rohinyá, nueve años después: las organizaciones denuncian el estado de los campamentos en Bangladés
- El campamento de refugiados de Cox’s Bazar acoge a 1,2 millones de migrantes
- Los rohinyás huyen de persecución de las fuerzas militares en Birmania, que gobiernan el país
Se cumplen nueve años de la masacre perpetrada contra el pueblo rohinyá, considerado como "la minoría étnica más perseguida del planeta", por parte de las autoridades de Myanmar (Birmania). Se trata de uno de los genocidios más importantes de la historia reciente. Desde el 25 de agosto de 2017, las fuerzas de seguridad birmanas arrasaron cientos de núcleos civiles de esta población musulmana suní. En apenas un mes, más de 6.700 rohinyás murieron.
Actualmente, la cifra de víctimas mortales a causa de esta limpieza se cifra en torno a las 25.000, y cerca de 1,2 millones de personas rohinyás viven refugiadas en los campos bangladesíes de Cox’s Bazar después de haber sido expulsadas de sus hogares, incluyendo a más de 150.000 recién llegadas que han huido de Myanmar tras la escalada en la violencia que se ha producido en el país desde principios de 2024. Casi una década después, la organización pro derechos humanos Oxfam Intermón ha publicado un informe en el que denuncia los recortes presupuestarios y los déficits en la financiación para la ayuda humanitaria.
Hasta ahora, el Plan de Respuesta Conjunta (PRC) para 2025-2026 no ha obtenido el apoyo económico que se esperaba. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), los donantes solo cubrieron el 46% del llamamiento de 934,5 millones de dólares presupuestados para el primer año. Para 2026, el PRC solicita 710,5 millones de dólares, una cantidad que para Oxfam supone "cubrir únicamente lo mínimo necesario para mantener asistencia vital".
"El mayor peligro es acostumbrarnos a esta crisis", asegura Anil Pant, director de Oxfam en Bangladés. "Debemos proteger los servicios vitales, fortalecer la resiliencia y la capacidad local, apoyar a las comunidades de acogida y renovar la acción colectiva para lograr soluciones seguras".
Historia del genocidio
Los rohinyás conforman una de las múltiples etnias que habitaban tradicionalmente en Myanmar, en el estado de Rakhine (en la costa oeste del país), aunque el país es en su mayoría budista (aproximadamente el 90% de la población). Las comunidades musulmanas suponen un 4% de los habitantes, aunque no tienen permitido votar ni poseer la ciudadanía.
Los orígenes y los motivos de esta discriminación histórica se remontan a la época colonial. Por aquel entonces, la población hindú y musulmana en la Birmania británica aumentó considerablemente, y los colonos británicos les otorgaron el estatus de "etnias superiores" respecto a los budistas. Algo similar a lo ocurrido en Ruanda, cuando los colonos belgas catalogaron a la población tutsi como "dominante" frente a los hutus, que también desembocó en un conocido genocidio. Este favoritismo llevó a los hindús y musulmanes a ocupar mayores cargos en el colonialismo y a los budistas a desarrollar una suerte de nacionalismo que, tras la independencia en 1948 y la posterior victoria birmana frente a la ocupación japonesa, los musulmanes (entre ellos los rohinyas) fuesen considerados como "hostiles al régimen".
Entre 1962 y 2010, el país fue tomado por una junta militar, conocida como la SPDC (Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo), un período en el que la persecución contra este pueblo continuó y se produjeron las primeras oleadas migratorias hacia Bangladesh. Tras la disolución del régimen y el cambio de poder, se abría una ventana a la transición democrática en Myanmar con la llegada al poder de la Liga Nacional por la Democracia (NLD) de la premio nobel Aung San Suu Kyi.
Sin embargo, la llegada de la democracia no supondría un cambio en la situación de los rohinyás. En 2015 fueron excluidos del censo, lo que provoca que el número real de personas pertenecientes a este pueblo sea imposible de calcular.
Llegó agosto de 2017, cuando el grupo insurgente ARSA (Ejército de Salvación Rohingya de Arakan) provocó un supuesto ataque contra puestos militares birmanos. Bajo el pretexto de esta ofensiva, las Fuerzas Armadas, comandadas por el comandante jefe Min Aung Hlaing, iniciaron una política de destrucción de infraestructuras y arrasaron más del 40% de los pueblos en el norte de Rakhine. La ola migratoria hacia el país vecino se cifró en 700.000 personas.
Refugiados rohingya en un barco bajo la lluvia llegan a Bangladesh, procedentes del estado de Rakhine, en Myanmar, en 2017 K M Asad K M Asad / LightRocket / Getty
La discriminación había pasado a la absoluta represión. Amnistía Internacional recopiló datos sobre la población que huía, que narraba matanzas indiscriminadas, quema de poblaciones y crímenes de violencia sexual contra mujeres y niñas. El 27 de diciembre de 2019, la Asamblea General de la ONU condenó las violaciones de los derechos humanos de los rohinyá por parte del Gobierno birmano.
En 2021, volvió a instaurarse una dictadura militar en el país. La consejera de Estado Suu Kyi, cuya inacción respecto al genocidio es su mayor mancha política, fue encarcelada, y Aung Hlaing, máximo exponente del exterminio, es el actual presidente en Myanmar.
En tierra de nadie
La gran mayoría de los más de 2 millones de rohinyás estimados viven fuera del país. En Bangladés, comparten lengua, etnia y religión con sus habitantes. Sin embargo, al igual que en Birmania, se les niega el derecho a la ciudadanía. Ninguno de los dos países los considera como suyos.
En noviembre de 2018, meses después de que iniciase la persecución, el Gobierno de Bangladés intentó iniciar la repatriación de los refugiados, pero tuvo que suspenderla debido a que ninguno de ellos deseaba volver a Birmania.
En la ciudad de Cox's Bazar se encuentran más de 1,2 millones de rohinyás, la mitad de ellos niños, en uno de los campamentos de refugiados más grandes del mundo. Todos ellos se aglomeran en una porción de tierra de apenas 24 kilómetros cuadrados, una de las zonas con mayor densidad de población del mundo. Sus condiciones, no obstante, distan mucho de ser salubres.
Una vista aérea muestra el campo de refugiados rohingya de Kutupalong, el mayor asentamiento de refugiados del mundo, en Cox’s Bazar, Bangladesh. Muhammad Amdad Hossain Muhammad Amdad Hossain
Las deficiencias
En el informe Holding the line, la investigación de Oxfam se centra en las deficiencias en materia de agua, saneamiento e higiene dentro de los campamentos en Cox's Bazar. Detalla que actualmente, la infraestructura incluye 298 redes de agua, 320 pozos de producción, 768 depósitos de agua, más de 7.000 grifos, casi 49.500 letrinas y 167 plantas de tratamiento de aguas fecales. Sin embargo, el envejecimiento de infraestructuras, la escasez de agua en estación seca, las tormentas monzónicas y la reducción de la financiación aumentan el riesgo de la situación, alegan.
Según los testimonios de habitantes en la zona, apenas el 22% dispone de agua y jabón para lavarse las manos. También hacen hincapié en la necesidad de reforzar el apoyo a la higiene menstrual, y cómo la escasez de suministros de higiene supone un peligro para la seguridad, privacidad y dignidad para las mujeres y niñas: "Si se hace muy tarde, tengo miedo de salir", explica Asmat, una joven de 24 años, entrevistada por Oxfam.
La deficiencia alimentaria es universal en todos los campamentos en Cox's Bazar. El pasado año, UNICEF informó que las admisiones de niños rohinyás para el tratamiento de la desnutrición aguda grave habían aumentado un 27% el último año.
Desde 2017, la comunidad internacional, Bangladés y las comunidades de acogida han tratado de mantener la respuesta humanitaria y proporcionar alimentos, agua y protección para los refugiados. Sin embargo, la crisis ha continuado prolongándose en el tiempo, y los rohinyás continúan soportando las consecuencias de un genocidio silenciado y a "cámara lenta".