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Noruega recuerda 15 años después a las 77 víctimas de Utoya bajo la sombra del nuevo extremismo en Europa

  • Los dos ataques dejaron en total 77 muertos y cientos de heridos
  • Fue el episodio más sangriento vivido por Noruega desde la Segunda Guerra Mundial
Rosas en el monumento conmemorativo nacional en recuerdo de las 77 víctimas del ataque terrorista del 22 de julio de 2011, durante la ceremonia de inauguración en el distrito gubernamental de Oslo, Noruega
Rosas en el monumento conmemorativo nacional en recuerdo de las 77 víctimas del ataque terrorista del 22 de julio de 2011, durante la ceremonia de inauguración en el distrito gubernamental de Oslo, Noruega

Los nombres de las 77 víctimas que dejó aquel fatídico 22 de julio de 2011 han vuelto a escucharse este miércoles en Noruega. Primero, los de las ocho personas asesinadas por la bomba que destrozó el corazón político de Oslo; después, los de los 69 jóvenes abatidos en la isla de Utoya. Quince años más tarde, el país no solo recuerda a sus muertos. También revisa la forma en que explicó aquella matanza y se pregunta cuánto permanece vivo del odio que la hizo posible.

Los actos de homenaje han comenzado frente al Hoyblokken, el edificio que albergaba la oficina del primer ministro y quedó gravemente dañado por la explosión. Allí, el jefe del Gobierno, Jonas Gahr Store, representantes de las juventudes laboristas, supervivientes y familiares han participado en la lectura de los nombres, una ofrenda floral y un minuto de silencio.

La conmemoración continuará en la catedral de Oslo, con la presencia de los reyes Harald y Sonia, y concluirá en Utoya. El aniversario coincide con la inauguración de un memorial nacional permanente en el reconstruido barrio gubernamental y con la apertura de las nuevas instalaciones del Centro 22 de Julio, concebido como espacio de memoria, investigación y educación frente al extremismo.

El administrador estatal Jan Tore Sanner y la alcaldesa de Oslo, Anne Lindboe, reciben al príncipe heredero Haakon de Noruega (a la derecha) a su llegada a la inauguración del memorial nacional dedicado a las víctimas del 22 de julio EFE

El día que quebró la seguridad noruega

A las 15.25 horas del 22 de julio de 2011, una potente bomba colocada en una furgoneta explotó en el complejo gubernamental de Oslo. La detonación mató a ocho personas, hirió a más de 200 y abrió un enorme boquete en uno de los lugares más protegidos y simbólicos del país.

Mientras la capital intentaba comprender lo ocurrido, el autor del atentado, el ultraderechista Anders Behring Breivik, se dirigió al embarcadero de Utoya. Vestido con un uniforme de policía y asegurando que debía realizar un control de seguridad tras la explosión, logró acceder a la isla, donde cientos de adolescentes participaban en el campamento de verano de la AUF, la organización juvenil del Partido Laborista.

Durante más de una hora recorrió los senderos, edificios y orillas de la isla disparando contra quienes trataban de esconderse o lanzarse al agua. Algunos sobrevivieron fingiendo estar muertos; otros nadaron por el fiordo mientras vecinos de la zona acudían en sus embarcaciones para rescatarlos.

Cuando la Policía consiguió detenerlo, había asesinado a 69 personas. Los dos ataques dejaron en total 77 muertos y cientos de heridos y se convirtieron en el episodio más sangriento vivido por Noruega desde la Segunda Guerra Mundial.

Breivik fue condenado en 2012 a 21 años de internamiento preventivo, una pena que puede prolongarse indefinidamente mientras siga siendo considerado peligroso. Sus intentos de obtener la libertad condicional han sido rechazados.

Breivik durante el juicio contra Noruega

Imagen del autor de los ataques de Utoya, Breivik, durante el juicio contra Noruega Ole Berg-Rusten/NTB scanpix via AP

Una memoria que tardó en señalar el objetivo

Noruega ha respondido a los atentados con rosas, movilizaciones multitudinarias y la promesa de combatir el terror con más democracia y apertura. Aquel relato de unidad nacional ayudó a contener el miedo, pero dejó durante años en segundo plano un hecho esencial: Breivik no eligió a sus víctimas al azar. Atacó al Gobierno laborista y a la AUF, su organización juvenil, con el propósito de destruir a una generación política a la que culpaba de la inmigración y el multiculturalismo.

Supervivientes y dirigentes laboristas han reclamado desde entonces que el 22 de julio no sea recordado solo como una tragedia nacional, sino como un atentado de extrema derecha. Esa interpretación ha ganado terreno: el 73% de los noruegos considera hoy que la matanza estuvo dirigida específicamente contra el Partido Laborista y la AUF, frente al 60% en 2022, aunque cerca de seis de cada diez siguen viéndola también como un ataque contra la democracia.

Ambas lecturas se complementan. Breivik quiso golpear el sistema democrático asesinando a quienes identificaba con una Noruega plural. Su ideología se alimentaba de teorías conspirativas que presentaban el islam, la inmigración y la diversidad cultural como amenazas existenciales, ideas que desde 2011 han ganado visibilidad en el debate público europeo.

Quince años después, aquellas cuestiones ocupan un lugar mucho más central en el debate político noruego y europeo. El Partido del Progreso, formación antiinmigración en la que Breivik militó durante su juventud antes de abandonarla y que condenó inequívocamente los atentados, se convirtió en 2025 en la segunda fuerza del Parlamento noruego. No existe una equivalencia entre el partido y el terrorismo de Utoya, pero su avance refleja hasta qué punto los debates sobre inmigración, islam e identidad nacional han ganado terreno desde 2011.

Siv Jensen, de Noruega, asiste a la ceremonia del Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo el 10 de diciembre de 2017, en Oslo, Noruega Nigel Waldron Nigel Waldron

La radicalización no quedó enterrada en Utoya

El decimoquinto aniversario llega acompañado de una advertencia especialmente incómoda. El Servicio de Seguridad de la Policía noruega, el PST, ha detectado un aumento de la glorificación de Breivik en ambientes ultraderechistas, especialmente entre adolescentes y hombres muy jóvenes.

Su imagen reaparece en vídeos, memes y contenidos que trivializan la matanza o la convierten en un modelo para otros ataques. Los servicios de seguridad han constatado que el terrorista figura cada vez con mayor frecuencia en investigaciones relacionadas con jóvenes radicalizados.

La preocupación no se limita a la difusión de una ideología estructurada. Las plataformas digitales pueden transformar la violencia política en una forma de provocación, espectáculo o juego, en la que las referencias extremistas se consumen y comparten sin que exista inicialmente una militancia definida. Esa banalización puede funcionar, sin embargo, como puerta de entrada hacia espacios cada vez más violentos.

Por esa razón, una de las exposiciones del nuevo Centro 22 de Julio está dedicada al proceso de radicalización. La muestra reúne testimonios de jóvenes que estuvieron vinculados a círculos de extrema derecha y analiza el tránsito desde el consumo de contenidos digitales hasta la aceptación de la violencia.

La exposición principal conserva, además, objetos de las víctimas y supervivientes y algunas de las pruebas policiales, entre ellas el uniforme falso con el que Breivik logró entrar en Utoya.

Piedras en el lugar conmemorativo durante la inauguración del memorial dedicado a las víctimas de los atentados terroristas del 22 de julio

Piedras en el lugar conmemorativo durante la inauguración del memorial dedicado a las víctimas de los atentados terroristas del 22 de julio AFP

Un monumento después de quince años

El nuevo memorial nacional se levanta en el mismo complejo gubernamental que fue atacado. La obra del artista noruego Matias Faldbakken, titulada Upholding, consiste en un gran mosaico de unos doce metros de altura compuesto por cientos de miles de pequeñas piedras.

La imagen representa un ave habitual en Utøya y su reflejo sobre el agua. En la base figuran inscritos los nombres de las 77 víctimas. Cada piedra adquiere sentido únicamente junto a las demás, una metáfora de la comunidad, la fragilidad y la resistencia colectiva.

Su inauguración pone fin a un proceso largo y polémico. Noruega tardó años en encontrar una forma de recordar públicamente los atentados que fuera aceptada por familiares, supervivientes, autoridades y vecinos. Algunos proyectos anteriores fueron abandonados porque se consideró que abrían una nueva herida en el paisaje o porque no habían contado suficientemente con quienes sufrieron la violencia.

Personas asisten a la inauguración de un monumento conmemorativo nacional en recuerdo de las víctimas del ataque terrorista, en Johan Nygaardsvolds plass, en el barrio gubernamental de Oslo, Noruega

Personas asisten a la inauguración de un monumento conmemorativo nacional en recuerdo de las víctimas del ataque terrorista, en Johan Nygaardsvolds plass, en el barrio gubernamental de Oslo, Noruega AFP

El regreso de las instituciones al barrio reconstruido transmite una imagen de recuperación. Pero la apertura del memorial no cierra la historia. Muchos supervivientes y familiares continúan viviendo con las consecuencias físicas y psicológicas de aquella tarde. Otros han entrado en política, han formado familias o se han convertido en profesores y trabajadores públicos, pero mantienen la responsabilidad de explicar lo ocurrido a una generación que no había nacido en 2011.

Noruega recuerda este miércoles a sus muertos, pero también se enfrenta a una pregunta que el paso del tiempo no ha resuelto: cómo impedir que la memoria se convierta en un ritual vacío mientras las ideas que alimentaron la matanza siguen circulando.