Del mito a la predicción científica: el misterio de los eclipses en el mundo antiguo
- Los eclipses han sido siempre uno de los fenómenos más sobrecogedores y desconcertantes de la naturaleza
- A lo largo de la historia, cada cultura desarrolló sus propias respuestas ante estos acontecimientos extraordinarios
Desde que los primeros seres humanos alzaron la vista al cielo, los eclipses han sido uno de los fenómenos más sobrecogedores y desconcertantes de la naturaleza. La súbita desaparición del Sol en pleno día o el oscurecimiento de la Luna parecían desafiar el orden del mundo conocido, despertando temor, asombro y la necesidad de encontrar explicaciones. Mucho antes de que la astronomía pudiera describir con precisión los movimientos celestes, los eclipses fueron interpretados como señales divinas, presagios de cambio, advertencias de los dioses o manifestaciones de fuerzas sobrenaturales.
A lo largo de la historia, cada cultura desarrolló sus propias respuestas ante estos acontecimientos extraordinarios, que ocuparon un lugar privilegiado en la imaginación humana. Desde el mito hasta el cálculo matemático, desde el temor ritual hasta la predicción científica, la historia de los eclipses refleja una de las grandes transformaciones intelectuales de la humanidad: el paso de interpretar los fenómenos celestes como mensajes de lo sobrenatural a entenderlos como parte de un universo regido por leyes naturales.
Prehistoria
Los eclipses en la prehistoria combinaban fascinación, miedo y los primeros intentos humanos de dar sentido al cosmos. Algunos investigadores creen que su huella ha llegado hasta nosotros en forma de petroglifos, aunque ninguno ha sido identificado con certeza como representación de un eclipse. Donde la memoria astronómica sí se conserva de forma más fiable es en las tradiciones orales de culturas muy antiguas, como las aborígenes australianas, que describieron y transmitieron estos fenómenos astronómicos con notable precisión.
En Europa, el caso de Loughcrew es especialmente significativo, ya que podría albergar la primera representación conocida de un eclipse. Este complejo megalítico, situado en el condado de Meath (Irlanda), data de aproximadamente el 3300 a.C. y contiene varias piedras grabadas con espirales, rombos y círculos concéntricos de significado incierto. En 2002, el arqueoastrónomo irlandés Paul Griffin cruzó la datación del yacimiento con los cálculos de eclipses visibles desde esa zona y concluyó que un eclipse casi total habría sido visible allí el 30 de noviembre de 3340 a.C. Según su interpretación, uno de los grabados —dos círculos concéntricos solapados— representaría a la Luna ocultando parcialmente el Sol, mientras que otros círculos menores serían estrellas que se volvieron visibles durante la oscuridad del eclipse.
El hallazgo de restos humanos calcinados de casi cincuenta individuos frente al grabado reforzó la hipótesis de que el lugar tuvo una función ritual intensa, quizás vinculada al eclipse. La NASA recogió la teoría de Griffin, pero otros especialistas son más escépticos y señalan que sin registro escrito no es posible afirmar con certeza que los grabados neolíticos representen eclipses.
Grabado del monumento megalítico de Loughcrew que podría ser la primera representación conocida de un eclipse. F. FRENDERGAST
Stonehenge, seguramente la estructura megalítica más famosa en todo el mundo, podría tener también relación con los eclipses. En 1963, el astrónomo Gerald F. Hawkins, de la Universidad de Boston, publicó en Nature el artículo Stonehenge decoded, en el que afirmaba haber demostrado, mediante análisis estadístico asistido por ordenador, la existencia de alineaciones intencionales solares y lunares que habrían permitido predecir eclipses. La hipótesis tuvo enorme repercusión, pero fue cuestionada desde el principio. En la actualidad, nadie duda de que las piedras de este santuario fueron orientadas con un criterio astronómico, pero no existe evidencia arqueológica que confirme un mecanismo de predicción de eclipses.
El registro más antiguo conocido
El registro más antiguo conocido de un eclipse solar es una tablilla de arcilla hallada entre las ruinas de la antigua ciudad de Ugarit, en lo que hoy es Siria. Encontrada en en 1948, ha sido identificada recientemente como la descripción de un eclipse solar total ocurrido el 3 de mayo de 1375 a.C. Pero entre registrar un eclipse y predecirlo hay una distancia enorme, que exigió siglos de observación acumulada. La primera civilización en hacerlo fue Babilonia.
Babilonios
Lo que distingue a Babilonia de prácticamente todas las civilizaciones anteriores es la observación sistemática del firmamento y su registro escrito durante siglos. Los Diarios astronómicos son tablillas de arcilla que registran noche a noche las posiciones de la Luna, los planetas, fenómenos meteorológicos y precios de mercancías. El corpus conservado abarca desde el siglo VII a.C. hasta el siglo I a.C., más de seiscientos años de datos continuos. Nada comparable en ninguna otra cultura antigua.
Fue precisamente esa acumulación de datos la que permitió el hallazgo más importante: los eclipses se repetían en un periodo de 223 lunas —6.585,3 días, o 18 años, 11 días y 8 horas—, conocido como el ciclo de saros. La astronomía babilónica tardía —especialmente entre los siglos V y II a.C.— fue más lejos todavía y desarrolló sistemas algebraicos para calcular las posiciones lunares y predecir la magnitud de los eclipses. Los textos conocidos como Sistema A y Sistema B muestran un dominio matemático que no tuvo comparación hasta los griegos.
Convertir los eclipses en un fenómeno predecible fue uno de los saltos científicos más importantes de la historia antigua, y ninguna civilización contribuyó más a ese logro que la babilónica.
Tablilla de arcilla babilónica con anotaciones astronómicas. ASHMOLEAN MUSEUM / GETTY
Tradición grecorromana
Los griegos fueron los primeros en el mundo occidental en intentar una explicación racional de los eclipses. Tales de Mileto, en el siglo VI a.C., es recordado por haber predicho un eclipse solar, y en el siglo V a.C. Anaxágoras explicó correctamente que los eclipses lunares ocurren cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna. Hiparco de Nicea, en el siglo II a.C., desarrolló métodos trigonométricos para calcular la distancia a la Luna y predecir eclipses con notable exactitud.
Más tarde, Ptolomeo recogió y sistematizó todo ese conocimiento en el Almagesto, en el siglo II d.C., una obra que dominaría la astronomía europea e islámica durante más de un milenio. Su modelo era geocéntrico y en aspectos fundamentales incorrecto, pero sus tablas para predecir eclipses funcionaban con una fiabilidad práctica considerable, lo que explica su longevidad.
Astronomía india antigua
La astronomía india antigua alcanzó un nivel de sofisticación notable varios siglos antes de que el mundo islámico la absorbiera. Los textos conocidos como Siddhāntas —el más influyente, el Aryabhatiya del matemático y astrónomo Āryabhaṭa, del siglo V d.C.— ya contenían métodos para predecir eclipses solares y lunares con una precisión sorprendente, basados en el cálculo de los nodos lunares y la geometría de las sombras. Āryabhaṭa explicaba los eclipses como lo que son: la sombra de la Tierra sobre la Luna o la de la Luna sobre el Sol, descartando cualquier explicación sobrenatural. Además, sostenía que la Tierra giraba sobre su propio eje, una idea que no encontraría eco en Europa hasta mil años después.
Lo que los indios aportaron de manera decisiva fue el desarrollo de la trigonometría como herramienta astronómica, en particular las funciones del seno y el coseno, que en la tradición griega existían de forma rudimentaria. Esta matemática era indispensable para calcular con exactitud el tamaño y la duración de las sombras, la anchura del cono de umbra y el momento preciso en que comenzaba y terminaba un eclipse. Cuando los astrónomos islámicos tradujeron los Siddhāntas al árabe en el siglo VIII —especialmente durante el califato abasí de Bagdad—, encontraron en ellos métodos de cálculo que complementaban y en algunos aspectos superaban a Ptolomeo.
Mitología nórdica
En la mitología nórdica, el eclipse no era un fenómeno astronómico sino una amenaza. Los eclipses están ligados a dos lobos: Sköll y Hati, hijos del gigante Fenrir. Sköll persigue al Sol (Sól) y Hati persigue a la Luna (Máni) a través del cielo. Un eclipse ocurría cuando uno de ellos lograba alcanzar a su presa y morderla. El terror que esto provocaba en la gente era muy profundo: se creía que hacer ruido —gritar, golpear objetos— podía asustar al lobo y liberar al astro.
El mito conecta directamente con el Ragnarök, el apocalipsis de la mitología nórdica. Al final de los tiempos, Sköll y Hati culminarán su cacería y devorarán definitivamente al Sol y a la Luna, sumiendo el mundo en oscuridad antes de su destrucción. Los eclipses eran, en ese sentido, un ensayo o advertencia.
Representación del lobo Sköll persiguiendo al Sol CULTURE CLUB / BRIDGEMAN via GETTY
Mayas
Los mayas, junto a los babilonios, representan el caso más notable de predicción de eclipses en la antigüedad, lo que cobra aún más valor si se tiene en cuenta que ambas civilizaciones se desarrollaron de forma completamente independiente.
Este pueblo mesoamericano dominaba la predicción de eclipses lunares. En el Códice de Dresde —uno de los cuatro manuscritos mayas que sobrevivieron a la conquista española— hay una tabla de 405 lunas consecutivas, unos 33 años, que permite identificar los períodos en los que un eclipse lunar es posible. Los astrónomos mayas habían calculado el mes sinódico lunar en 29,53020 días, frente al valor real de 29,53059, un margen de error de apenas unos pocos segundos diarios. Con los eclipses solares eran más cautelosos: podían anticipar cuándo era probable uno, pero sabían que su visibilidad dependía de la ubicación geográfica, algo que escapa a cualquier predicción local.
Para los mayas, los eclipses representaban una crisis cósmica, no un fenómeno natural en el sentido moderno. El Sol y la Luna eran divinidades cuya continuidad dependía del sacrificio humano y del mantenimiento ritual del orden. Un eclipse solar era la manifestación visible de que ese orden estaba en peligro. Las fuentes describen procesiones, ofrendas, sacrificios y un estado generalizado de alarma. Los eclipses lunares generaban una alarma similar, aunque de menor intensidad ritual. Era el solar, con su oscurecimiento súbito del día, el que concentraba el mayor terror.
Pirámide de El Castillo, en el sitio arqueológico maya de Chichén Itzá, en México GETTY IMAGES
Aztecas/mexicas
Para los aztecas o mexicas, un eclipse solar no era un fenómeno astronómico sino una agresión cósmica. Las protagonistas de los eclipses eran las Tzitzimimeh: deidades femeninas esqueléticas, con colmillos y garras, que habitaban el cielo y aguardaban cualquier debilitamiento del Sol para descender y devorar a los hombres. Las estrellas visibles durante la oscuridad total de un eclipse eran ellas, manifestándose.
El eclipse lunar generaba un terror diferente. La Luna — Metztli— era una deidad asociada a los ciclos, la fertilidad y el inframundo, y su oscurecimiento se interpretaba como una herida o una derrota en esa misma batalla cósmica. Los rituales eran similares, aunque el miedo era menor.
El eclipse no era solo un mal presagio: según el mito del Quinto Sol, el mundo terminaría en cataclismo, y en ese momento las Tzitzimimeh descenderían definitivamente. Cada eclipse era un ensayo de ese apocalipsis, lo que explica también la importancia de la ceremonia del Fuego Nuevo, que no tenía otra misión que la de renovar el Sol: cada 52 años se apagaban todos los hogares del imperio y se encendía un fuego sagrado. Si no prendía, las Tzitzimimeh habrían ganado.
Pese a no abandonar nunca el pensamiento sobrenatural, los aztecas desarrollaron una capacidad de predicción astronómica notable. A través de la observación sistemática de los ciclos celestes registraron los patrones de los eclipses en sus códices, y sus sacerdotes-astrónomos podían anticipar con antelación cuándo eran más probables. No con la precisión de los mayas o los babilonios, pero sí con la suficiente fiabilidad como para preparar los rituales con antelación.
La Piedra del Sol sintetiza la cosmología mexica, con el rostro del dios solar Tonatiuh en su centro. GETTY IMAGES
Eclipses en la Edad Media europea
La Edad Media europea vivió los eclipses en una tensión permanente entre el terror popular y el conocimiento astronómico de una minoría ilustrada. Ambas realidades coexistían, pero la capacidad de predecir un eclipse no disipaba el miedo. Un eclipse anunciado con antelación seguía siendo interpretado como señal divina. Para la mayoría de la población, estos fenómenos eran una señal de castigo, advertencia o presagio de catástrofe, hasta el punto de que las crónicas medievales los registran como anuncio de hambrunas y guerras. La Iglesia no desalentaba estas lecturas, ya que reforzaban su posición como intérprete de los designios de Dios.
En paralelo, existía una tradición intelectual capaz de explicar y predecir los eclipses con rigor. Su fundamento era el Almagesto de Ptolomeo. Durante la Alta Edad Media, ese conocimiento fue preservado en los monasterios. Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla y el De natura rerum de Beda el Venerable incluyen estudios de los eclipses de Sol y Luna.
El eslabón decisivo fue el mundo árabe. Los astrónomos islámicos elaboraron tablas —conocidas como zij— que simplificaban los complejos cálculos del Almagesto, y las más influyentes fueron las Tablas Toledanas, elaboradas en Al-Ándalus hacia 1069. Desde Toledo, ese conocimiento se difundió por Europa. Alfonso X impulsó más tarde las Tablas Alfonsíes, que mejoraron la precisión en la predicción de eclipses y otros fenómenos astronómicos.
Mención aparte merecen los relojes astronómicos medievales. Aunque no predecían eclipses directamente, contenían todos los elementos necesarios para hacerlo: el ciclo del Sol, el de la Luna y, en los más sofisticados, el nodo lunar, que es el punto donde las órbitas de ambos astros se cruzan y donde los eclipses ocurren. Quien supiera leerlos podía, en principio, anticipar cuándo se darían las condiciones para un eclipse. El Orloj de Praga, por ejemplo, muestra la fase y posición de la Luna, permitiendo un seguimiento aproximado de sus conjunciones con el Sol.
Reloj astronómico en Praga, República Checa, con el Sol y la Luna representados. N. N. ANTONOV / GETTY
Tradición islámica medieval
El islam medieval tuvo una relación relativamente racional con los eclipses. El Corán no los carga de significado sobrenatural, y hay un conocido hadiz en el que el profeta Mahoma, cuando murió su hijo Ibrahim y coincidió con un eclipse solar, asegura explícitamente que el Sol y la Luna no se oscurecen por la muerte ni el nacimiento de nadie, sino que son signos de Dios y de su poder.
Los astrónomos islámicos medievales, herederos de la tradición grecorromana y con aportaciones propias fundamentales —entre ellas la asimilación y superación de la astronomía india en trigonometría y tablas astronómicas—, predecían eclipses con precisión notable. Al-Battani, al-Biruni o Ibn Yunus trabajaron los cálculos con rigor. El eclipse era un fenómeno estudiable, medible y predecible. La respuesta ritual prescrita era la oración del eclipse (Salat al-Kusuf), una práctica colectiva que canalizaba la experiencia de este fenómeno hacia la devoción sin alimentar el pánico.
Tradición judía medieval
La astronomía judía medieval, especialmente en la órbita de la cultura andalusí y su prolongación provenzal, alcanzó un nivel de sofisticación extraordinario. Abraham bar Hiyya, Abraham ibn Ezra y, más tarde, Levi ben Gershom desarrollaron tratados astronómicos de primer nivel, perfectamente capaces de calcular y predecir eclipses. Pero el rigor del cálculo no desplazaba la interpretación simbólica: el eclipse era a la vez fenómeno predecible y portador de significado cósmico.
El inicio de la ciencia moderna
Los eclipses guardan una estrecha relación con la revolución científica. Copérnico primero y Kepler después usaron los datos acumulados durante siglos —incluidos los registros islámicos y los de Tycho Brahe— para construir un modelo del sistema solar en el que los eclipses eran una consecuencia inevitable de la geometría orbital, no un prodigio. Las tres leyes de Kepler los incorporaban con una precisión que el modelo ptolemaico nunca había alcanzado.
El momento culminante fue el eclipse total de 1715, que Edmond Halley convirtió en un experimento científico colectivo: publicó mapas predictivos de la franja de totalidad sobre Inglaterra e invitó a observadores de todo el país a registrar sus mediciones. Halley también reintegró en un marco newtoniano el ciclo de saros babilónico —que permite anticipar eclipses con 18 años y 11 días de antelación—, demostrando que lo que los antiguos habían descubierto empíricamente tenía una explicación mecánica exacta. Newton había publicado los Principia en 1687; en menos de tres décadas, su sucesor probaba que esas leyes permitían predecir con precisión milimétrica cuándo y dónde la sombra de la Luna tocaría la Tierra.