El ébola para el que no hay vacuna: cómo el brote de Congo vuelve a poner a prueba al continente africano
- La epidemia de Bundibugyo supera los 5.200 casos y suma 2.476 muertes: avanza más rápido que cualquier brote anterior
- Recibirán 70.000 dosis de Ervebo, una vacuna contra otro virus del ébola cuya eficacia frente a Bundibugyo se desconoce
Durante la última semana, el ébola ha matado aproximadamente a una persona cada media hora en la República Democrática del Congo (RDC). A punto de cumplirse 100 días desde que las autoridades declararon el brote, el virus ha causado ya más de 5.200 casos confirmados y 2.476 muertes, según las cifras del Gobierno congoleño recogidas por Médicos Sin Fronteras (MSF) hasta el 18 de agosto. Casi la mitad de los enfermos diagnosticados no ha sobrevivido.
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La epidemia es ya la mayor y más mortífera registrada en la historia del país y la segunda con más víctimas del mundo después de la que asoló África occidental entre 2014 y 2016. También es la que más rápidamente se ha extendido desde que existen registros.
Los datos abruman. Necesitó menos de dos semanas para pasar de 4.000 a 5.000 contagios. Ha desbordado el epicentro de Ituri, alcanzado seis provincias y 55 zonas sanitarias y ha dejado atrás el balance del brote que castigó el este congoleño entre 2018 y 2020, con 3.481 casos y 2.299 fallecidos.
Pero esta no es solo una nueva carrera contra el ébola. Es también una carrera contra un virus para el que todavía no existe una vacuna autorizada ni un tratamiento específico. El responsable es Bundibugyo, diferente del virus del Ébola (EBOV), anteriormente denominado Zaire ebolavirus, que provocó la gran epidemia de África occidental de 2014 a 2016. Esa diferencia impide utilizar como si fueran intercambiables las principales vacunas y tratamientos desarrollados desde entonces.
Representación microscópica detallada del virus del Ébola en sangre humana, durante la nueva epidemia viral de 2020 Getty Images
La decisión de enviar a Congo 70.000 dosis de Ervebo, anunciada este jueves por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC), resume la paradoja: hay vacunas almacenadas y listas para viajar, pero no se sabe aún si funcionan contra el virus que está matando en Congo.
Veinte mil dosis se reservarán para un ensayo clínico de fase 3 y las otras 50.000 se ofrecerán a trabajadores sanitarios y personal de primera línea siguiendo las recomendaciones actuales del grupo asesor de la OMS.
No existe una única enfermedad del ébola
El término "ébola" suele utilizarse como si designara un solo patógeno, pero engloba enfermedades provocadas por distintos orthoebolavirus, que son de tipo filamentoso y provocan fiebres hemorrágicas severas en personas y primates. Se han identificado seis especies y tres de sus virus han causado grandes brotes en seres humanos: el virus del Ébola, - antes conocido como Zaire ebolavirus; el virus de Sudán y el virus de Bundibugyo.
Las vacunas y los tratamientos que transformaron la respuesta frente al primero no están autorizados para los otros dos. Ervebo fue concebida y aprobada para prevenir la enfermedad causada por el virus del Ébola - el antiguo Zaire. Incluso los anticuerpos monoclonales recomendados por la OMS también se dirigen contra ese virus, pero para Bundibugyo la organización reconoce que todavía no existe una herramienta cuya seguridad y eficacia hayan sido demostradas.
Algunos experimentos de laboratorio y con animales apuntan a una posible protección cruzada, pero la evidencia es limitada y tendrá aún que confirmarse en plena epidemia. Incluso las personas a las que se les ofrezca tendrán que recibir información sobre los posibles beneficios o riesgos, además de prestar su consentimiento.
En paralelo, dos vacunas diseñadas específicamente contra Bundibugyo han comenzado a aplicarse ya y por primera vez en ensayos con seres humanos, según ha asegurado el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Es un avance científico, pero llega cuando el virus ya ha infectado a miles de personas y provocado cientos de muertes.
La epidemia vuelve así a colocar a África en la incómoda posición de combatir una emergencia mientras genera el conocimiento que debería protegerla de la siguiente.
Científico trabajando en un laboratorio Getty Images
Más camas no bastan
El ébola no se transmite por el aire ni antes de que aparezcan los síntomas. El contagio requiere contacto directo, a través de la piel lesionada o las mucosas, con la sangre u otros fluidos corporales de una persona enferma o fallecida, o con materiales contaminados. Su periodo de incubación oscila entre dos y 21 días.
En teoría, esas características permiten cortar las cadenas mediante la detección precoz, el aislamiento, el rastreo de contactos durante tres semanas y los entierros seguros. En la práctica, los primeros síntomas - fiebre, cansancio, dolores musculares o cefalea - pueden confundirse con malaria, fiebre tifoidea y otras enfermedades habituales. Así, cuando llegan los vómitos, la diarrea o, en algunos casos, las hemorragias, el enfermo puede llevar días en contacto estrecho con su familia.
La cifra que más inquieta a las organizaciones desplegadas en Congo explica por qué el brote sigue acelerándose: más del 60% de las muertes se han producido fuera de los centros de tratamiento, reza un comunicado difundido por la ONG Médicos sin Fronteras (MSF). Según esta organización francesa, muchas personas fallecen en sus comunidades, a menudo lejos de una unidad especializada y sin haber recibido atención, lo que puede ocultar una cadena de contagios sin identificar.
"La epidemia continúa propagándose y el ritmo al que avanza es superior al de la capacidad de respuesta desplegada", advierte el presidente internacional de la organización, el doctor Javid Abdelmoneim. A su juicio, los centros de tratamiento siguen siendo indispensables, "pero esta respuesta necesita algo más que camas adicionales": hacen falta una mejor detección, el aislamiento seguro de enfermos y contactos, protección para quienes acuden a los centros sanitarios y apoyo a sus trabajadores. "Y, sobre todo, la respuesta debe construirse con las comunidades, no en torno a ellas", sostiene.
La desconfianza también contagia
El brote se declaró oficialmente el 15 de mayo, pero para entonces ya se investigaban grupos de muertes comunitarias en Ituri y Kivu del Norte. El virus había ganado tiempo en una región atravesada por el conflicto armado, los desplazamientos, el hambre y una movilidad constante a través de carreteras, ríos y rutas mineras.
La inseguridad ha estado limitando el acceso de los equipos de respuesta y los ataques contra instalaciones sanitarias interrumpen la vigilancia, las pruebas y el seguimiento de contactos. A ello se suma la desconfianza hacia unas instituciones que muchas comunidades perciben como lejanas y que, a ojos de la población local, solo aparecen durante el ébola mientras otras necesidades básicas - agua potable, alimentos, atención materna, tratamiento de la malaria o de la diarrea - siguen sin cubrirse.
La experiencia de MSF en el campo de desplazados de Rho, cerca de Drodro, en Ituri, muestra, afirman desde la organización, la diferencia que puede marcar la participación local. En un espacio superpoblado donde viven cerca de 50.000 personas, los líderes comunitarios han colaborado con la ONG para escuchar los temores de las familias y animar a quienes presentan síntomas a hacerse la prueba y recibir tratamiento. Desde MSF consideran que ese trabajo ha ayudado a limitar la transmisión y la mortalidad en las cinco provincias del país donde trabaja y en las que mantiene a unos 1400 trabajadores desplegados.
"Conocemos nuestras comunidades y sabemos cómo llegar a nuestra gente", explica Ezrome Kiza Lumani, uno de esos líderes. "Cuando llegó el ébola, no esperamos. Hablamos con las familias, escuchamos sus miedos y animamos a las personas con síntomas a buscar atención médica".
En las zonas que ahora reciben sus primeros casos falta también personal preparado. "Se necesitan urgentemente trabajadores sanitarios con formación específica, no solo dentro de los centros de tratamiento, sino también en las comunidades afectadas", señala Trish Newport, responsable de emergencias de la ONG en Ituri. Asegura que deben poder reconocer antes los casos, derivarlos con seguridad y protegerse de la infección.
Trabajador de MSF conciencia a las comunidades de Ituri, en RDC, afectadas por la propagación del ébola MSF España
Una amenaza internacional, pero no una pandemia en marcha
La expansión más allá de Congo confirma que las fronteras pueden retrasar un virus, pero no detenerlo. Uganda registró 20 contagios confirmados y dos muertes, pero logró cortar la transmisión local. Francia detectó un caso en un trabajador que regresó de Congo y no ha registrado contagios secundarios; otros dos pacientes diagnosticados en la RDC fueron tratados en Alemania.
La OMS mantiene la epidemia como emergencia de salud pública de importancia internacional y considera elevado el riesgo dentro de Congo y para los países vecinos. No estamos ante una nueva COVID-19, dicen desde la organización, que califica actualmente de bajo el riesgo para el resto de África y del planeta. El ébola, dice, puede contenerse cuando existen vigilancia, laboratorios y sistemas sanitarios capaces de reaccionar.
Sin embargo, el problema es que esas condiciones no están garantizadas en el este congoleño, donde aumenta la mortalidad en Kivu del Norte y persisten cadenas invisibles fuera del epicentro, en Ituri. El director de la OMS ha reconocido que la epidemia está "lejos de estar bajo control" y que la respuesta todavía intenta recuperar la ventaja que obtuvo el virus antes de ser identificado.
El personal sanitario atiende a un paciente con ébola en el centro de tratamiento de Rwampara, en Ituri (R. D. Congo) Moses Sawasawa AP Photo / Moses Sawasawa
Qué se puede hacer aún sin vacuna
Aunque no exista un fármaco específico autorizado para Bundibugyo, los expertos en el terreno coinciden en señalar que sí se pueden adoptar medidas que mitiguen las consecuencias de la infección. La rehidratación, control del dolor y de los síntomas, nutrición y tratamiento de infecciones coincidentes como la malaria puede aumentar sustancialmente las posibilidades de supervivencia. Cuanto antes se empiece, mayor será su efecto.
Emery Guba Mateso, líder comunitario del campo de Rho, perdió a su hijo por el ébola y después sobrevivió él mismo a la enfermedad. Su mensaje es sencillo: "En cuanto aparecen los primeros síntomas, es importante buscar atención médica de inmediato".
Pero esa recomendación choca con la realidad de las comunidades alejadas, centros que no siempre pueden aislar un caso sospechoso y trabajadores sin suficiente formación o material que hablan de grandes dificultades para combatir la desconfianza entre la gente, especialmente si teme que puede contagiarse cuando busca ayuda o si la respuesta al ébola interrumpe la atención general de otras enfermedades.
La epidemia de África occidental dejó más de 11.000 muertos y alrededor de 28.000 contagios entre 2014 y 2016. Diez años después, el mundo está mejor preparado, pero no para todos los virus del ébola por igual.
Las 70.000 dosis que viajarán a Congo encarnan a la vez ese progreso y sus límites: 50.000 intentarán proteger ahora a quienes más se exponen; otras 20.000 deberán producir la evidencia que falta para el futuro. Mientras se despeja si Ervebo sirve también contra Bundibugyo, la respuesta depende de herramientas conocidas desde hace décadas: encontrar cada caso, seguir cada contacto, atender pronto a cada enfermo y conseguir que las comunidades confíen en quienes pretenden ayudarlas.
De momento, este último brote ha vuelto a poner a prueba al mundo y demuestra que no basta con que la ciencia avance en los laboratorios o que las vacunas esperen en una reserva internacional: hay que convertirlas a tiempo en protección, cuidados y confianza sobre el terreno. En Congo, la distancia entre lo que el mundo sabe hacer y lo que realmente pueda lograr se medirá en evitar una muerte cada media hora.