Juan Francisco Fuentes, historiador: "Suárez supo encauzar el destino colectivo en la Transición pero no su destino personal"
- Este viernes se cumplen 50 años del nombramiento de Adolfo Suárez, el primer presidente del Gobierno de la democracia
- RTVE Noticias entrevista al historiador Juan Francisco Fuentes, autor del libro 'Adolfo Suárez: la opción más difícil'
Este viernes 3 de julio se cumplen 50 años del nombramiento de Adolfo Suárez (1932-2014) como presidente del Gobierno por parte del rey Juan Carlos I, un hecho que encarriló la democracia en nuestro país y que culminó en 1978 con la proclamación de la Constitución española.
Pese al tiempo transcurrido, Suárez es un personaje que sigue levantando fascinación e interés por parte de los historiadores, como es el caso del catedrático Juan Francisco Fuentes, miembro de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia 2025, que acaba de publicar Adolfo Suárez, la opción más difícil (Taurus, 399 páginas). Una revisión de su obra de 2011 Adolfo Suárez, una biografía política en la que aporta nuevos datos acerca del hombre que, junto al rey Juan Carlos, fue protagonista principal de la Transición española.
Juan Francisco Fuentes repasa en esta entrevista con RTVE Noticias los aspectos más destacados de la vida de Suárez, un personaje poliédrico que, desde las entrañas del franquismo, fue clave para que en apenas unos años España pasara de ser una dictadura a una democracia moderna.
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Transcripción completa
su trato tras intensas negociaciones con el Ejército y el núcleo más duro
del franquismo sin preguntarle a nadie de dónde
venía que había hecho en el pasado fue capaz de liquidar el pasado Suárez
consiguió persuadir a los sectores más reacios
al cambio. De hacer posible el entendimiento por
las vías pacíficas.
La clave fue la ley para la reforma política,
presentada no como una ruptura con el régimen, sino como una evolución legal
desde dentro.
Torcuato Fernández Miranda lo
resumió con la fórmula de la ley a la ley a través de la ley
A las 9 de la noche del 10 de septiembre, Adolfo Suárez se dirige al
país para informar sobre el proyecto de la ley para la reforma política
aprobado en el Consejo de Ministros celebrado horas antes.
La ley reconocía el sufragio universal, la elección
democrática de las Cortes, la soberanía popular y, en la práctica, el
desmantelamiento del franquismo
No se pretende hacer borrón y cuenta nueva.
Se modifican aspectos concretos para hacer viable el propósito de la Corona
de que el pueblo español sea el dueño de sus destinos.
Fue el propio régimen el que votó su desaparición
Manuel Gutiérrez Mellado, votos afirmativos, 425
respaldo del rey Juan Carlos, Suárez y Fernández Miranda lograron convencer a
los procuradores franquistas de que el régimen
no podía sobrevivir tras la muerte de Franco y que la reforma era la única
forma de evitar un conflicto político y social
El proyecto de ley ha sido aprobado.
Fue lo que pasaría a la historia como el araqueri de las Cortes Franquistas
Nunca hemos tratado de actuar en función de intereses personales, sino
exclusivamente al servicio de
los más altos intereses de la Nación.
En noviembre hablaron los procuradores
Y
un mes después lo hicieron los españoles, con el grupo Vino Tinto de
Fondo
Esta canción se convirtió en la banda sonora de la
campaña institucional del referéndum del 15 de diciembre, que animaba a la
población a decidir su propio futuro
Un eslogan
que se convirtió
en un himno de la Transición.
Después de casi 40 años de dictadura, los españoles podían pronunciarse sobre
el cambio político y así lo hicieron.
El sí a la reforma obtuvo el 97% de los votos
PREGUNTA. ¿Por qué se ha decidido a publicar esta nueva versión sobre la biografía de Suárez?
RESPUESTA. Primero, porque han cambiado mucho las circunstancias. Cuando escribí la primera versión aún vivía Suárez, aunque ya llevaba muchos años enfermo, y aún reinaba Juan Carlos I. En segundo lugar, porque he tenido acceso a otros testimonios, otros materiales. Y en tercer lugar, porque se iba a cumplir el 50 aniversario de su nombramiento como presidente del Gobierno, así que pensé que podía ser el momento de revisar aquella primera versión y abreviarla, porque sí tenía muy claro desde el principio que quería que fuera algo más breve.
P. ¿Por qué sigue despertando fascinación un personaje como Suárez 50 años después de su nombramiento?
R. Por dos razones. En primer lugar, porque es uno de los padres fundadores de la actual democracia española, y que esa democracia se haya convertido en la experiencia de libertad más larga de nuestra historia indudablemente da un valor enorme a quienes contribuyeron a ponerla en pie. Y en segundo lugar, porque creo que la opinión pública española percibe algo enigmático en el personaje y eso despierta curiosidad y fascinación.
P. Aunque es política ficción, ¿la Transición española hubiera sido muy distinta si el rey no hubiera elegido a Suárez?
Juan Francisco Fuentes, Premio Nacional de Historia de España 2025. Taurus
R. La historia más académica considera que los individuos no tienen tanta influencia en el destino de los pueblos, por lo menos en los tiempos modernos, sino que intervienen otros factores estructurales, que son los decisivos. Pero la realidad es que yo creo que fue así. Es decir, que Suárez cambió el curso de la Transición, hizo posible aquello que muchos consideraban que era imposible, llegar a la democracia a través de la reforma. Fue una decisión de mucho riesgo. De ahí el subtítulo de este libro, 'La opción más difícil'. En el prólogo explico el significado de esa esa expresión, que es de Suárez. Y uno de los sentidos que tiene es que la decisión que tomó el rey al nombrar a Suárez probablemente era la más difícil y arriesgada. De manera que yo más bien me inclino a pensar que efectivamente cambió el curso de la Transición tal como estaba previsto. A veces, cuando se hacen juegos contrafactuales, se llega a la conclusión de que por otro camino se hubiera llegado al mismo sitio, pero tardando más o menos. Yo creo que, desde luego, la política de Suárez acortó los plazos de la reforma.
P. Suárez fue un estudiante discreto que procedía de una familia de clase media pero que desde joven ya decía que quería ser presidente del Gobierno. ¿Esa ambición es una de las características principales del personaje?
R. Indudablemente, sobre eso no hay discusión entre aquellos que nos hemos acercado a su figura, sea cual sea la valoración que hagamos de su papel y de su biografía. La ambición es siempre la adrenalina de la política y él tenía dosis muy altas de ambición. De otra forma no se entendería que un personaje con estos antecedentes, una clase media provinciana, con una formación deficiente, sin pertenecer a los grandes círculos de poder de la época, llegara tan lejos. Evidentemente él no llegó a ser presidente del Gobierno porque lo pensara, porque tuviera esa especie de fuerte presentimiento de su propia biografía. Pero sin esa fe en sí mismo no hubiera sido. Eso es indudable.
“Suárez tenía unas dosis muy altas de ambición. De otra forma no se entendería que una persona con sus antecedentes llegara tan lejos“
P. Llama la atención que Suárez, que es una persona que hace carrera política en su juventud dentro del franquismo, termina en sus años finales en política en posturas cercanas a la socialdemocracia. ¿Pero realmente Suárez tuvo un pensamiento político propio?
R. Bueno, esa es una gran pregunta que muchos dirigentes de UCD contestaron negativamente. Es decir, que sus compañeros en la dirección de UCD —y de ahí vinieron sus problemas con el partido y la implosión del partido y probablemente su dimisión— pensaban que, efectivamente, Suárez no tenía un proyecto político, que era más bien un hombre de acción, un gran comunicador, un seductor que hacía muy bien todo eso, pero detrás no había un proyecto claro. Y yo creo que es una visión un poco injusta del personaje, aunque tenga un fondo de verdad. Es decir, que es un hombre que tiene un papel y lo hace muy bien. Y a partir del momento en que cumple esa misión, que es traer la democracia a partir de conceptos muy básicos pero que él maneja con verdad y, sobre todo, explica con verdadera maestría, se puede decir que se queda sin papel.
Lo de la proximidad a la socialdemocracia puede parecer un disparate viniendo de alguien con sus orígenes políticos, pero yo intento explicar en el libro que es un hecho que produce perplejidad, pero tiene sentido. Porque Suárez, por sus orígenes políticos precisamente, tenía un concepto muy fuerte del papel del Estado en la vida pública cuando pasa del Movimiento, del franquismo, a la democracia. Esa concepción del papel del Estado en economía, por ejemplo, conecta mucho mejor con la socialdemocracia que con los sectores más liberales y más conservadores de UCD. Y en ese sentido se daba una paradoja que hay que entender, porque es así: que, en muchos aspectos de su política, Adolfo Suárez estaba a la izquierda de políticos de UCD que habían militado en el antifranquismo y por ahí vinieron sus problemas con muchos dirigentes.
P. El hecho fundamental de la carrera de Suárez es su nombramiento por parte del rey como presidente del Gobierno. ¿Por qué le eligió Juan Carlos I?
R. Hay un Suárez hasta el 3 de julio de 1976 y un Suárez a partir de ese día. Eso es indudable y eso es muy importante. Y una de las razones por las que le elige el rey es porque Suárez ha jugado muy bien sus bazas para cumplir su ambición personal. Y entre la estrategia que sigue para alcanzar aquello que muchos consideran que es inalcanzable para alguien como él está una especie de camuflaje personal que lleva a muchos a subestimarle claramente. Por lo tanto, en su estrategia y en su forma de acercarse a esa meta está no crearse enemigos, llevarse bien con todo el mundo y conseguir incluso que los demás le infravaloren para seguir escalando posiciones. Y lo consigue.
¿Por qué Suárez y no otro? Hay varias razones, algunas muy conocidas. Primero, por su estrecha relación con el rey desde 1969 por su afinidad personal, su afinidad política y porque al futuro rey Suárez le ofrecía una serie de valores que le resultaban muy reconfortantes, como la fe en el futuro y el deseo de superar el pasado. No voy a decir unos orígenes comunes porque la biografía de uno y otro no se parecen en nada, pero sí en una especie de trauma personal derivado de sus problemas familiares, una cierta sensación de abandono.
Adolfo Suárez y Juan Carlos I, en una imagen de 1976 EFE
Esa afinidad personal deriva muy pronto en sintonía política, en la forma de encarar el futuro. Y es el hombre del rey. Además, hay un factor clave, que se sabe pero que conviene tener muy presente porque para mí es decisivo: el factor generacional. La transición democrática es obra de una generación, de una generación de políticos de derechas, de centro y de izquierda, pero que comparten eso, la generación de los nacidos más o menos entre 1932, que es cuando nace Suárez —por tanto, era de los mayores de esa generación— y 1942, que es cuando nace Felipe González. Y el rey quería un presidente del Gobierno que no le tratara como un hijo, sino más bien que supiera interpretar sus designios, su proyecto, su idea de España y llevarla a cabo. Y eso es lo que le ofrece Adolfo Suárez.
P. Aquellos primeros años como presidente son vertiginosos y se suceden decisiones muy importantes, entre las que destaca la legalización del PCE, que usted califica como la más importante de la carrera política de Suárez. ¿Por qué lo cree así?
R. La política consiste en asumir riesgos y el liderazgo consiste en saber qué riesgos se pueden asumir y cuándo. Yo creo que Suárez tomó decisiones fundamentales que demostraron que efectivamente era el hombre del momento. Y una de ellas, probablemente la más arriesgada, fue la legalización del PCE contra la opinión de la inmensa mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas. Y es una decisión que revalida el sentido democrático de la reforma y traspasa, más allá de lo previsto inicialmente, las líneas rojas que supuestamente no iba a traspasar la reforma.
En el libro planteo la cuestión tantas veces debatida de hasta qué punto Suárez engañó o no a los militares. Hasta qué punto en una famosa reunión con altos mandos militares, él se comprometió a no legalizar el PCE. Yo hablo de esa reunión y hablo de otra reunión con militares de grado medio, más jóvenes, vinculados a los servicios de inteligencia, en la que yo creo que Suárez dijo lo mismo o algo muy parecido, pero fue interpretado de una forma creo que más fiel al sentido de sus palabras.
En la segunda reunión se le planteó de nuevo si iba a legalizar el PCE y, después de decir que con los actuales estatutos era imposible, dijo literalmente, según uno de los asistentes: "Pero no se puede poner puertas al campo". Y ahí la cuestión ya no era si se iba o no a legalizar el PCE sino cuándo se iba a legalizar. Es evidente que Suárez adelantó sus planes, eso es seguro. La idea inicial era más bien dejarlo para después de las primeras elecciones democráticas y por una serie de circunstancias decide adelantar esa decisión y jugársela y le sale bien. Entre otras cosas porque, como en otros momentos decisivos de la Transición, el reparto de papeles entre el rey y Suárez es muy claro y yo creo que muy eficiente en términos políticos: el rey está ahí para contener de alguna forma o evitar un desbordamiento militar.
Santiago Carrillo, Felipe González y Adolfo Suárez, en una imagen de 1978 EFE
P. Uno de los grandes problemas que tuvo que afrontar fue la relación su propio partido, en el que existían numerosas corrientes y familias. ¿Fue la UCD el gran lastre político de Suárez?
R. Suárez tenía una concepción de la democracia muy presidencialista y muy influida por la cultura antipartido que él había bebido en el Movimiento Nacional, un partido que no quería llamarse partido. Por tanto, aquel fue un matrimonio de conveniencia: convenía a los grupos políticos que luego se integraron en la UCD y le convenía a Suárez. Porque poco tiempo antes de la de las primeras elecciones, Suárez era un presidente que quería presentarse y necesitaba un partido y UCD era un conglomerado de pequeños partidos que necesitaban un líder ganador. Eso funcionó durante algún tiempo, pero empezó a hacer aguas a partir de las elecciones de marzo de 1979, que marcan la cuesta abajo de Adolfo Suárez.
Primer Consejo de Ministros del nuevo Gobierno el 9 de julio de 1976, presidido por el rey Juan Carlos, junto al presidente Adolfo Suárez EUROPA PRESS EUROPA PRESS
P. ¿Se puede decir que hasta la Constitución hubo un período en el que prevaleció el consenso y a partir de ahí hubo un desencanto en el que Suárez fue el principal señalado?
R. Hay un desencanto que hay que valorar y hay que medir también. En pleno desencanto se producen las segundas elecciones generales, en marzo del 79, y los principales partidos obtienen más o menos el mismo resultado que en el 77. El partido más perjudicado es Alianza Popular, que precisamente se había opuesto al consenso.
Por lo tanto, ahí no se ve desencanto. Se ve en el índice de participación, que cae diez puntos. ¿Y a qué se debe el desencanto y en qué medida acaba repercutiendo sobre la imagen de Suárez? Esto último es bastante evidente. Si hay un desencanto de una parte de la sociedad española —yo creo que magnificado por los medios de comunicación y por la clase política— es por considerar que lo prometido no se ajusta exactamente a lo conseguido, sino que hay una diferencia entre las expectativas, que fueron realmente desmedidas de la sociedad española, como siempre que ocurre un momento de cambio. Y en un momento de fuerte crisis económica, de ofensiva terrorista, de cierta sensación de inseguridad ciudadana, es evidente que, si hay que buscar un culpable, ese culpable está arriba y es Adolfo Suárez.
Todos los grandes momentos de cambio, sobre todo cuando van precedidos de grandes expectativas y de grandes ilusiones colectivas, producen un cierto sentimiento de decepción. Por lo tanto, es normal y también es normal que esa decepción repercuta negativamente sobre aquel que hasta ese momento ha sido el protagonista del cambio, en la medida en que no satisfizo del todo esas expectativas.
Adolfo Suárez, en un pleno en el Congreso en 1979 EFE
P. A lo largo de 1980 empezaron a surgir los rumores sobre un posible golpe de timón en el gobierno y ahí se va fraguando poco a poco la dimisión de Suárez, que es algo sobre lo que todavía no sabemos exactamente por qué se produjo.
R. Es fácil enumerar los motivos que llevan a Suárez a la dimisión, lo difícil es ponerlos en orden. Desde luego, está la situación interna de UCD, que yo siempre he puesto en primer lugar, y especialmente del Grupo Parlamentario que, poco tiempo antes de la dimisión, eligió a un presidente que estaba claramente enfrentado con Adolfo Suárez. Está la situación militar, como se vio muy pronto. Están los problemas de Suárez con los llamados poderes fácticos, sus malas relaciones con el Ejército, sus relaciones cada vez menos buenas con la Iglesia, sus relaciones con ciertos poderes económicos, como la banca. Y está la política de acoso y derribo del PSOE, que a juicio de Suárez estaba jugando muy sucio en su legítima acción opositora.
P. En su libro, usted cuenta un episodio poco conocido: la reunión de Suárez con el exdirigente de UCD Javier Rupérez poco antes de su dimisión, que puede dar algunas pistas de lo que pudo haber ocurrido.
R. El viernes 23 de enero de 1981, tres días antes de que Suárez anunciara por primera vez a la Comisión Permanente su dimisión, Rupérez tiene una reunión con Suárez en su despacho en La Moncloa, acompañando al entonces presidente del Partido Popular Europeo Leo Tindemans. La reunión va muy bien y cuando han acabado, Suárez le pide a Rupérez que se quede un momento porque quería comentarle alguna cosa. Los demás se van y él se queda con el presidente. Tienen una conversación muy cordial y muy satisfactoria, porque le anuncia su decisión de pedir el ingreso de España a la OTAN. Y Rupérez, que además es diplomático, pertenece al sector más atlantista de UCD. Una gran alegría que dé por fin ese paso, que es una cuestión que ha estado envenenando las relaciones de Suárez con la cúpula de UCD y tal vez también con el rey. Suárez se muestra en plena forma, haciendo planes de futuro, como un presidente que gobierna y que toma decisiones.
Adolfo Suárez conversa con Javier Rupérez en una imagen de 1977 EFE
Y cuando la conversación estaba terminando, suena un teléfono para videoconferencias que Suárez tenía en su despacho. Solo hay dos de ese tipo en España: el que está en el despacho de Suárez y el que está en el despacho del rey. Como Rupérez sabe eso, deduce que le está llamando el rey y se despide apresuradamente. Sale de allí muy contento y tiene lugar esa conversación entre Suárez y el rey, cuyo contenido no sabremos nunca. Lo que sabemos es que antes de coger el teléfono, Suárez era un presidente que estaba haciendo planes de futuro, que gobernaba, que tomaba decisiones, que estaba optimista, radiante y en plena forma. Y unos días después, a Rupérez le empiezan a llegar los primeros rumores de dimisión. Pues es inevitable relacionar su decisión de dimitir con esa conversación con el rey.
¿Eso quiere decir que es el rey quien le empuja a dimitir, que le retira su confianza, que le cesa? Yo creo que no exactamente. Aquí, evidentemente, solo podemos especular. Sabemos que hay una causa y una consecuencia. Lo que creo que ocurre es que Suárez se da cuenta definitivamente de que ha perdido ese respaldo especial que tenía en el rey en los momentos difíciles. Por lo tanto, se puede decir que en ese momento Suárez, que ha sido siempre un gran trapecista de la política, se da cuenta que ya no tiene red de seguridad. No es que el rey provoque su caída, pero él sabe que, si cae, desde luego ahí no va a haber una red como la hubo, por ejemplo, cuando legalizó el Partido Comunista.
P. ¿Cómo fue la relación entre el rey y Suárez en aquellos años?
R. La relación fue muy estrecha desde 1969, había una compenetración absoluta en todos los terrenos. Esa relación sigue funcionando muy bien en los años siguientes y empieza a deteriorarse en 1980, aunque a finales de 1979 comienza a haber alguna discrepancia, pero dentro de unos ciertos límites y salvaguardada por esa relación especial que había entre los dos. Los factores desencadenantes son la forma que tiene Suárez de llevar por un lado las relaciones con el Ejército y, por otro lado, por la política exterior, como su pésima relación con el presidente de la V República Francesa, Giscard d'Estaing o el desplante que hizo en 1979 a Margaret Thatcher, antes de que se convirtiera en primera ministra británica.
“A partir de julio de 1980 las relaciones entre Suárez y el rey entraron en un proceso irreversible de deterioro y de desconfianza mutua“
A partir de julio del 80, las relaciones entre Suárez y Juan Carlos I entraron en un proceso irreversible de deterioro y de desconfianza mutua. Y es que el Suárez del año 80 no es el Suárez del 77: es un Suárez desbordado por la situación, que se ve acosado, que desconfía de todo el mundo y que ha perdido el control. Y hay que decir que esa fue la percepción más generalizada, en la derecha, en la izquierda y en el centro. Por tanto, el rey fue en cierta forma víctima de una percepción compartida por todo el mundo.
P. Por lo que hemos sabido después, ¿pudo influir de algún modo que Suárez conociera los negocios privados o la vida personal de Juan Carlos I?
R. Yo eso no lo creo, francamente. Por lo menos en ese en ese momento.
P. Otro momento crucial en la vida de Suárez es golpe de Estado del 23-F. ¿Cómo valora usted su actuación en aquella jornada?
R. Es difícil decir algo que vaya más allá de las imágenes, cualquier español puede ver cómo reaccionó un presidente del Gobierno en funciones, pero que sabía que encarnaba todavía la soberanía popular. Y consciente de que era depositario de unos valores y de una legitimidad que no eran suyos y que no podía humillarse ante los enemigos de la democracia. Yo suelo decir que es el discurso más elocuente que pronunció Adolfo Suárez y que probablemente nadie en el parlamentarismo español pronunció un discurso sin palabras que exprese con mayor elocuencia el sentido de la soberanía popular y de la supremacía del poder civil. En un momento totalmente inesperado, de forma traumática, en medio de un shock tremendo y sin que a un presidente del Gobierno le puedan decir sus asesores de imagen cómo posar o lo que tenía que hacer. Ni siquiera sabía que había una cámara enfocando, por suerte. Eso quedó inmortalizado para siempre y eso no se puede superar. No hay más que ver esas imágenes.
Adolfo Suárez se enfrenta a los golpistas en el Congreso de los Diputados. EFE
P. En su libro, usted plantea la posibilidad de que Suárez, al dimitir, en realidad pensaba que podía dejar la presidencia vacante y volver después un tiempo.
R. Desde luego, es indudable que él pensaba volver a ser presidente del Gobierno. La primera impresión es que él intentó una especie de viaje de ida y vuelta. Tenía presente lo que había hecho Felipe González cuando tuvo problemas con su con su partido. [Nota: González dimitió como secretario general del PSOE en mayo de 1979 tras reclamar que el partido abandonara el marxismo; la crisis se cerró en septiembre con un congreso extraordinario en el que se aceptaron las propuestas de González, que fue reelegido]. Yo creo que Suárez intentó una especie de interregno que le permitiera volver al frente del Gobierno y controlar a su partido, cosa que en los últimos tiempos no había conseguido. Pero eso no ocurre, sino todo lo contrario: Suárez abandona su partido en 1982, crea otro, el Centro Democrático y Social, y eso le lleva a una travesía por el desierto que va a ser mucho más larga e incluso él mismo es consciente de que eso requiere mucho tiempo en muchos sentidos.
En 1982, el CDS saca dos diputados: pasar de dos diputados a la presidencia del Gobierno es un salto en el vacío. Es verdad que las elecciones del 86 suponen un incremento notable en votos en diputados y un reforzamiento de la imagen pública de Suárez y, por tanto, a partir de ahí parece más próximo y más realista eso que va diciendo: algún día volveré a la Moncloa. Y el propósito de Suárez es volver, cobrarse algunas deudas pendientes, volver a hacer aquello que él sabe hacer, que es política, pero sobre todo política desde el poder, porque él no está hecho para hacer oposición. Y probablemente él tenía el deseo más o menos oculto de volver sin la ayuda del rey. Él llegó a ser presidente del Gobierno claramente gracias al rey y no tenía otra forma de serlo. Pero él quería demostrar ahora que podía ser un presidente democrático viniendo de la oposición.
P. En 1991, tras un nuevo fracaso electoral, Suárez se retira de la política activa y entra en un período en el que tiene que luchar contra situaciones muy complicadas: el cáncer que acabó con la vida de su mujer y su hija y luego su propia enfermedad, el alzhéimer que marcó sus años finales, hasta su muerte en 2014.
R. A partir del momento en que Suárez deja la política —o como creo que dice en algún momento, la política le deja a él— tiene que replantearse completamente su vida personal. Se dedica a su despacho de abogados, a recibir reconocimientos, a dar conferencias, a una serie de actividades que le complementan, pero no le llenan. Y en ese proceso aparece muy pronto la serie de enfermedades que acaban con su mujer, con su hija mayor y que le van a llevar a él a perder la memoria, a pasar los últimos años de su vida sin saber lo que había sido, sin recordar su pasado ni a sus seres queridos. Podríamos decir que la paradoja de Suárez, el enigma de Suárez, lo que le hace tan fascinante, es que supo encauzar el destino colectivo en la Transición, pero no supo dominar su destino personal, que fue muy cruel con él.
P. Hace unos meses conocimos una denuncia por una presunta agresión sexual de Suárez a una menor, que luego ha quedado archivada. Usted no lo cita en su libro pero, por lo que ha investigado del personaje, ¿le cuadra un episodio de estas características dentro de la biografía de Suárez?
R. Yo no tengo ninguna información, como no la tenía nadie, y no me cuadra. Pero no puedo decir nada más, no lo sé.
P. Suárez murió en marzo de 2014, pocos meses antes de la abdicación de Juan Carlos I, en junio de ese año. ¿Estos hechos marcan el final de una época histórica en nuestro país?
R. Es el epitafio de una generación que estaba ya desde hacía tiempo fuera de la política activa. Sí, es el fin de la generación de la Transición y el fin de un periodo histórico, pero no es el fin de la democracia instaurada en la Transición, aunque es verdad que fue muy cuestionada en esos años en que confluyeron varias cosas: las revelaciones sobre la vida personal del rey, la crisis económica durísima que vivió España entre los años 2008 y 2013 y una evidente ruptura generacional con el legado de la Transición. Por tanto, España revive el desencanto de los años más duros de la Transición, pero creo que esa crisis de legitimidad se acabó superando con el tiempo.
P. Aunque a finales de su mandato Suárez era señalado por todos como el culpable del momento que vivía España, con el paso del tiempo casi todo el mundo ha terminado por reconocer su legado político. ¿A qué se debe ese cambio?
R. Es verdad que Suárez tuvo la sensación de haber sido repudiado por los suyos. En 1982 solo consiguió dos diputados, y eso después de la lección de dignidad y valor cívico que dio en el golpe de Estado. Pero es verdad que, con el tiempo, Suárez recuperó el prestigio y el afecto perdidos. El calor popular con el que fue acompañado en sus últimos momentos y en su entierro representa la reivindicación de su legado y el acompañamiento a una persona que había sufrido mucho en lo personal en los últimos tiempos.